sábado, 5 de agosto de 2017

Un microrrelato de Jorge Martínez Mejía




Una colina en las afueras de Albuquerque




La colina



Por Jorge Martínez Mejía



Dejé la droga y me abandonó el sueño. Una parte mía desapareció para siempre, no volví a dormir. Me puse en tratamiento médico, pero ni con antihistamínicos ni con calmantes hipnóticos logré conciliar el sueño. Esmirriado y débil, decidí comprar un par de tenis y comencé a caminar, para cansarme. La primera vez caminé diez cuadras y regresé, sudado, pero sin sueño. La tercera vez logré salir del círculo de la ciudad y llegué a la cima de una colina. La brisa me dio suave en la cara y me quedé profundamente dormido. A las tres de la tarde, tres horas después, regresé. Me vi al espejo y vi mi cuerpo más ligero, y versátil. Me acostumbré a salir a caminar más temprano y a llegar más tarde a casa. Me duchaba, cenaba y dormía plácidamente. La colina se fue haciendo el sitio más agradable y familiar. En el camino compraba naranjas, bananos o mangos, frutas que engullía con voracidad. El sol de la tarde es el más sabroso, el de las tres treinta. Es suave, tibio y relajante. Lo tomaba hasta las cinco de la tarde. A esa hora el sol comenzaba a jugar alargando las sombras y desaparecía. Desaparecía del todo invitando para el día siguiente. Mi familia observó que estaba más moreno y relajado, franco y directo en mis expresiones. Una vez se me pegó una chica en el camino. Me preguntó hasta donde llegaba. Con alguna evasiva la alejé por temor a compartir la magia de la colina. El día siguiente llovió y no quise salir a caminar, no solo por la lluvia, sino porque temía que la chica volviera a unirse a mi caminata. El día siguiente a la lluvia volví a correr y llegué hasta la colina. La hierba estaba más verde y más suave. El sol tibio me abrigó durante más de tres horas, fue un sueño sin igual. Al despertar supe que no quería compartir el milagro de ser yo mismo con nadie.










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viernes, 4 de agosto de 2017

EL DICTADOR


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I

Cuando derribaron la puerta, el dictador seguía ahí.


II


Esa tarde se le agolparon las ideas, todas juntas: las guerras, el poder, el sobrante de los pensamientos a la deriva, el viaje en el tren, el amplio salón militar, la locura. El farfullo de tres voces entre las que no encontraba la suya. “Todo está claro”, escuchó decir. Y se sentó sobre la bacinica que recordaba como "trono".
“Si un día soñamos los tres al mismo tiempo, ¿quién despertará primero?”, escuchó que dijo alguien, y se levantó. Por las opacas ventanas comenzó a colarse un enjambre. “No estás loco”, exclamó otro, mientras intentaba arrancar un extraño insecto que deambulaba en su cabeza, pero sus manos atadas con las mangas de la camisa se lo impidieron. “La locura es lo más serio”, volvió a decir la voz, y se desplomó exhausto. Jamás había pensado tantas veces en tan poco tiempo.


III

Echado, recordó el aparatoso movimiento del Tribunal Supremo Electoral, los invitados, todos pagados, habían llegado con carácter de observadores. Las cámaras apuntaban hacia él, sentado al fondo, en un sillón similar al presidencial. Una anciana tambaleante se movía entre el gentío aglomerado contra las urnas colocadas en serie. Es una dulce viejecita, decía el presentador anónimo, detrás de la cámara.

Observó todo desde la sala dispuesta para el espectáculo y le inquirió de reojo a su asesor militar.
— ¿No es demasiada la actuación?
—No, señor presidente, sólo es efecto visual, el resultado será el mismo.
—Lamento que la legitimidad de mi gobierno descanse en una viejita —dijo, mordiendo las palabras—. En fin, las elecciones no dejan de ser incómodas.
—Los votos son sólo sentido común, presidente, no le hacen daño a nadie.
—Preservar el poder—dijo, poniéndose de pie. El cristal de la ventana retornó su imagen con el pecho lleno de flecos y charreteras.


IV


Esa noche enfermó. Se miró al espejo, molesto por no haber hecho nada memorable. Todo le resultaba falso, hasta su sonrisa en el reflejo. Frente a sus ojos, pasó su infancia llena de complacencia sin piedad, vacua y pueril.

Aquel era su destino, el odio público.

Con todo, encontró orgullo en una patria falaz. Por un momento deseó tener dieciséis años y se vio saliendo del cine con su padre, después de ver a John Wayne y la rapidez de sus pistolas. 

En la enorme sala del palacio presidencial en el que se había establecido por la fuerza, comenzó a escucharse una musiquilla chillona, disonante con los majestuosos muebles traídos de Nueva Orleáns. Aún de pie recordó que su padre le tironeó las orejas al salir. 


V


Enfermó de miedo. Volvió a pensar que no había hecho nada memorable. “El olvido es la peor mortaja”, se dijo con amargura. Recordó con lucidez la plática que tuvo con el comandante del ejército. “Un país cabe en un puño”, le escuchó decir. El dictador levantó el puño y vio cómo temblaba. Quizás, con cada estremecimiento, se le escapaba un trozo más que aquella tierra ingrata.

En el corredor retumbaron los pasos del pelotón militar que se apostaba frente a su puerta. 

“Hay patrias mejores que ésta”, se dijo. Y temblando, miró el revolver sobre la mesita de noche.







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