A Juan López
En las grietas de la noche de
Tocoa,
cuando el neón parpadea sobre la palma africana,
nuestra dulce prisión,
me arropo en el murmullo de millones de grillos: no estoy solo.
La noche de Tocoa es larga.
Siempre alguien nos ataca,
al acostarnos.
En pleno sueño nos ataca.
Un televisor destartalado zumbando en la sala.
Alguien se cuela por las rendijas de la iglesia,
golpea las sábanas al acostarnos,
susurra en nuestras pesadillas.
De hombre a hombre,
bajo un foco titubeante del alumbrado público,
Carlos Escaleras me miró:
“Tocoa es una canción sin fin, una larga fosa”.
Lo sé,
porque mis pasos crujen
en el bosque de palma,
un tocadiscos rayado girando al revés.
A veinte cuadras bajo tierra,
nuestros hermanos calientan el camino.
El aire de Tocoa es un abrazo de
aire
que sopla desde Botaderos,
un ventilador antiguo que mueve
millares de hojas para calmar el incendio.
Carlos, con su voz de radio AM,
me dijo: “No te apagués”. “No estés triste”.
“Todo es esperanza”.
“La justa medida del amor es
esperar luchando”.
Todos somos hijos, padres, madres.
Yo también fui Berta, Cipriano, Lorenzo Zelaya,
fui el pez nadando en el caldo del rio Aguán,
el pan que se parte en la mesa de madera,
el maíz que chispea en el comal,
la tortilla doblada y el café caliente.
Ser hombre, padre, madre,
es encender un fósforo
en la noche de Tocoa,
ver la luz danzar
en el borde de una lata oxidada.
Solo tenemos la palabra,
el sueño
y la esperanza.
Todos, una vez, somos hijos, padre y
madre.
Ser hombre, padre y madre, es
descubrir la luz
en la noche de Tocoa.
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