jueves, 12 de octubre de 2017

LA RÉMORA COLONIAL







Pueblo lenca de Honduras de pie defendiendo su patrimonio ancestral






Por Jorge Martínez Mejía



Hacia donde sea que miremos, hacia la calle, los parques, los pasajes del barrio o los callejones empedrados, los altos edificios o las covachas de los cerros, los puentes sobre los pútridos ríos o las escaleras eléctricas de los centros comerciales; las escenas bucólicas en un caserío o una movilización social en la capital; en fin, donde sea que pongamos nuestros ojos, siempre será una mirada construida con la trama cultural dominante. Nuestra mirada no se ha construido en diez, veinte o cincuenta años. Aún en las aulas universitarias cuando discutimos sobre nuestro entorno social inmediato, los insumos de dichas discusiones tienen la misma procedencia, el mismo poder sostiene los puntos de vista, la misma colonialidad del saber: el eurocentrismo y su dualismo. Un único punto de vista y una visión del mundo reconocida como válida, universal, legitimada y avalada por el Estado a través del Programa Académico. El eurocentrismo implica que el “verdadero” conocimiento es generado por la sociedad occidental.

Esta mirada eurocéntrica se sostiene en un dualismo que clasifica lo humano y sus organizaciones sociales en dicotomías jerárquicas como: occidental-no occidental, desarrollo-subdesarrollo, moderno-atrasado, hombre-mujer, blanco-negro, entre otros, siendo superior lo occidental(izado).

En la escuela primaria y secundaria se nos enseña, en historia de Honduras, que la colonia es una etapa de nuestra historia superada por la independencia. Pero la colonialidad no tiene que ver con formalidades, si bien estas formalidades pueden constituir evidencias históricas. La colonialidad es un proceso de dominación que se transmite y prolonga mediante distintos dispositivos culturales. La colonialidad inicialmente se impuso para sentar las bases del capitalismo, para la reproducción del capital. En Honduras, nuestra sociedad ha sido empujada hacia una modernidad adecuada a los intereses de los mismos actores imperiales, por los mismos factores externos que originaron la colonialidad. Hay contenidos y reglas impuestas desde afuera que continúan sostenidos en los mismos principios y conceptos imperiales. A pesar de la formalidad de la independencia, la colonialidad continuó.

El colonialismo se mantiene vigente en pleno siglo XXI, más en nuestro país, donde el poder y el dominio de la soberanía del Estado se ha mantenido inamovible en manos de los herederos de la colonia, no se ha movido un ápice en el reconocimiento de los pueblos originarios que se enfrentaron a los conquistadores españoles del siglo XVI, y sus líderes son perseguidos, encarcelados y asesinados desde las estructuras de seguridad del Estado.

En general, el Estado nación como rasgo de la colonialidad se ha reforzado en los últimos años, especialmente en lo que respecta al cierre de fronteras a los migrantes; y la globalidad imperial del capital se ha incrementado rompiendo las fronteras de los países de la periferia. En Honduras se observa esta dinámica en más libertades para la circulación del capital extranjero, expresa ahora en un extractivismo exacerbado; y mayor restricción de las libertades ciudadanas alcanzadas en las reformas liberales, además de una represión abiertamente racista.

Esas son las líneas más visibles de la colonialidad actual.

Las ciencias sociales reproducen esa estructura fabricante de imágenes de nuestra realidad específica con el mismo modelo eurocéntrico. Una fábrica que parece congelada en el tiempo donde Marx y Gramsci se siguen sirviendo en novedosos envases y donde no solo escasea el uso de la filosofía de la liberación de Enrique Dussel y la pedagogía de la liberación de Pablo Freire, sustantivos pensadores latinoamericanos, sino que la visión de nuestros propios pueblos ha sido desterrada de por vida. A pesar de las revoluciones sandinista, zapatista y bolivariana, es decir, a pesar de tres décadas de revoluciones latinoamericanas, la visión dominante en nuestro país sigue centrada en Europa y Estados Unidos, porque el dominio poscolonial sigue parapetado en dispositivos clave como las instituciones del Estado, la universidad, los partidos políticos y las organizaciones civiles.

Arrancar la rémora colonial, a pesar de los esfuerzos de los pueblos que se debaten en abierta pelea por la construcción de un nuevo Estado decolonizado y pluricultural, llevará bastante tiempo, pero es imprescindible comenzar al menos por arrancar de nosotros mismos el arraigado egoísmo sembrado en nuestras tierras y nuestras conciencias por los conquistadores. 

Quedarnos de brazos cruzados viendo como los herederos de la colonia se blindan en el poder del Estado de nuestro país, como si no pasara nada, es una obscenidad de cara a los pueblos originarios, una vergüenza imperecedera en el tiempo. Mucho mayor desconocer la lucha abierta y frontal de nuestros pueblos en la defensa de sus recursos ancestrales, que van más allá de la idea de la materialidad, porque la decolonialidad no puede visualizarse en Honduras, sino a partir de la visión auténtica de los pueblos originarios. Imprescindible para la construcción de un nuevo Estado, pluricultural, nacional y soberano.















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UN VERGONZOSO ACOMODAMIENTO




Por Jorge Martínez Mejía




Para nadie es desconocido el decaimiento de los procesos de trabajo intelectual en Honduras. No me refiero al activismo literario, porque este aspecto merece una atención especial. Me refiero a la deposición de las banderas de la lucha intelectual frente a la creciente hegemonía del poder de los grupos que controlan la institucionalidad del Estado, generalmente estructurados desde la colonia y que representan lo más infame del pensamiento en Honduras, si no en Centroamérica. Grupos que controlan los recursos del Estado y los utilizan para afianzar su hegemonía en detrimento de las mayorías marginadas de su derecho soberano. En este decaimiento lo primero que se observa es una complacencia, un acomodamiento conformista que se calza a la medida de la ignorancia e inmoralidad expresa en el proceso de reelección presidencial de Juan Orlando Hernández sin ninguna acción sustantiva que exprese el malestar popular y no caiga en la triste cháchara de Twitter o el Facebook.

Quienes en la década de los ochenta levantaban las banderas de la lucha popular, en la actualidad se encuentran colocados estratégicamente en instituciones estatales o municipales que le hacen los mandados a la oligarquía terrateniente y financiera. La Universidad Nacional Autónoma de Honduras (UNAH) alberga a trabajadores intelectuales que antes expresaran vehementes discursos comprometidos, no solo con las reivindicaciones sociales sino con enfoques políticos revolucionarios de corte marxista. Ahora son peones de una institucionalidad colonial que solo sirven al interés imperialista que se proyecta y prolonga a través de dichos funcionarios otrora de pensamiento y acción revolucionaria. No vamos a someter a juicio a enclenques escritores varados en la literatura sin posibilidad de reflexionar sobre asuntos teóricos, filosóficos y políticos sobre la sociedad hondureña porque en definitiva fueron empalados desde su nacimiento en una colonialidad burguesa de estilo europeo.

La borrachera de historiadores, sociólogos, antropólogos, pedagogos, entre otros que pregonan la concientización de nuestro pueblo a partir de una visión liberal burguesa o de un marxismo ortodoxo excluyente, ha fracasado. Solo el levantamiento de los pueblos originarios y los pobladores urbanos hartos de tanta corrupción política que ha avanzado no solo hacia los liderazgos intermedios sino hasta las capas intelectuales donde se debería producir el cambio de horizonte y la producción de nuevos senderos, hará posible la revolución popular o la revuelta transformadora que pondrá fin a esta pesadilla mediante una Asamblea Nacional Constituyente Soberana.

La operación de cooptar a los intelectuales del país comenzó antes del Golpe de Estado. Ese abrazador proceso que constituye el parteaguas a través del cual nos definimos como golpistas y resistentes. La cooptación o reclutamiento de intelectuales nos permitió vernos tal cual somos. Ya no es posible volver atrás. Ahí pudimos vernos todos tomando posiciones. Pudimos ver a unos parapetarse de manera depravada del lado de la oligarquía únicamente para saciar el apetito de su mendicidad moral, y vimos la traición de poetas, narradores, teatristas, directores de teatro y de cine, pintores, historiadores, sociólogos, politólogos, pedagogos, docentes; en fin, vimos a la casta intelectual del país encogerse de hombros y arrugarse en sus puestos y levantar la anémica banderita del sálvese quien pueda, agazapados en sus puestos, humillados, ofendidos, pero conformes. 

Es imprescindible salvar a muchos trabajadores del pensamiento, auténticos hombres y mujeres de letras que prefirieron el infierno de la hambruna en la llanura antes que alquilar la moral que aún alimenta su trabajo de la palabra en la miseria. Y los vimos convertirse en auténticos resistentes creadores.

Felices han estado los nocivos de la historia, los intelectuales oportunistas, los parásitos que siempre han comido en la carroña pública, quienes ahora se han convertido en proxenetas del intelecto hondureño. Ahora se desenvuelven con petulancia oficial, entregan, supervisan y consagran los “productos culturales”; realizan festivales nacionales e internacionales para el insulso goce del momento. Promueven, distribuyen y entregan premios en nombre del estado hondureño. Uno de los muchos ejemplos es la deplorable desnutrición de la película Morazán, donde el máximo símbolo de nuestra herencia política ha sido establecido como un líder fracasado a quien la posteridad no le hace justicia.

Por otra parte, como en una especie de mercado de bagatelas, los y las poetas, teatristas y cantores, se han ido convirtiendo, poco a poco, en vendedores de una bisutería artística rayana en la nulidad, castrada, sin reflexión ni compromiso sino con un narcisismo vulgar y ofensivo. Resultado de esto es un vedetismo de carpa de feria, sin conexión con nuestro entorno ni con nuestra historia. Un lujo de mediocridad, una farsa artística de conveniencia y sobrevivencia en tiempos de miseria que solo sirve como guiño a la complacencia oligárquica.

Una visión desoladora la de nuestro país. No hay perspectiva en el plano político, porque no hay propuesta arraigada en nuestros pueblos a quienes nunca se les ha escuchado. Lejos quedó el poder ciudadano, la reivindicación del soberano, que tantas expectativas levantó en la campiña y en los fértiles valles de la costa norte, ahora sembrados de cadáveres de miles de campesinos que murieron sin ver a nuestra patria libre; lejos quedó la posibilidad de zarandear a la oligarquía más oscura, ignorante y decrépita de América.

Los turcos bribones y los traficantes de la información están haciendo su agosto en el remozamiento de la imagen de los corruptos, los maquillan y escriben una historia falsa en detrimento de millones de hondureños que esperan un nuevo comienzo. 

Cambiar de rumbo es una urgencia para el pueblo hondureño y por lo que vemos ahora, no solo hay agotamiento en las estructuras políticas, sino un vergonzoso acomodamiento de los trabajadores del pensamiento, quienes fueron cooptados porque siempre estuvieron ahí, disponibles para cumplir el papel de caballos de Troya para echar a perder cualquier posibilidad real de cambio desde el pueblo.



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