Dos niños en la catedral. Imagen de Geoff Odell A Soad Nicole Tegucigalpa es vieja, viejísima, pero ella tan joven. Tegucigalpa se muere en las arrugas de sus callejuelas, pero ella sonríe con su pintalabios y su boca en sazón. Tegucigalpa apesta a pudrición hace mucho tiempo, pero ella corre con su pelo duro y suave y se detiene y abraza viejos postes de luz. Tegucigalpa tiene bigotes de piedras coloniales, antiguas y roídas uñas, porosos adobes extraídos sin permiso. Ella es estudiante. Tegucigalpa mata a su gente con sus pistoleros y sus bastardos ladrones. Ella viaja en mototaxi y come mandarinas que pela con sus manos. Tegucigalpa tiene escamas y caspa y fabrica documentos falsos para robar a los vecinos de todos los barrios. Ella se toma selfies con sus amigas de colegio y juega fútbol y corre y comparte su agua de bolsa. Tegucigalpa vende sus entrañas a ladrones de toda calaña y asesina a sus propios hijos y vende sus órganos para el escarnio público....
Escritor, poeta, especialista en literatura infantil y juvenil