lunes, 23 de octubre de 2017

"Camila también es Camilo". La presentación del libro de Rebeca Becerra

En la mesa principal, al centro, Rebeca Becerra, a los lados, Melvin Adalid Martínez y Jorge Martínez Mejía, al momento de hacer la referencia literaria de Camila.



Vista del evento desde el fondo del salón

Vista frontal del joven auditorio y la disposición de Camila

Rebeca Becerra en la firma de autógrafos a los libros que le solicitó el auditorio

Equipo organizador del evento









El día sábado 21 de octubre, a instancias del escritor Melvin Adalid Martínez, director del Instituto Genaro Muñoz Hernández,  tuvo lugar la presentación del libro Camila, de la escritora hondureña Rebeca Becerra. La Biblioteca Candelario LIzardo, albergó a estudiantes de último año de bachillerato, docentes y padres y madres de familia. 

Camila es un poema, un relato sobre Camila, escrito en un lenguaje fluido y rico en construcciones poéticas de refinada factura. La presentación del libro estuvo a cargo del escritor Jorge Martínez Mejía, quien señaló que "En el trasfondo de Camila se esconden preocupaciones sociales y experiencias concretas de la autora, hilvanadas con el esmero de un estilo decantado, rico en recursos, imaginación y compromiso humano". Además, hizo una invitación a leer a nuestros escritores, a mantener viva la habilidad de imaginar a través de la lectura. 

Por su parte, Rebeca Becerra leyó varios textos de su precioso libro, el que despertó el entusiasmo del joven auditorio. Melvin Adalid Martínez mencionó que la lectura lo transportó a su tiempo de infancia, y a recordar a otros camilos y camilas, que pueden estar en cualquier lugar, y que podemos ser nosotros mismos, que "Camila también es Camilo".

El auditorio participó con interrogantes y reflexiones a partir de la lectura. Finalmente adquirieron el libro y esperaron con alegría que la escritora Rebeca Becerra se los autografiara. Se hicieron fotografías, de las que se muestran algunas.

El director del centro educativo, Melvin Adalid Martínez, destacó, al cierre, que la importancia de la publicación, es que su lectura es ligera y profunda, y que el Instituto Genaro Muñoz Hernández seguirá apoyando lo mejor de la literatura hondureña. El próximo año tendremos más de Camila, dijo.

Rebeca Becerra agradeció los comentarios de sus colegas e hizo notar que de lo que se trata es de dialogar e intercambiar no solo ideas, sino las emociones que nos hacen uno solo a partir del arte. Eso es lo importante de presentar los libros, concluyó.




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viernes, 20 de octubre de 2017

CAMILA, UNA JOYA DE NUESTRA LITERATURA








Por Jorge Martínez Mejía

Mencionar el apellido Becerra en Honduras es referirse a una culta familia dedicada al arte. Rebeca Becerra nació teniendo alrededor tías y tíos escritores y pintores, todos orientados a interrogar el sentido de la hondureñidad, si no a cuestionarlo. Una familia comprometida con las transformaciones sociales y marcada por ese mismo compromiso. No es de extrañar, por tanto, el tono reflexivo, interrogante que Rebeca utiliza en cada uno de sus libros publicados: En Sobre las mismas piedras (2004), nos interroga sobre la deshumanización de la vida; en Las palabras del aire (2006), nos muestra un movimiento pendular entre la vida y la muerte; en Persuasión de las cosas (2017), nos hace asomarnos por primera vez a contemplar el mundo desde la extraña presencia de las cosas en su cotidianidad.

Rebeca Becerra es exigente en la escogencia de las palabras. Cada uno de sus versos están construidos con una paciente inteligencia selectiva. Sus cualidades como poeta y los rasgos de su trabajo literario, confirmados por la crítica especializada de literatura, la emparentan con los connotados poetas Roberto Sosa y José Luis Quesada.

Camila, es un precioso relato poético. Un poema que puede leerse como un cuento. Rebeca utiliza en Camila la estrategia de invitarnos al mundo de Camila, su personaje, con un tono fraternal en la voz. Es una delicada ofrenda, como un grano de oro colocado en la palma de nuestras manos o un tibio rayo de sol.

Por esta sensación mágica Hernán Antonio Bermúdez señala en su prólogo al libro que:

“…Después de sus libros anteriores, donde la poesía asumía a menudo un carácter sombrío y lóbrego, la autora perfecciona ahora una entonación apegada a la secuencia de lo que quiere, de tal manera que las palabras salen escuetas, como chispas de su pluma”.

Como en el siguiente verso:

“Ella se despereza y sacude el cabello/adornado de estrellas, /sopla con su boquita de jarro/ a los murciélagos haraganes de los árboles.”


En general, la obra poética de Rebeca Becerra se sostiene en estructuras oníricas o similares a los sueños, en los que nos traslada a espacios lúdicos donde las imágenes de la realidad se deslizan hasta fundirse en la luz nebulosa de la fantasía, de tal manera que no es posible diferenciar entre una y otra. La convicción de la autora al presentarnos su mundo, extraído de la realidad concreta de su experiencia, a veces dolorosa y oscura, hace que nuestra lectura se vea afectada por la confianza que brinda la evidencia testimonial.

El cuidadoso registro de su mundo subjetivo y la precisión en la escogencia de sus materiales, modulan nuestra percepción para ofrecernos un conjunto de imágenes armoniosas de acuerdo a su intención artística.

Camila está distribuido en cinco partes: En la primera, Camila, en su espacio cotidiano, sale a la escuela. En la segunda, Camila habita la ciudad desde la ventana. En la tercera, El limonero: el amanecer, la luz y el viento anidan en el pelo de Camila. En la cuarta, El mar no conoce a Camila, la extraña. En la quinta, El espejo del bisonte, Camila ve en el espejo al bisonte y juntos juegan sobre la pradera.

En cada una de estas piezas que componen un conjunto melódico en Camila, se puede apreciar un acercamiento esotérico de Rebeca al mundo de las cosas cotidianas. Una mirada mágica, fascinada, que transforma recuerdos, sensaciones y emociones, para revelarnos el mundo extraño en que habitamos, y que muchas veces dejamos pasar como si nada. Pero es la magia de su palabra pulida con esmero, la que despierta insondables y maravillosos mundos solamente posibles a través de la poesía. Camila es un laboratorio de ensueño construido a base de diligente trabajo con la palabra, el esmero con el que Rebeca Becerra transforma las cosas habituales de la existencia, en auténtica poesía.


El carácter sustantivo del trabajo de Rebeca Becerra en las letras hondureñas es el resultado de la honestidad de su propuesta. Alejada del ejercicio banal de la acrobacia literaria, Camila es una joya de nuestra literatura, una ventana por donde se puede ver un mundo antagónico al sombrío lugar que habitamos. 





martes, 17 de octubre de 2017

HONDURAS: HACIA EL ESTADO MONOLÍTICO






Pintura de Fanny Nushka Moreaux, Toros, acrílico sobre tela



Por Jorge Martínez Mejía


A la memoria de Jorge Lara Fernández 



Aunque no es fácil definir la situación actual en que se encuentra el Estado de Honduras debido a que recién proviene de un golpe de Estado considerado por muchos como el mayor acto de corrupción en la historia del país, sí se puede percibir que se encuentra en un proceso de consolidación autocrática como resultado del temor de la oligarquía a perder el control en la administración de los recursos que tradicionalmente han significado su status quo. El golpe de Estado de 2009 en Honduras no fue un acto precipitado de la oligarquía y sus legiones hegemonizadas, sino el cálculo de una red de poder de las derechas latinoamericanas con el amparo y respaldo del gobierno de Los Estados Unidos y las élites anticastristas del Estado de La Florida.

La marca de la colonialidad más perceptible de la oligarquía hondureña ha sido su desprecio racista hacia las poblaciones de origen indígena, hacia la negritud, hacia los campesinos y hacia los trabajadores campeños; obreros y obreras en general. 

El machismo de los caciques rurales, la exclusión de inmensas mayorías de hombres y mujeres del campo convertidos en cinturones de miseria en la urbe, las decisiones políticas a espaldas de la Constitución de la República solo son rasgos de una institucionalidad republicana inconclusa que, como señala Aníbal Quijano, siempre están recordándonos que vivimos en repúblicas incompletas, en Estados naciones truncos e identidades mutiladas.

Durante los últimos 20 años, la región latinoamericana ha pasado por una experiencia de transformación revolucionaria, particularmente Venezuela, Bolivia y Ecuador. Gobiernos progresistas que han sido el resultado de una persistente lucha de distintos sectores populares con una visión crítica, reivindicativa y políticamente comprometida con la causa de los que, históricamente, han sido marginados de su propio poder soberano.

Son gobiernos que han llegado con un nuevo signo revolucionario, el de una nueva izquierda que se distanció de los postulados ortodoxos del Partido Comunista y del socialismo burocrático ruso. El socialismo del siglo XXI de América del Sur es un socialismo ciudadano, sostenido en el derecho de los pueblos originarios a tomar decisiones de carácter capital para las distintas naciones, entendidas estas como civilizaciones que cohabitan un mismo espacio y comparten una cosmovisión sostenida en la tierra madura, la tierra madre de todos, Abya Yala; una fusión de indianismo marxista, visión republicana y anarquismo comunitario. 

Los Estados de América Latina han sido dirigidos históricamente por cúpulas burguesas, élites económicas conservadoras con una ideología de derecha, heredera de la colonia española y del entrometido imperio norteamericano. Es decir que las metrópolis de los viejos imperios han hegemonizado a estas élites burguesas para mantener el dominio heredado desde la colonia. A este dominio es que se han enfrentado las poblaciones originarias, indígenas, campesinos y obreros de todas las naciones de América Latina desde la invasión en 1492.

En Honduras, la principal narrativa política ha sido liberal, el marxismo no ha sido significativo ni política, ni intelectualmente, porque sus propulsores jamás lograron asimilar de manera comprensiva la teoría para traducirla y llevarla como narrativa a las poblaciones originarias ni a los hombres y mujeres del campo, a quienes excluyeron del proyecto emancipatorio porque no encajaban en la ortodoxia proletaria. 

Aún en la actualidad, la incomprensión de las luchas de los pueblos indígenas y garífuna por parte de la casta política y sus facciones liberales y marxistas sigue siendo una evidencia de una visión poscolonial y eurocéntrica que descalifica la narrativa nativa de la resistencia de los pueblos originarios. Y esta narrativa popular nativa sí se ha apropiado de la narrativa marxista como opción para luchar por el poder y reconquistar su patrimonio ancestral.

Pero, para entender lo que sucede en Honduras es necesario saber qué pasó en los tres gobiernos de izquierda que se han producido como revoluciones en América del Sur ¿qué pasó en Venezuela? ¿qué pasó en Ecuador? ¿qué pasó en Bolivia?

Estamos hablando de naciones en donde el neoliberalismo implementado como modelo económico a finales del siglo XX, produjo un profundo impacto negativo en la población. Naciones con gobiernos tradicionales con serias dificultades para controlar el territorio y la vida ciudadana, con una herencia colonial racista que excluyó a las poblaciones originarias y se impuso mediante una férrea dominación religiosa y militar, con centros políticos afincados en ciudades capitales controlando a las poblaciones de las márgenes, una visión feudal en la administración del territorio y las personas, y una explotación rudimentaria de la materia prima, un extractivismo exacerbado y ramplón. Sociedades con una institucionalidad débil sin capacidad para la atención de las necesidades elementales de la población. Sin proveerle los servicios elementales y exponiéndolos a las más calamitosas formas de vida. 

Jamás desarrollaron capacidad industrial propia y se dedicaron a saquear las arcas del Estado para adquirir capitales mal habidos, que posteriormente las convirtió en una burguesía financiera parásita de la explotación y exportación de materia prima.

La burguesía financiera es la misma oligarquía terrateniente heredera de la hacienda colonial, ahora con sistemas bancarios concentrados en la administración del capital, pero ideológicamente con el mismo lastre feudal. Por eso la economía de estas naciones no ha figurado de manera significativa en la economía mundial, a pesar de la descomunal riqueza de recursos. Mucho menos para convertir sus ganancias en beneficio para las poblaciones explotadas (Torres-Rivas, 2011).

Con muy poca capacidad para hacerle frente a las necesidades que padecen los habitantes y orientados a la satisfacción de las demandas del capital transnacional, han sido naciones con una imagen rural, atrasadas en el desarrollo de sus competencias de producción industrial. 

La característica económica, social y política es que el poder y la riqueza se concentra en pocas manos y la pobreza y la miseria se distribuye en la mayor parte de la población que no figura en las estructuras de poder del Estado sino mediante amañados procesos políticos electorales. Modelos de democracia representativa que les enajena a los ciudadanos su capacidad soberana en la determinación de su propio destino.

En términos culturales, la característica principal de estos estados es la exclusión de los pueblos originarios, sus cosmovisiones y sus lenguas, no solo en el sistema educativo, sino de la vida social en general. Una imposición imperial de una cultura foránea sobre otras a las que no solo somete, sino que extermina paulatinamente.

Se trata de una realidad colonial, Estados periféricos donde aún opera un orden imperial y una gubernamentalidad dirigida a la exclusión del derecho soberano de los pueblos originarios a los que las élites burguesas dominantes jamás reconocerán su soberanía, mucho menos sus cosmovisiones serán incluidas en la construcción de sus Estados. Porque estas élites responden a intereses no solo de clase, sino a resabios raciales y feudales que han heredado de la Colonia. 

La manera en que estos tres Estados del Sur de América han llegado a producir los cambios hacia una construcción de gubernamentalidad popular, no ha sido violenta porque han sido el resultado de procesos electorales propios de la democracia representativa que, en el camino de construcción del modelo de Estado Popular, han roto con dicho esquema excluyente y han instaurado nuevas formas de democracia centradas en la inclusión de las diferentes naciones originarias tradicionalmente excluidas del poder político. 

Pero tampoco han sido procesos revolucionarios concedidos por ninguna buena voluntad oligárquica e imperial. La articulación de estos proyectos de país, tanto en Venezuela, Bolivia y Ecuador, en los que se incluyen las diferentes naciones y civilizaciones tradicionalmente relegadas de las decisiones del Estado, ha sido un proceso largo y arduo, con miles de víctimas, encarcelados, torturados, expatriados y asesinados. La lucha ha implicado la recuperación de una narrativa propia, de una memoria y una acción estratégica sostenida en el uso efectivo de distintas teorías, en las que el indianismo marxista, el republicanismo bolivariano y el anarquismo comunitario han enriquecido la lucha revolucionaria. La decapitación política de gobernantes corruptos adeptos a la más viles y apátridas oligarquías nunca fue fácil. Tampoco fue fácil la organización y la formación política sobre nuevas y exigentes necesidades de convivencia ideológica de la nueva izquierda revolucionaria. En algunos casos, los marxistas más ortodoxos se convirtieron en los principales enemigos de estas nuevas revoluciones. 

En Ecuador, siete presidentes en diez años. Los libros de la historia ecuatoriana registran a Sixto Durán Ballén como el último mandatario, que en 1996 terminó el período de cuatro años para el que fue elegido en las urnas. Una revolución de las urnas llevó a Rafael Correa a la casa presidencial, empujado por una ciudadanía harta de tanta incompetencia política de los viejos cuadros de la oligarquía pro imperialista. 

En Bolivia, una exigua minoría opulenta oprimía y negaba los más elementales derechos a aimaras, quechuas, guaraníes y otros pueblos originarios, la mayoría de la población. Jamás se les reconocía sus derechos colectivos a la identidad cultural, la autonomía y el territorio. El noventa por ciento de la población rural vivía en la pobreza y el país disputaba a Haití y Honduras el peor desempeño en la región por su índice de desarrollo humano. Las empresas estatales fueron privatizadas mediante disposiciones anticonstitucionales y escandalosos negocios armados entre la oligarquía y las trasnacionales. 

En la Venezuela del socialdemócrata Carlos Andrés Pérez, más de la mitad de la población vivía bajo el umbral de la pobreza. Los ricos acaparaban el 20% de la renta nacional mientras el 40% de los niños y niñas no tenían acceso a la escuela. Eso en uno de los países principales exportadores de petróleo en el mundo. Solo la llegada del comandante Hugo Chávez, venerado en los barrios marginales, logró la ruptura de un Estado burgués, colonial, pro imperialista y corrupto, y produjo el más relevante liderazgo regional que movilizó a la región hacia la satisfacción de las exigencias y necesidades populares y la construcción de nuevos Estados revolucionarios que asustaron al Imperio y lo movieron hacia la producción de estrategias de control y freno a la entusiasta avanzada popular iniciada con la revolución sandinista del 79.

El Estado de Honduras, uno de los más conservadores de la región y considerado portaaviones del imperio norteamericano, se vio conmovido con el giro hacia el sur del presidente Manuel Zelaya Rosales. El golpe de Estado del 28 de junio de 2009 dio al traste con unas tibias reformas que afectaban de manera directa al sector más tradicional de la economía, a los terratenientes latifundistas y sus socios claves de la burguesía financiera, o lo que es lo mismo, a la burguesía financiera y a su lastre feudal. El golpe de Estado se produjo teniendo como marco la iniciativa de la Cuarta Urna, una consulta para saber si la población estaba de acuerdo en reformar y cambiar la Constitución por medio de una Asamblea Constituyente. Los dueños de los bancos, los terratenientes, los cafetaleros, la iglesia católica y evangélica, y los militares se confabularon y dieron un golpe de Estado con el visto bueno de los Estados Unidos, y evitaron un movimiento en línea con los cambios del Sur. 

Así instauraron un gobierno ilegal, una dictadura que usó el rostro temporal de Roberto Micheletti a partir del cual se tejieron, con el más frío cálculo, las más oscuras relaciones. En la actualidad Honduras es un Estado ilegítimo, una gubernatura sostenida en la violencia dirigida desde el poder a través del aparato militar y los escuadrones de la muerte que han ido eliminando de manera selectiva a los dirigentes más connotados de la resistencia, a líderes ambientalistas y dirigentes de la oposición en general. El férreo control del territorio a través de las Fuerzas Armadas, el remozamiento del equipo armamentístico y la logística militar no ha sido un azar ni un antojo. Tampoco el vínculo con el crimen organizado, el narcotráfico, el lavado de activos y las masacres continuadas. 

Uno de los principales objetivos de la oligarquía y sus grupos de inteligencia y estrategia política ha sido borrar la memoria de lucha de la resistencia popular, anular el coraje de la indignación, porque esa energía es su principal amenaza, a falta de una coherente narrativa de la lucha política. El establecimiento de la lucha anticorrupción como bandera o consigna también ha sido una línea agendada desde el poder oligárquico. Los principales valores que estructuraron al Frente Nacional de Resistencia Popular como figura principal de la lucha por las transformaciones mediante una Asamblea Nacional Constituyente, han ido quedando en el vacío de manera progresiva, mientras los cuadros políticos de la oligarquía se posicionan firmemente en las instituciones claves del poder político de espaldas a la legalidad.

No obstante, este movimiento es una reacción de la oligarquía, una expresión del temor a la estructuración y articulación política del movimiento social con los actores políticos de la resistencia, de su organización efectiva orientada a hacerse con el control del Estado. Es mentira que tengan definida una ruta política. La única claridad de la que son capaces es la de mantener sometidas a las poblaciones originarias, quienes se les escapan del control porque en cierta medida gozan de la autonomía mínima que les da la producción agrícola de subsistencia, y no dependen de un salario, de otra manera, ya les hubieran estrangulado, como estrangularon al movimiento sindical. 

La agresiva estrategia que han puesto en marcha para controlar y lograr el apoyo de la totalidad de la empresa privada, los sindicatos, el movimiento de la sociedad civil, el movimiento social y popular, los grupos de presión social, el crimen organizado (narcotraficantes y sicarios), la Organización de Estados Americanos (OEA), el gobierno colombiano, el mexicano y particularmente el gobierno de Estados Unidos, tiene como propósito fraccionar y agotar la lucha popular y la reacción efectiva de la protesta pública para perpetuarse mediante continuos golpes de estados constitucionales.

Controlar el poder del Estado para la oligarquía es de vital importancia porque el control de las instituciones del Estado les permite el control de la sociedad, sus organizaciones ciudadanas y a los ciudadanos mismos. Es desde los recursos del Estado, particularmente las Fuerzas Armadas, que pueden mantener su poder y control de la ciudadanía y sobre los medios de comunicación y las tradicionales relaciones oportunistas de la empresa privada parasitaria.

Los intereses económicos de las distintas facciones de la oligarquía hondureña son similares, pero muy poco se puede decir de si en realidad cuentan con un proyecto político aparte de perpetuar sus privilegios en el usufructo del presupuesto estatal. El slogan “El hombre sabe para donde va”, utilizado por el actual ilegítimo presidente caído en delito contra la forma de gobierno, sólo responde a un vacío ideológico, porque lo único que mueve a la oligarquía hondureña es su pavoroso temor a la soberanía popular.

Las enormes limitaciones en su propuesta política solo se ven rellenadas con una descomunal inversión de los recursos del Estado en la construcción de vías de comunicación y en la impresentable imagen de una candidatura presidencial delictiva.

Se trata no de una política de dominación, sino del terror de una oligarquía acorralada, incapaz de conocer a su propia población e incapaz de hegemonizar sobre la base de los valores de la ideología liberal; que prefiere aferrarse a sus intereses mediante el delito y el crimen para sostener un poder que ya no reside en ninguna moralidad, sino en la vergonzosa herencia de sus antepasados oscuros, quienes vieron en la matanza y la masacre del pueblo la única manera de mantener e poder. Solo saben saquear, llenarse los bolsillos con los bienes ajenos.

En Honduras ya se comienza a experimentar un Estado monolítico de férreo control de la sociedad. El botón de muestra del experimento imperial para poner freno a los genuinos procesos de reivindicación política de los pueblos de América.


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Fanny Nushka Moreaux

Nació en 1983 en Lille, Francia. Vive en Marsella, en el sur de Francia. Es pintora figurativa. Es autodidacta y se dedica al arte a tiempo completo.


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jueves, 12 de octubre de 2017

LA RÉMORA COLONIAL







Pueblo lenca de Honduras de pie defendiendo su patrimonio ancestral






Por Jorge Martínez Mejía



Hacia donde sea que miremos, hacia la calle, los parques, los pasajes del barrio o los callejones empedrados, los altos edificios o las covachas de los cerros, los puentes sobre los pútridos ríos o las escaleras eléctricas de los centros comerciales; las escenas bucólicas en un caserío o una movilización social en la capital; en fin, donde sea que pongamos nuestros ojos, siempre será una mirada construida con la trama cultural dominante. Nuestra mirada no se ha construido en diez, veinte o cincuenta años. Aún en las aulas universitarias cuando discutimos sobre nuestro entorno social inmediato, los insumos de dichas discusiones tienen la misma procedencia, el mismo poder sostiene los puntos de vista, la misma colonialidad del saber: el eurocentrismo y su dualismo. Un único punto de vista y una visión del mundo reconocida como válida, universal, legitimada y avalada por el Estado a través del Programa Académico. El eurocentrismo implica que el “verdadero” conocimiento es generado por la sociedad occidental.

Esta mirada eurocéntrica se sostiene en un dualismo que clasifica lo humano y sus organizaciones sociales en dicotomías jerárquicas como: occidental-no occidental, desarrollo-subdesarrollo, moderno-atrasado, hombre-mujer, blanco-negro, entre otros, siendo superior lo occidental(izado).

En la escuela primaria y secundaria se nos enseña, en historia de Honduras, que la colonia es una etapa de nuestra historia superada por la independencia. Pero la colonialidad no tiene que ver con formalidades, si bien estas formalidades pueden constituir evidencias históricas. La colonialidad es un proceso de dominación que se transmite y prolonga mediante distintos dispositivos culturales. La colonialidad inicialmente se impuso para sentar las bases del capitalismo, para la reproducción del capital. En Honduras, nuestra sociedad ha sido empujada hacia una modernidad adecuada a los intereses de los mismos actores imperiales, por los mismos factores externos que originaron la colonialidad. Hay contenidos y reglas impuestas desde afuera que continúan sostenidos en los mismos principios y conceptos imperiales. A pesar de la formalidad de la independencia, la colonialidad continuó.

El colonialismo se mantiene vigente en pleno siglo XXI, más en nuestro país, donde el poder y el dominio de la soberanía del Estado se ha mantenido inamovible en manos de los herederos de la colonia, no se ha movido un ápice en el reconocimiento de los pueblos originarios que se enfrentaron a los conquistadores españoles del siglo XVI, y sus líderes son perseguidos, encarcelados y asesinados desde las estructuras de seguridad del Estado.

En general, el Estado nación como rasgo de la colonialidad se ha reforzado en los últimos años, especialmente en lo que respecta al cierre de fronteras a los migrantes; y la globalidad imperial del capital se ha incrementado rompiendo las fronteras de los países de la periferia. En Honduras se observa esta dinámica en más libertades para la circulación del capital extranjero, expresa ahora en un extractivismo exacerbado; y mayor restricción de las libertades ciudadanas alcanzadas en las reformas liberales, además de una represión abiertamente racista.

Esas son las líneas más visibles de la colonialidad actual.

Las ciencias sociales reproducen esa estructura fabricante de imágenes de nuestra realidad específica con el mismo modelo eurocéntrico. Una fábrica que parece congelada en el tiempo donde Marx y Gramsci se siguen sirviendo en novedosos envases y donde no solo escasea el uso de la filosofía de la liberación de Enrique Dussel y la pedagogía de la liberación de Pablo Freire, sustantivos pensadores latinoamericanos, sino que la visión de nuestros propios pueblos ha sido desterrada de por vida. A pesar de las revoluciones sandinista, zapatista y bolivariana, es decir, a pesar de tres décadas de revoluciones latinoamericanas, la visión dominante en nuestro país sigue centrada en Europa y Estados Unidos, porque el dominio poscolonial sigue parapetado en dispositivos clave como las instituciones del Estado, la universidad, los partidos políticos y las organizaciones civiles.

Arrancar la rémora colonial, a pesar de los esfuerzos de los pueblos que se debaten en abierta pelea por la construcción de un nuevo Estado decolonizado y pluricultural, llevará bastante tiempo, pero es imprescindible comenzar al menos por arrancar de nosotros mismos el arraigado egoísmo sembrado en nuestras tierras y nuestras conciencias por los conquistadores. 

Quedarnos de brazos cruzados viendo como los herederos de la colonia se blindan en el poder del Estado de nuestro país, como si no pasara nada, es una obscenidad de cara a los pueblos originarios, una vergüenza imperecedera en el tiempo. Mucho mayor desconocer la lucha abierta y frontal de nuestros pueblos en la defensa de sus recursos ancestrales, que van más allá de la idea de la materialidad, porque la decolonialidad no puede visualizarse en Honduras, sino a partir de la visión auténtica de los pueblos originarios. Imprescindible para la construcción de un nuevo Estado, pluricultural, nacional y soberano.















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UN VERGONZOSO ACOMODAMIENTO




Por Jorge Martínez Mejía




Para nadie es desconocido el decaimiento de los procesos de trabajo intelectual en Honduras. No me refiero al activismo literario, porque este aspecto merece una atención especial. Me refiero a la deposición de las banderas de la lucha intelectual frente a la creciente hegemonía del poder de los grupos que controlan la institucionalidad del Estado, generalmente estructurados desde la colonia y que representan lo más infame del pensamiento en Honduras, si no en Centroamérica. Grupos que controlan los recursos del Estado y los utilizan para afianzar su hegemonía en detrimento de las mayorías marginadas de su derecho soberano. En este decaimiento lo primero que se observa es una complacencia, un acomodamiento conformista que se calza a la medida de la ignorancia e inmoralidad expresa en el proceso de reelección presidencial de Juan Orlando Hernández sin ninguna acción sustantiva que exprese el malestar popular y no caiga en la triste cháchara de Twitter o el Facebook.

Quienes en la década de los ochenta levantaban las banderas de la lucha popular, en la actualidad se encuentran colocados estratégicamente en instituciones estatales o municipales que le hacen los mandados a la oligarquía terrateniente y financiera. La Universidad Nacional Autónoma de Honduras (UNAH) alberga a trabajadores intelectuales que antes expresaran vehementes discursos comprometidos, no solo con las reivindicaciones sociales sino con enfoques políticos revolucionarios de corte marxista. Ahora son peones de una institucionalidad colonial que solo sirven al interés imperialista que se proyecta y prolonga a través de dichos funcionarios otrora de pensamiento y acción revolucionaria. No vamos a someter a juicio a enclenques escritores varados en la literatura sin posibilidad de reflexionar sobre asuntos teóricos, filosóficos y políticos sobre la sociedad hondureña porque en definitiva fueron empalados desde su nacimiento en una colonialidad burguesa de estilo europeo.

La borrachera de historiadores, sociólogos, antropólogos, pedagogos, entre otros que pregonan la concientización de nuestro pueblo a partir de una visión liberal burguesa o de un marxismo ortodoxo excluyente, ha fracasado. Solo el levantamiento de los pueblos originarios y los pobladores urbanos hartos de tanta corrupción política que ha avanzado no solo hacia los liderazgos intermedios sino hasta las capas intelectuales donde se debería producir el cambio de horizonte y la producción de nuevos senderos, hará posible la revolución popular o la revuelta transformadora que pondrá fin a esta pesadilla mediante una Asamblea Nacional Constituyente Soberana.

La operación de cooptar a los intelectuales del país comenzó antes del Golpe de Estado. Ese abrazador proceso que constituye el parteaguas a través del cual nos definimos como golpistas y resistentes. La cooptación o reclutamiento de intelectuales nos permitió vernos tal cual somos. Ya no es posible volver atrás. Ahí pudimos vernos todos tomando posiciones. Pudimos ver a unos parapetarse de manera depravada del lado de la oligarquía únicamente para saciar el apetito de su mendicidad moral, y vimos la traición de poetas, narradores, teatristas, directores de teatro y de cine, pintores, historiadores, sociólogos, politólogos, pedagogos, docentes; en fin, vimos a la casta intelectual del país encogerse de hombros y arrugarse en sus puestos y levantar la anémica banderita del sálvese quien pueda, agazapados en sus puestos, humillados, ofendidos, pero conformes. 

Es imprescindible salvar a muchos trabajadores del pensamiento, auténticos hombres y mujeres de letras que prefirieron el infierno de la hambruna en la llanura antes que alquilar la moral que aún alimenta su trabajo de la palabra en la miseria. Y los vimos convertirse en auténticos resistentes creadores.

Felices han estado los nocivos de la historia, los intelectuales oportunistas, los parásitos que siempre han comido en la carroña pública, quienes ahora se han convertido en proxenetas del intelecto hondureño. Ahora se desenvuelven con petulancia oficial, entregan, supervisan y consagran los “productos culturales”; realizan festivales nacionales e internacionales para el insulso goce del momento. Promueven, distribuyen y entregan premios en nombre del estado hondureño. Uno de los muchos ejemplos es la deplorable desnutrición de la película Morazán, donde el máximo símbolo de nuestra herencia política ha sido establecido como un líder fracasado a quien la posteridad no le hace justicia.

Por otra parte, como en una especie de mercado de bagatelas, los y las poetas, teatristas y cantores, se han ido convirtiendo, poco a poco, en vendedores de una bisutería artística rayana en la nulidad, castrada, sin reflexión ni compromiso sino con un narcisismo vulgar y ofensivo. Resultado de esto es un vedetismo de carpa de feria, sin conexión con nuestro entorno ni con nuestra historia. Un lujo de mediocridad, una farsa artística de conveniencia y sobrevivencia en tiempos de miseria que solo sirve como guiño a la complacencia oligárquica.

Una visión desoladora la de nuestro país. No hay perspectiva en el plano político, porque no hay propuesta arraigada en nuestros pueblos a quienes nunca se les ha escuchado. Lejos quedó el poder ciudadano, la reivindicación del soberano, que tantas expectativas levantó en la campiña y en los fértiles valles de la costa norte, ahora sembrados de cadáveres de miles de campesinos que murieron sin ver a nuestra patria libre; lejos quedó la posibilidad de zarandear a la oligarquía más oscura, ignorante y decrépita de América.

Los turcos bribones y los traficantes de la información están haciendo su agosto en el remozamiento de la imagen de los corruptos, los maquillan y escriben una historia falsa en detrimento de millones de hondureños que esperan un nuevo comienzo. 

Cambiar de rumbo es una urgencia para el pueblo hondureño y por lo que vemos ahora, no solo hay agotamiento en las estructuras políticas, sino un vergonzoso acomodamiento de los trabajadores del pensamiento, quienes fueron cooptados porque siempre estuvieron ahí, disponibles para cumplir el papel de caballos de Troya para echar a perder cualquier posibilidad real de cambio desde el pueblo.



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