viernes, 12 de enero de 2018

PELANDO GATOS











Por Jorge Martínez Mejía




Quizás el olor a muerto entró por la ventana y le dio en la cara. Era un olor horrible, difícil de ignorar, pero fresco, vivo, como de algo recién muerto. Se levantó de la hamaca en la que estaba tirado con las piernas descolgadas, y abrió la puerta para husmear de dónde venía el olor. Olisqueó hacia arriba y hacia abajo de las gradas y no miró nada. El olor venía de otra parte. Entró nuevamente y anduvo estirando la nariz por cada rincón. Fue hasta el baño, pero ahí se perdió completamente la fetidez. Volvió a ver sobre la alargada ventana rectangular en la parte alta de la pared blanca, y una de las portezuelas de cristal estaba abierta. Se acercó aspirando enormes chorros de aire para detectar el tufo, se subió a un banco de madera y descubrió que ese era el punto por donde entraba el olor a muerto. Era un gato sin nombre, con un hueso de pollo atravesado en la garganta. Su hocico permanecía abierto dejando ver una infección infernal de la que manaban hilachas pútridas y una asquerosa imagen aborrecible hasta el asco.  Se sintió mareado al ver aquella cabeza fea, el gaznate abultado, los ojos verdes a punto de saltarle de las cuencas bordeadas de pelo amarillo; el maullido atroz, como un chirrido de latas, y el horrendo hilachero de babas. Pero, por paradójico que parezca, al contrario de bajarse del banco, se enderezó y solo se tapó la nariz con una mano mientras acercaba sus ojos al horripilante gato medio muerto que lo miraba fijo y lastimero.

Cerró la ventana y se bajó del banco sin darle importancia. Ya había visto al gato merodear antes por las pequeñas terrazas de los apartamentos adyacentes a esa pequeña ladera de piedras de Tegucigalpa.
La tarde que decidió matarlo venía un poco agitado. Metió su motocicleta en el garaje colectivo y se subió la visera del casco. Abrió el portoncito de hierro y comenzó a subir a trancos las gradas de piedras de colores, ya casi llegaba a la puerta de su apartamento cuando el hedor se le acercó por el lado derecho. Vio al gato bajando por una pequeña escalera y no supo de donde le salió la cólera. Se arrancó el casco y se lo lanzó. El gato brincó sin mucho esfuerzo y esquivó el golpe, retrocedió y subió nuevamente la escalera que daba a las pequeñas terrazas. Unos vecinos abrieron sus ventanas pensando que alguien se había caído en las gradas. Él recogió el casco y volvió a ver hacia la parte alta de la escalera, pero ya el gato había desaparecido. Le molestó haber hecho el ridículo delante de sí mismo, pero siguió subiendo los escalones. Abrió la puerta de su apartamento, puso el casco en una mesita y entró de una vez a quitarse zapatos, pantalón y camisa. Buscó sus pantuflas debajo de la cama, se las puso y se fue a encender la televisión para ver las noticias. En la televisión daban el estado del clima, una mujer elegante con un vestido de flores rojas, pequeñas, se movía despacio en el plató señalando las imágenes digitales de siete pantallas virtuales. Un golpe seco en la puerta lo sacó del trance de imaginarla caminando descalza en la arena blanca de una playa.

¿Quién es? preguntó. Se levantó y se fue al dormitorio para ponerse una calzoneta. Encontró un pantalón cortado por las mangas y se lo puso. Luego fue a abrir la puerta. No era nadie. Esos cipotes culeros dijo para nadie, y algo le recordó al gato que había visto al llegar. Entró nuevamente por las llaves y salió con su camiseta de tirantes, su pantalón cortado y sus sandalias. Bajó las gradas de colores y subió por la pequeña escalera en la que había visto subir al gato. Lo encontró en un rincón de la pequeña terraza, estaba echado de lado, con la enorme cabeza inflamada colocada sobre una de las patas. Se acercó y el desprecio que sintió por la tarde se disolvió. Se está muriendo se dijo. Sin pensarlo más, regresó a su habitación, se puso unos guantes amarillos de fontanero, tomó una bolsa de bramante y un pedazo de carne.

Ya la noche había caído y la lámpara de la viga de hierro estaba encendida con su luz mortecina. Una vecina abrió la puerta en el momento que él bajaba, pero él no la saludó. La señora volvió a cerrar la puerta. Él balanceaba en una de sus manos la bolsa y en la otra escondía el pedazo de carne. Regresó donde estaba el gato. Le hizo cuchicheos para que se acercara mientras le mostraba el pedazo de carne. El animal no se movía. Se acercó un poco más y la fetidez comenzó a subir. Le volvió hacer cuchicheos, pero el gato seguía inmóvil. Luego le hizo un silbido suave deslizando el aire entre los dientes y el animal movió la cola, la sostuvo erecta un momento y luego la dejó caer con suavidad. Él volvió a ver hacia el cielo y pensó apresurarse porque se hacía tarde. Le silbó nuevamente y le acercó el pedazo de carne casi hasta tocar su hocico. A esa distancia ya contenía la respiración porque el hedor a muerto era insoportable. El gato reconoció en sus ademanes algún rasgo de amistad porque con esfuerzo se levantó para tomar el trozo de carne con su trompa inflamada. Él retrocedió un poco y el gato lo siguió. Cuando ya estaba al alcance, le tiró el trozo de carne y sin transición le tiró la bolsa encima. Lo metió de una vez y amarró la bolsa. El gato comenzó a retorcerse adentro y a aullar en un atropellado ruido ronco.

Un viernes por la tarde, ya descansaba con su pantalón cortado y su camiseta de tirantes, sentado en una de las gradas de piedras de colores. Había otros dos hombres con él y escuchaban música norteña. Reían y platicaban sobre armas, sobre el partido del Barcelona y el Real Madrid, sobre las calles en mal estado y sobre la música norteña. Por las gradas de arriba asomó una gatita blanca con un corbatín rosado atado al cuello. Pasó entre los dos hombres amigos y se fue a acurrucar entre las piernas de él. Los amigos se miraron entre sí al verlo remilgado, sin querer tocar a la gatita a la que tiró un poco avergonzado. —Ese look de la gatita te luce —le dijeron y rieron un buen rato con eso y siguieron platicando. Pero él no lo olvidó. Se puso a pensar de dónde había salido la gata porque antes no la había visto. Tal vez algún vecino nuevo se había mudado mientras él andaba en el trabajo.

Al día siguiente por la mañana, camino al trabajo tocó la puerta de la vecina que siempre abría cuando escuchaba el ruido de sus pasos y sus llaves. —¿Hay algún vecino nuevo? —le interrogó. La vecina le dijo que hacía como tres meses no se había pasado ningún nuevo vecino, que los últimos eran tres hermanos uruguayos que estaban en el apartamento de arriba, —el más grande —­le dijo. Él volvió la vista, hacia el lugar donde la vecina señalaba estirando los labios. Pensó que tal vez ellos tenían una gatita. —Es que como uno ni pasa aquí —le dijo, —ni cuenta nos damos si han llegado nuevos inquilinos. 

Cuando regresó de trabajar estuvo parado en la puerta para ver si asomaba la gatita. Jugueteaba con el manojo de llaves haciendo un ruido rítmico. En una de sus manos le faltaba el dedo meñique. Una muchacha trigueña de sonrisa limpia lo saludó y conversaron un momento. La muchacha le contaba que iría de vacaciones a su pueblo en el sur del país. —Debe estar perro el calor allá—le dijo. —Pero solo voy por una semana —le respondió ella. Cuando la muchacha ya iba subiendo las gradas, la gatita asomó. Él entró a buscar algo a la cocina y volvió con un trocito de carne. La gatita bajó despacio las gradas sin dejar de ver la mano al hombre. Era una gatita tinkerbell de bellos ojos negros bordeados de azul claro. En una de sus patas tenía un intenso lunar negro que le cubría toda la almohadilla. Él se acuclilló y le acercó el pedacito de carne mientras la embelesaba tocándole el cuello y la espalda. La tomó en los brazos y entró a la habitación para meterla en la bolsa de cáñamo. La ató con dureza y luego bajó con dos bolsas, en la otra llevaba unas botellas vacías de cerveza.

El siguiente fue un tiempo de gatos. Parecían convocados por una fuerza especial, como invitados a la última cena. Al menos unos diez gatos deambulaban por los techos, bajaban o subían las gradas. Maullaban frente a las puertas pidiendo un bocado. Se metían a los pequeños apartamentos y asustaban a los vecinos durante la noche con sus orgías. No se sabía si lloraban, reían o morían de placer. Amanecían atrapados en las pequeñas verjas de las ventanas, saltaban de uno a otro lado de los techos. Caminaban por la cuerda floja de los cables del internet. Las niñas y los niños fueron más felices esos días, los arrullaban, se los pasaban por la cabeza o les daban pequeños puñetazos. Los empezaron a conocer por sus distintivos pelambres, el que tenía un ojo azul y el otro verde, el gato negro, la gata gris de trompa negra, la tigriada, el gato gordo, el tullido, el renco, el de la cola corta, el juguetón, el saltarín; en fin, los gatos eran llamativos.

Una mañana, un gato amarillo mostaza, gordo y lanudo, apareció electrocutado en el alambrado de la viga de hierro de la lámpara mortecina. Nadie supo cómo llegó hasta allá porque no pudo haber volado. Ese mismo día por la tarde, el hombre bajó hasta las gradas del apartamento de la vecina que siempre abría la puerta cuando él pasaba, para preguntarle si tenía algo de comida que le vendiera. Se sentó a la entrada de la puerta mientras ella le traía un par de burritos de carne con frijoles y huevo. —¿No han venido a bajar ese gato? —dijo, como para comenzar a tratar el asunto. —Dicen que tienen que conseguir una escalera grande —le respondió ella. —Es peligroso porque son los cables de alta tensión. Mañana van a venir —dijo ella. —Es que se han alborotado todos los gatos ­le comentó reflexivo él. —Con los gatos no hay que meterse —le dijo ella—­ son espíritus, tienen siete vidas. Él se quedó pensativo. —Es mentira que tienen siete vidas —dijo­—. Solo tienen una, y una no es ninguna. —Uno no sabe ­—le respondió la voz, desde adentro del apartamentito. —Nadie mata siete gatos, —escuchó que le dijo. Entonces la vecina salió a ver al gato muerto, reseco, que pendía de los hilos de metal.

Esa mañana llegó temprano a su trabajo. Firmó la planilla de entrada. Ahí le dijeron que el alcalde municipal andaba de visita desde las siete y treinta. Eso lo asustó un poco porque no era común que el alcalde llegara hasta esas dependencias y menos a esas horas. Él trabajaba en la Policía del Juzgado Municipal, una dependencia directa de la Alcaldía. El Juez de Policía era un amigo muy cercano al alcalde y él estaba encargado de la seguridad personal del juez de Policía, quien en ese momento no se encontraba en su despacho.

Pensó sentarse en su pequeña silla mullida de espaldar cuando entró a su cubículo el otro guarda de seguridad del juez. —Te anda buscando —le dijo el otro. —Allá está en la bodega de decomisos con el alcalde. Entonces él agarró su casco, que ya había puesto en una mesita, y se fue con el otro donde estaba el juez de Policía y el alcalde. Al entrar a la enorme bodega estaban el alcalde, el juez de Policía y dos muchachos más, bastante jóvenes y con aspecto militar, pero vestidos de civil. Él pensó que había fallado en algo y que seguramente lo despedirían, porque la escena era totalmente inusual. Pero no se trataba de eso.

—Aquí está el tigre del que le hablé, —dijo el juez, dirigiéndose al alcalde y poniendo la mano en el hombro del hombre del casco. El alcalde le hizo una seña a los otros y estos se movieron hacia la puerta de la enorme sala en la que se podían ver algunos promontorios de zapatos, ropa, juguetes, petardos, balones de plástico; en fin, productos del mercado callejero que había sido decomisado en los barrios pobres y en los mercados populares.
Cuando los otros se apartaron, el juez de Policía se le puso en frente y sin soltarle la mano del hombro le dijo: —Quiere que le pelés un gato y sin que nadie maúlle.
Dos días después estacionó su motocicleta en la dirección señalada. Caminó unos treinta pasos y dio con una pequeña casa sin cerca, con un modesto jardín de helechos, rosas, un napoleón y una palmerita de coco. Las casas de los lados tenían tapial y verjas. Un raro olor a orines subía en vaharada confundido entre el olor de las rosas y la humedad. Subió hasta la acera que hacía de porchecito y sonó la puerta con tres golpes secos. Del otro lado se levantó a abrir un joven de unos veintitrés años. Sin quitarse el casco le dijo:

­—Vengo a pelar un gato.

Cuando retornó a su casa en la ladera de piedras, entró, se quitó pantalones, camisa y zapatos y se puso las pantuflas de estar. Al momento lo llamaron por teléfono y a todo respondió: —Afirmativo.
Detrás de la ventana rectangular que estaba en la parte alta de la pared blanca, había tres gatos husmeando y maullando. El hombre abrió la mochila que siempre llevaba al trabajo y extrajo una pistola. Le sacó el cargador. Limpió la pistola con un paño azul claro de terciopelo. Era una Rugger 9 milímetros, de cacha y cargador negro. Luego tomó el cargador y de una canastita llena de proyectiles tomó seis y se los puso. Finalmente guardo el arma y encendió la televisión.

Estuvo viendo los programas de noticias. En uno de ellos se reportaba desde la morgue judicial que “Al joven que fue asesinado a eso de las seis de la tarde aún nadie ha podido identificarlo y ya se encuentra en la morgue después de los peritajes correspondientes”. En otro noticiero decían: “El joven asesinado hoy en horas de la tarde es de piel trigueña clara, de contextura delgada, aparenta 22 a 26 años de edad. Al momento de su muerte vestía una sudadera negra, un pantalón rojo para dormir y unas sandalias grises”.

Tomó el control remoto y apagó la televisión. Se levantó de la hamaca y se fue a abrir la puerta. Frente a su puerta, casi viéndolo, dos gatos, uno negro de ojos brillantes y otro gris, peludo y de cola ondulada. Dejó la puerta abierta y entró a poner música y empezó a sonar “Voy a bendecir tu nombre”, una balada norteña de fuertes trombones. Le bajó un poco el volumen y se fue a la cocina. Cortó en trocitos un chorizo embutido y lo puso en un cartón y luego puso el cartón en su salita de estar. Se subió a la hamaca con las piernas descolgadas. Se cruzó las manos por detrás de la cabeza y se empujó suavemente con uno de los pies para balancearse. Un ronroneo suave debajo de la espalda lo despertó. Los dos gatos se habían comido el choricito y se desperezaban a punto de echarse. Se volvió a empujar con suavidad y contó veinticinco movimientos hasta casi quedar quieto. Se levantó despacio y fue por la bolsa de cáñamo.
Casi a las diez de la noche fue por unas cervezas a la tiendita de la esquina. Un grupo de jóvenes tomaban cerveza y comían carne asada en la esquina de la tienda. El humo que salía del anafre era azul, pero se hacía gris al subir un poco. Él los miró con interés un momento y luego recibió sus cervezas y una cajetilla de cigarros. Cuando venía de regreso pensó que ellos la pasaban tranquilos, pero que a él no le gustaba la música rock.

Llegó a su departamento, destapó una cerveza y la vertió en un tazón de vidrio transparente y se puso a beber frente a su puerta, sentado en una piedra rosada que hacía de grada. Al fondo podía verse la ciudad de Tegucigalpa con sus miles de lucecitas rojas, azules, amarillas y verdes. Solo se movió de ahí para ir a cargar nuevamente su jarra de cerveza. Estuvo tomando y escuchando su música hasta que pasó la muchacha trigueña de sonrisa limpia.

—¿Y cuándo se va? —Le preguntó él, al pasar ella cerca. Era una mujer de unos veintiséis años, de piel trigueña, pelo negro y rizado, los ojos achinados; su carita redonda sonreía y a él le daban cosquillas en alguna parte de su costado izquierdo.

El viernes salgo —le dijo.

¿Pasado mañana?

Sí. Sólo voy a estar unos días donde mi abuela —le dijo.

Yo voy para allá también le dijo él. Unos tres días, regreso el lunes. Ahí vea si nos vamos juntos y se ahorra el pasaje. Y así quedaron de acuerdo.

En el complejo de apartamentos donde vivían ambos, había unos veinte inquilinos venidos de distintos lugares del país y de otros países. Era una preciosa pendiente de piedras de colores sobre la cual habían construido unos apartamentos de regular tamaño y por un buen precio de renta. Él tenía unos siete años de vivir allí, era el más antiguo.

Enfrente de donde él vivía, vivía otro hombre ya mayor. Este siempre salía muy bien vestido, es decir, muy formal con su pantalón de tela y su camisa de mangas largas abotonada hasta el cuello. Su pelo húmedo de gelatina, su corte y peinado muy bien definido y muy varonil. Zapatos negros bien lustrados. Nunca se le miró sacar una bolsa de basura para llevarla al botadero común. Tampoco se conocía como sonaba su voz porque a nadie le hablaba. No saludaba, ni pedía permiso al pasar, prefería esperar a que se disolviera el obstáculo de personas para seguir su paso, ya sea bajando o subiendo las gradas a zancadas pequeñas y calculadas.  

Esa noche, cuando la muchacha de sonrisa limpia se había ido, el hombre callado salió de su apartamento con una bolsa negra en la mano. Su perfume dejó un agradable halo que se dispersó en el instante que trancó la puerta con doble cerrojo.  —Otro enfermo —dijo él, casi en un susurro, mientras se empinaba su jarra de cerveza, y se metía a cargarla de nuevo.

Al día siguiente no fue a trabajar. Se despertó tarde, se bañó, se puso un pantalón de dril azul desteñido, una camiseta de gruesas rayas rojas y azul oscuro. Fue por su motocicleta. Ya en ella se puso el casco y sus gafas oscuras y se fue tronando la moto por las pendientes y los bulevares de la ciudad.
Al día siguiente se encontraron la muchacha de la sonrisa limpia y él en las gradas de piedras de colores, frente al apartamento de la vecina que siempre abría la puerta cuando él pasaba. Ella venía con una pequeña maletita que se ajustó a la espalda. Él no llevaba equipaje, solo una mariquera ajustada por la cintura.

—¿Van de viaje? —preguntó la vecina. —Sí —respondió la muchacha. —Aprovechando el viaje de él, —le dijo.

En el camino platicaron con algún esfuerzo por el impacto del viento.

—¿Se fijó que ya no hay gatos? —le dijo ella, pegada a la cabeza de él para que la escuchara. —¿Ya se fueron? —preguntó él, intrigado. —Sí —dijo ella— apretándose contra su espalda en una curva. La carretera en las afueras de la ciudad estaba limpia de tráfico. En una de las curvas, por un instinto natural de conductor, vio de reojo hacia la derecha y creyó ver, en una piedra blanca, sentado en sus patas traseras, a un gato negro que saltó y cruzó de improviso. Él dio un pequeño viraje para aplastarlo, pero mantuvo sus puños firmes en el manubrio para esquivar al camión que ya venía rebasándolo.


Se imaginó rodando con todo y la motocicleta, enredado entre las llantas y el chasis del camión. Y recordó a la vecina que siempre abría la puerta cuando él pasaba, diciéndole: “Nadie mata siete gatos”.




lunes, 23 de octubre de 2017

"Camila también es Camilo". La presentación del libro de Rebeca Becerra

En la mesa principal, al centro, Rebeca Becerra, a los lados, Melvin Adalid Martínez y Jorge Martínez Mejía, al momento de hacer la referencia literaria de Camila.



Vista del evento desde el fondo del salón

Vista frontal del joven auditorio y la disposición de Camila

Rebeca Becerra en la firma de autógrafos a los libros que le solicitó el auditorio

Equipo organizador del evento









El día sábado 21 de octubre, a instancias del escritor Melvin Adalid Martínez, director del Instituto Genaro Muñoz Hernández,  tuvo lugar la presentación del libro Camila, de la escritora hondureña Rebeca Becerra. La Biblioteca Candelario LIzardo, albergó a estudiantes de último año de bachillerato, docentes y padres y madres de familia. 

Camila es un poema, un relato sobre Camila, escrito en un lenguaje fluido y rico en construcciones poéticas de refinada factura. La presentación del libro estuvo a cargo del escritor Jorge Martínez Mejía, quien señaló que "En el trasfondo de Camila se esconden preocupaciones sociales y experiencias concretas de la autora, hilvanadas con el esmero de un estilo decantado, rico en recursos, imaginación y compromiso humano". Además, hizo una invitación a leer a nuestros escritores, a mantener viva la habilidad de imaginar a través de la lectura. 

Por su parte, Rebeca Becerra leyó varios textos de su precioso libro, el que despertó el entusiasmo del joven auditorio. Melvin Adalid Martínez mencionó que la lectura lo transportó a su tiempo de infancia, y a recordar a otros camilos y camilas, que pueden estar en cualquier lugar, y que podemos ser nosotros mismos, que "Camila también es Camilo".

El auditorio participó con interrogantes y reflexiones a partir de la lectura. Finalmente adquirieron el libro y esperaron con alegría que la escritora Rebeca Becerra se los autografiara. Se hicieron fotografías, de las que se muestran algunas.

El director del centro educativo, Melvin Adalid Martínez, destacó, al cierre, que la importancia de la publicación, es que su lectura es ligera y profunda, y que el Instituto Genaro Muñoz Hernández seguirá apoyando lo mejor de la literatura hondureña. El próximo año tendremos más de Camila, dijo.

Rebeca Becerra agradeció los comentarios de sus colegas e hizo notar que de lo que se trata es de dialogar e intercambiar no solo ideas, sino las emociones que nos hacen uno solo a partir del arte. Eso es lo importante de presentar los libros, concluyó.




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viernes, 20 de octubre de 2017

CAMILA, UNA JOYA DE NUESTRA LITERATURA








Por Jorge Martínez Mejía

Mencionar el apellido Becerra en Honduras es referirse a una culta familia dedicada al arte. Rebeca Becerra nació teniendo alrededor tías y tíos escritores y pintores, todos orientados a interrogar el sentido de la hondureñidad, si no a cuestionarlo. Una familia comprometida con las transformaciones sociales y marcada por ese mismo compromiso. No es de extrañar, por tanto, el tono reflexivo, interrogante que Rebeca utiliza en cada uno de sus libros publicados: En Sobre las mismas piedras (2004), nos interroga sobre la deshumanización de la vida; en Las palabras del aire (2006), nos muestra un movimiento pendular entre la vida y la muerte; en Persuasión de las cosas (2017), nos hace asomarnos por primera vez a contemplar el mundo desde la extraña presencia de las cosas en su cotidianidad.

Rebeca Becerra es exigente en la escogencia de las palabras. Cada uno de sus versos están construidos con una paciente inteligencia selectiva. Sus cualidades como poeta y los rasgos de su trabajo literario, confirmados por la crítica especializada de literatura, la emparentan con los connotados poetas Roberto Sosa y José Luis Quesada.

Camila, es un precioso relato poético. Un poema que puede leerse como un cuento. Rebeca utiliza en Camila la estrategia de invitarnos al mundo de Camila, su personaje, con un tono fraternal en la voz. Es una delicada ofrenda, como un grano de oro colocado en la palma de nuestras manos o un tibio rayo de sol.

Por esta sensación mágica Hernán Antonio Bermúdez señala en su prólogo al libro que:

“…Después de sus libros anteriores, donde la poesía asumía a menudo un carácter sombrío y lóbrego, la autora perfecciona ahora una entonación apegada a la secuencia de lo que quiere, de tal manera que las palabras salen escuetas, como chispas de su pluma”.

Como en el siguiente verso:

“Ella se despereza y sacude el cabello/adornado de estrellas, /sopla con su boquita de jarro/ a los murciélagos haraganes de los árboles.”


En general, la obra poética de Rebeca Becerra se sostiene en estructuras oníricas o similares a los sueños, en los que nos traslada a espacios lúdicos donde las imágenes de la realidad se deslizan hasta fundirse en la luz nebulosa de la fantasía, de tal manera que no es posible diferenciar entre una y otra. La convicción de la autora al presentarnos su mundo, extraído de la realidad concreta de su experiencia, a veces dolorosa y oscura, hace que nuestra lectura se vea afectada por la confianza que brinda la evidencia testimonial.

El cuidadoso registro de su mundo subjetivo y la precisión en la escogencia de sus materiales, modulan nuestra percepción para ofrecernos un conjunto de imágenes armoniosas de acuerdo a su intención artística.

Camila está distribuido en cinco partes: En la primera, Camila, en su espacio cotidiano, sale a la escuela. En la segunda, Camila habita la ciudad desde la ventana. En la tercera, El limonero: el amanecer, la luz y el viento anidan en el pelo de Camila. En la cuarta, El mar no conoce a Camila, la extraña. En la quinta, El espejo del bisonte, Camila ve en el espejo al bisonte y juntos juegan sobre la pradera.

En cada una de estas piezas que componen un conjunto melódico en Camila, se puede apreciar un acercamiento esotérico de Rebeca al mundo de las cosas cotidianas. Una mirada mágica, fascinada, que transforma recuerdos, sensaciones y emociones, para revelarnos el mundo extraño en que habitamos, y que muchas veces dejamos pasar como si nada. Pero es la magia de su palabra pulida con esmero, la que despierta insondables y maravillosos mundos solamente posibles a través de la poesía. Camila es un laboratorio de ensueño construido a base de diligente trabajo con la palabra, el esmero con el que Rebeca Becerra transforma las cosas habituales de la existencia, en auténtica poesía.


El carácter sustantivo del trabajo de Rebeca Becerra en las letras hondureñas es el resultado de la honestidad de su propuesta. Alejada del ejercicio banal de la acrobacia literaria, Camila es una joya de nuestra literatura, una ventana por donde se puede ver un mundo antagónico al sombrío lugar que habitamos. 





martes, 17 de octubre de 2017

HONDURAS: HACIA EL ESTADO MONOLÍTICO






Pintura de Fanny Nushka Moreaux, Toros, acrílico sobre tela



Por Jorge Martínez Mejía


A la memoria de Jorge Lara Fernández 



Aunque no es fácil definir la situación actual en que se encuentra el Estado de Honduras debido a que recién proviene de un golpe de Estado considerado por muchos como el mayor acto de corrupción en la historia del país, sí se puede percibir que se encuentra en un proceso de consolidación autocrática como resultado del temor de la oligarquía a perder el control en la administración de los recursos que tradicionalmente han significado su status quo. El golpe de Estado de 2009 en Honduras no fue un acto precipitado de la oligarquía y sus legiones hegemonizadas, sino el cálculo de una red de poder de las derechas latinoamericanas con el amparo y respaldo del gobierno de Los Estados Unidos y las élites anticastristas del Estado de La Florida.

La marca de la colonialidad más perceptible de la oligarquía hondureña ha sido su desprecio racista hacia las poblaciones de origen indígena, hacia la negritud, hacia los campesinos y hacia los trabajadores campeños; obreros y obreras en general. 

El machismo de los caciques rurales, la exclusión de inmensas mayorías de hombres y mujeres del campo convertidos en cinturones de miseria en la urbe, las decisiones políticas a espaldas de la Constitución de la República solo son rasgos de una institucionalidad republicana inconclusa que, como señala Aníbal Quijano, siempre están recordándonos que vivimos en repúblicas incompletas, en Estados naciones truncos e identidades mutiladas.

Durante los últimos 20 años, la región latinoamericana ha pasado por una experiencia de transformación revolucionaria, particularmente Venezuela, Bolivia y Ecuador. Gobiernos progresistas que han sido el resultado de una persistente lucha de distintos sectores populares con una visión crítica, reivindicativa y políticamente comprometida con la causa de los que, históricamente, han sido marginados de su propio poder soberano.

Son gobiernos que han llegado con un nuevo signo revolucionario, el de una nueva izquierda que se distanció de los postulados ortodoxos del Partido Comunista y del socialismo burocrático ruso. El socialismo del siglo XXI de América del Sur es un socialismo ciudadano, sostenido en el derecho de los pueblos originarios a tomar decisiones de carácter capital para las distintas naciones, entendidas estas como civilizaciones que cohabitan un mismo espacio y comparten una cosmovisión sostenida en la tierra madura, la tierra madre de todos, Abya Yala; una fusión de indianismo marxista, visión republicana y anarquismo comunitario. 

Los Estados de América Latina han sido dirigidos históricamente por cúpulas burguesas, élites económicas conservadoras con una ideología de derecha, heredera de la colonia española y del entrometido imperio norteamericano. Es decir que las metrópolis de los viejos imperios han hegemonizado a estas élites burguesas para mantener el dominio heredado desde la colonia. A este dominio es que se han enfrentado las poblaciones originarias, indígenas, campesinos y obreros de todas las naciones de América Latina desde la invasión en 1492.

En Honduras, la principal narrativa política ha sido liberal, el marxismo no ha sido significativo ni política, ni intelectualmente, porque sus propulsores jamás lograron asimilar de manera comprensiva la teoría para traducirla y llevarla como narrativa a las poblaciones originarias ni a los hombres y mujeres del campo, a quienes excluyeron del proyecto emancipatorio porque no encajaban en la ortodoxia proletaria. 

Aún en la actualidad, la incomprensión de las luchas de los pueblos indígenas y garífuna por parte de la casta política y sus facciones liberales y marxistas sigue siendo una evidencia de una visión poscolonial y eurocéntrica que descalifica la narrativa nativa de la resistencia de los pueblos originarios. Y esta narrativa popular nativa sí se ha apropiado de la narrativa marxista como opción para luchar por el poder y reconquistar su patrimonio ancestral.

Pero, para entender lo que sucede en Honduras es necesario saber qué pasó en los tres gobiernos de izquierda que se han producido como revoluciones en América del Sur ¿qué pasó en Venezuela? ¿qué pasó en Ecuador? ¿qué pasó en Bolivia?

Estamos hablando de naciones en donde el neoliberalismo implementado como modelo económico a finales del siglo XX, produjo un profundo impacto negativo en la población. Naciones con gobiernos tradicionales con serias dificultades para controlar el territorio y la vida ciudadana, con una herencia colonial racista que excluyó a las poblaciones originarias y se impuso mediante una férrea dominación religiosa y militar, con centros políticos afincados en ciudades capitales controlando a las poblaciones de las márgenes, una visión feudal en la administración del territorio y las personas, y una explotación rudimentaria de la materia prima, un extractivismo exacerbado y ramplón. Sociedades con una institucionalidad débil sin capacidad para la atención de las necesidades elementales de la población. Sin proveerle los servicios elementales y exponiéndolos a las más calamitosas formas de vida. 

Jamás desarrollaron capacidad industrial propia y se dedicaron a saquear las arcas del Estado para adquirir capitales mal habidos, que posteriormente las convirtió en una burguesía financiera parásita de la explotación y exportación de materia prima.

La burguesía financiera es la misma oligarquía terrateniente heredera de la hacienda colonial, ahora con sistemas bancarios concentrados en la administración del capital, pero ideológicamente con el mismo lastre feudal. Por eso la economía de estas naciones no ha figurado de manera significativa en la economía mundial, a pesar de la descomunal riqueza de recursos. Mucho menos para convertir sus ganancias en beneficio para las poblaciones explotadas (Torres-Rivas, 2011).

Con muy poca capacidad para hacerle frente a las necesidades que padecen los habitantes y orientados a la satisfacción de las demandas del capital transnacional, han sido naciones con una imagen rural, atrasadas en el desarrollo de sus competencias de producción industrial. 

La característica económica, social y política es que el poder y la riqueza se concentra en pocas manos y la pobreza y la miseria se distribuye en la mayor parte de la población que no figura en las estructuras de poder del Estado sino mediante amañados procesos políticos electorales. Modelos de democracia representativa que les enajena a los ciudadanos su capacidad soberana en la determinación de su propio destino.

En términos culturales, la característica principal de estos estados es la exclusión de los pueblos originarios, sus cosmovisiones y sus lenguas, no solo en el sistema educativo, sino de la vida social en general. Una imposición imperial de una cultura foránea sobre otras a las que no solo somete, sino que extermina paulatinamente.

Se trata de una realidad colonial, Estados periféricos donde aún opera un orden imperial y una gubernamentalidad dirigida a la exclusión del derecho soberano de los pueblos originarios a los que las élites burguesas dominantes jamás reconocerán su soberanía, mucho menos sus cosmovisiones serán incluidas en la construcción de sus Estados. Porque estas élites responden a intereses no solo de clase, sino a resabios raciales y feudales que han heredado de la Colonia. 

La manera en que estos tres Estados del Sur de América han llegado a producir los cambios hacia una construcción de gubernamentalidad popular, no ha sido violenta porque han sido el resultado de procesos electorales propios de la democracia representativa que, en el camino de construcción del modelo de Estado Popular, han roto con dicho esquema excluyente y han instaurado nuevas formas de democracia centradas en la inclusión de las diferentes naciones originarias tradicionalmente excluidas del poder político. 

Pero tampoco han sido procesos revolucionarios concedidos por ninguna buena voluntad oligárquica e imperial. La articulación de estos proyectos de país, tanto en Venezuela, Bolivia y Ecuador, en los que se incluyen las diferentes naciones y civilizaciones tradicionalmente relegadas de las decisiones del Estado, ha sido un proceso largo y arduo, con miles de víctimas, encarcelados, torturados, expatriados y asesinados. La lucha ha implicado la recuperación de una narrativa propia, de una memoria y una acción estratégica sostenida en el uso efectivo de distintas teorías, en las que el indianismo marxista, el republicanismo bolivariano y el anarquismo comunitario han enriquecido la lucha revolucionaria. La decapitación política de gobernantes corruptos adeptos a la más viles y apátridas oligarquías nunca fue fácil. Tampoco fue fácil la organización y la formación política sobre nuevas y exigentes necesidades de convivencia ideológica de la nueva izquierda revolucionaria. En algunos casos, los marxistas más ortodoxos se convirtieron en los principales enemigos de estas nuevas revoluciones. 

En Ecuador, siete presidentes en diez años. Los libros de la historia ecuatoriana registran a Sixto Durán Ballén como el último mandatario, que en 1996 terminó el período de cuatro años para el que fue elegido en las urnas. Una revolución de las urnas llevó a Rafael Correa a la casa presidencial, empujado por una ciudadanía harta de tanta incompetencia política de los viejos cuadros de la oligarquía pro imperialista. 

En Bolivia, una exigua minoría opulenta oprimía y negaba los más elementales derechos a aimaras, quechuas, guaraníes y otros pueblos originarios, la mayoría de la población. Jamás se les reconocía sus derechos colectivos a la identidad cultural, la autonomía y el territorio. El noventa por ciento de la población rural vivía en la pobreza y el país disputaba a Haití y Honduras el peor desempeño en la región por su índice de desarrollo humano. Las empresas estatales fueron privatizadas mediante disposiciones anticonstitucionales y escandalosos negocios armados entre la oligarquía y las trasnacionales. 

En la Venezuela del socialdemócrata Carlos Andrés Pérez, más de la mitad de la población vivía bajo el umbral de la pobreza. Los ricos acaparaban el 20% de la renta nacional mientras el 40% de los niños y niñas no tenían acceso a la escuela. Eso en uno de los países principales exportadores de petróleo en el mundo. Solo la llegada del comandante Hugo Chávez, venerado en los barrios marginales, logró la ruptura de un Estado burgués, colonial, pro imperialista y corrupto, y produjo el más relevante liderazgo regional que movilizó a la región hacia la satisfacción de las exigencias y necesidades populares y la construcción de nuevos Estados revolucionarios que asustaron al Imperio y lo movieron hacia la producción de estrategias de control y freno a la entusiasta avanzada popular iniciada con la revolución sandinista del 79.

El Estado de Honduras, uno de los más conservadores de la región y considerado portaaviones del imperio norteamericano, se vio conmovido con el giro hacia el sur del presidente Manuel Zelaya Rosales. El golpe de Estado del 28 de junio de 2009 dio al traste con unas tibias reformas que afectaban de manera directa al sector más tradicional de la economía, a los terratenientes latifundistas y sus socios claves de la burguesía financiera, o lo que es lo mismo, a la burguesía financiera y a su lastre feudal. El golpe de Estado se produjo teniendo como marco la iniciativa de la Cuarta Urna, una consulta para saber si la población estaba de acuerdo en reformar y cambiar la Constitución por medio de una Asamblea Constituyente. Los dueños de los bancos, los terratenientes, los cafetaleros, la iglesia católica y evangélica, y los militares se confabularon y dieron un golpe de Estado con el visto bueno de los Estados Unidos, y evitaron un movimiento en línea con los cambios del Sur. 

Así instauraron un gobierno ilegal, una dictadura que usó el rostro temporal de Roberto Micheletti a partir del cual se tejieron, con el más frío cálculo, las más oscuras relaciones. En la actualidad Honduras es un Estado ilegítimo, una gubernatura sostenida en la violencia dirigida desde el poder a través del aparato militar y los escuadrones de la muerte que han ido eliminando de manera selectiva a los dirigentes más connotados de la resistencia, a líderes ambientalistas y dirigentes de la oposición en general. El férreo control del territorio a través de las Fuerzas Armadas, el remozamiento del equipo armamentístico y la logística militar no ha sido un azar ni un antojo. Tampoco el vínculo con el crimen organizado, el narcotráfico, el lavado de activos y las masacres continuadas. 

Uno de los principales objetivos de la oligarquía y sus grupos de inteligencia y estrategia política ha sido borrar la memoria de lucha de la resistencia popular, anular el coraje de la indignación, porque esa energía es su principal amenaza, a falta de una coherente narrativa de la lucha política. El establecimiento de la lucha anticorrupción como bandera o consigna también ha sido una línea agendada desde el poder oligárquico. Los principales valores que estructuraron al Frente Nacional de Resistencia Popular como figura principal de la lucha por las transformaciones mediante una Asamblea Nacional Constituyente, han ido quedando en el vacío de manera progresiva, mientras los cuadros políticos de la oligarquía se posicionan firmemente en las instituciones claves del poder político de espaldas a la legalidad.

No obstante, este movimiento es una reacción de la oligarquía, una expresión del temor a la estructuración y articulación política del movimiento social con los actores políticos de la resistencia, de su organización efectiva orientada a hacerse con el control del Estado. Es mentira que tengan definida una ruta política. La única claridad de la que son capaces es la de mantener sometidas a las poblaciones originarias, quienes se les escapan del control porque en cierta medida gozan de la autonomía mínima que les da la producción agrícola de subsistencia, y no dependen de un salario, de otra manera, ya les hubieran estrangulado, como estrangularon al movimiento sindical. 

La agresiva estrategia que han puesto en marcha para controlar y lograr el apoyo de la totalidad de la empresa privada, los sindicatos, el movimiento de la sociedad civil, el movimiento social y popular, los grupos de presión social, el crimen organizado (narcotraficantes y sicarios), la Organización de Estados Americanos (OEA), el gobierno colombiano, el mexicano y particularmente el gobierno de Estados Unidos, tiene como propósito fraccionar y agotar la lucha popular y la reacción efectiva de la protesta pública para perpetuarse mediante continuos golpes de estados constitucionales.

Controlar el poder del Estado para la oligarquía es de vital importancia porque el control de las instituciones del Estado les permite el control de la sociedad, sus organizaciones ciudadanas y a los ciudadanos mismos. Es desde los recursos del Estado, particularmente las Fuerzas Armadas, que pueden mantener su poder y control de la ciudadanía y sobre los medios de comunicación y las tradicionales relaciones oportunistas de la empresa privada parasitaria.

Los intereses económicos de las distintas facciones de la oligarquía hondureña son similares, pero muy poco se puede decir de si en realidad cuentan con un proyecto político aparte de perpetuar sus privilegios en el usufructo del presupuesto estatal. El slogan “El hombre sabe para donde va”, utilizado por el actual ilegítimo presidente caído en delito contra la forma de gobierno, sólo responde a un vacío ideológico, porque lo único que mueve a la oligarquía hondureña es su pavoroso temor a la soberanía popular.

Las enormes limitaciones en su propuesta política solo se ven rellenadas con una descomunal inversión de los recursos del Estado en la construcción de vías de comunicación y en la impresentable imagen de una candidatura presidencial delictiva.

Se trata no de una política de dominación, sino del terror de una oligarquía acorralada, incapaz de conocer a su propia población e incapaz de hegemonizar sobre la base de los valores de la ideología liberal; que prefiere aferrarse a sus intereses mediante el delito y el crimen para sostener un poder que ya no reside en ninguna moralidad, sino en la vergonzosa herencia de sus antepasados oscuros, quienes vieron en la matanza y la masacre del pueblo la única manera de mantener e poder. Solo saben saquear, llenarse los bolsillos con los bienes ajenos.

En Honduras ya se comienza a experimentar un Estado monolítico de férreo control de la sociedad. El botón de muestra del experimento imperial para poner freno a los genuinos procesos de reivindicación política de los pueblos de América.


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Fanny Nushka Moreaux

Nació en 1983 en Lille, Francia. Vive en Marsella, en el sur de Francia. Es pintora figurativa. Es autodidacta y se dedica al arte a tiempo completo.


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