ENSAYOS SOBRE EL MUNDO ES UN PUÑADO DE POLVO






Por Mario Gallardo


Un par de amigos me han preguntado por mi recuento de lecturas correspondiente al 2011, lo cierto es que lo tenía pendiente, pero poco a poco fui postergando su redacción final. Aunque quisiera tener la disciplina de Thays en tan vano oficio, al final termino fastidiado y sin ganas de postear nada. Finalmente, me decidí a sacar mi Moleskine Book Journal y este es el resultado: los veinte libros, las veinte lecturas más significativas, sobre las que vale la pena dejar constancia. Como siempre, debo aclarar que no todos fueron publicados en 2011, aunque la mayoría entran en la categoría de “novedades”.

Del lado de acá

Siguiendo la costumbre, empezaré por la producción nacional, cada vez más exigua, cada vez más aldeana, menos atrevida, debatiéndose entre el cliché retro del compromiso revolucionario y una supuesta experimentación posmoderna (vaya engendro). Sin embargo, se rescatan trabajos significativos en narrativa, como El mundo es un puñado de polvo, la novela de Jorge Martínez que tiene como eje más evidente el tema de las maras, aunque encuentra su definición en las historias de vida de los presuntos implicados, más allá de los lugares comunes y la jerga de los “expertos en seguridad”. Pero el hallazgo más notable es a nivel lingüístico; poeta al fin, Martínez logra, a través de un paulatino proceso de extrañamiento, ennoblecer la escabrosa materia prima con la que ha escogido trabajar. (...)




EL MUNDO ES UN PUÑADO DE POLVO




Por Anarella Vélez



Jorge Martínez Mejía, poeta y promotor cultural, nos sorprende nuevamente con la publicación de su primera novela El mundo es un puñado de polvo. El narrador desarrolla su obra moviéndose entre las grandes corrientes de la literatura realista, social urbana y el realismo sucio, consiguiendo retratar, sin concesiones, el fenómeno de las pandillas y las maras en Honduras.

La opción estética de Martínez Mejía para desarrollar su propuesta narrativa le permitió abordar la marginalidad social, la fatalidad, las vidas que se viven fuera del sistema. Personajes desintegrados socialmente pero con un sentido de pertenencia al grupo del que forman parte y con el que se identifican hasta la muerte. 

Relato ético-estético en el que los elementos se configuran con la única ética posible, aquella de quiénes han sido degradados por la sociedad (En La caída: “Vos te apartás del presupuesto nacional, te hacés a un lado, pero siempre te tragan, sos un delicado bocadillo rosa, una minúscula campana avivando la fiesta, un polvillo suave y negro cayendo en la mesa blanca del canciller que navega en la nube de la fraternité. ”). 

En esta narrativa los elementos van configurándose como en la realidad misma, aparentemente inconexa, artificialmente caótica. Ahí se va hilando finamente el mundo devastado y hostil en el que viven los jóvenes que se agregan a las maras. Quedan retratadas las raíces rurales de muchos de sus integrantes (Mamombella, el origen del Payaso) los profundos lazos con las madres y las abuelas, pues en esas relaciones signadas por el patriarcado, el padre está ausente. 

El Payaso nos relata, en primera persona, sus recuerdos infantiles y adolescentes. Sus relaciones familiares y el modo en que estas le signan. De su padre tiene presente cómo le surgió el odio por el abandono y a quien culpa por la enfermedad y muerte de su madre. Él es el artífice de las desgracias de su única y verdadera familia, su madre y su abuela. 

Sin duda Martínez logra recrear los imaginarios de las/os jóvenes que habitan los barrios marginales, óptimo caldo de cultivo para la conformación de las maras y pandillas. La mayoría de sus miembras/os provienen de ese medio natural, del ámbito rural, con una geografía sin fronteras, de calmados contrastes, en el que imperan tradiciones y estructuras sociales más sólidas y en el que los cambios no son rápidos ni profundos y en donde los valores permanecen inmutables. 

Las dificultades del transito del campo a la ciudad está narrado sin artificios, con ternura y poesía. Pone en el escenario las inciertas estructuras urbanas, sus discontinuidades, el nuevo espacio arquitectónico que impone conductas antes desconocidas y que reproducen la alteración en las relaciones interpersonales y con el nuevo medio ambiente. Estímulos nuevos que le imponen un dinamismo diferente a la vida. 

Poco a poco van apareciendo nuevos personajes con una visión diferente del mundo, en el espacio urbano cambia su destino y se enfrenta permanentemente a la aventura. Sin aquiescencias de ninguna índole aborda las asperezas de la vida, ante la violencia desatada en el ambiente cotidiano de las maras. 

La particular atención del autor a la marginación de los empobrecidos, el abuso de poder, las diferencias de clase, y la injusticia le dan fuerza al relato. Ante cada nuevo capítulo nos ataca la incertidumbre, la inevitable sensación de estar de cara a una aventura. Sin duda el lector se encuentra ante una de las novelas de carácter social mejor logradas, tanto por su técnica como por el tratamiento del tiempo y sus intenciones. Enhorabuena Jorge Martínez Mejía, buenos tiempos para la creación en nuestra Hibueras








LA TERNURA DEL HORROR EN EL MUNDO ES UN PUÑADO DE POLVO










Por Jéssica Sánchez




Todo mundo tiene derecho a reinventarse, a construirnos una imagen que combine aquello que deseamos ser, con lo que somos, una aleación de realidad y utopía. Sin embargo, en esta vida, mucho más en estos aciagos tiempos de violencia y muerte, es difícil lograrlo. Esta búsqueda es en parte lo que buscamos aquellos que estamos vinculados al arte o en este caso a las letras. Eso es lo que Jorge Martínez Mejía en primera instancia nos presenta en este libro de la Editorial Grado Cero: El mundo es un puñado de polvo.

La novela inicia con un prólogo escrito por Sonofelet Bergua de la Vega que no tiene nada que envidiar a los exhaustivos prefacios con que nos deleitan académicos noveles o experimentados nacionales o extranjeros sobre un determinado libro que se ha convertido, claro está, en un requisito necesario para validar desde afuera lo que no vemos desde adentro: nuestra propia palabra. Es así como Jorge irrumpe en el escenario de la novela hondureña, con la ironía y el sarcasmo de una generación de escritores y artistas oriundos de la costa norte del país, que trasgreden incluso el acto de nombrarse a sí mismos.

Esta novela dividida en tres capítulos descendentes: El payaso, El rana y Junior nos lanza a un abismo donde la vida y la muerte se convierten en los ejes centrales y antagónicos que vibran en las voces de sus personajes, chicos del barrio, chicos del pueblo venidos al barrio, chicos migrantes, niños con vida de hombres.
Quiero decir que esta novela es un gesto de ternura, de ternura propia y ajena. Una ternura con la que el autor logra envolvernos aún desde el horror que nos produce la lectura de los textos. Porque es un horror cercano, el del barrio, el del vecino, el que vive a nuestro lado aunque finjamos no darnos cuenta. Contar, narrar esa realidad sin excesivo dramatismo, pero partiendo de voces desgarradas con las que nos identificamos, es en sí un logro. Tal vez por eso se lee de un tirón porque la muerte no logra arrebatar la presencia de la vitalidad de sus personajes, de su contexto y de su lucha por la vida. La oscuridad manifiesta en los relatos que conforman este libro esconde un halo de luz en las palabras, ejercicio literario donde confluyen estética y realidad.

Desde la voz de los personajes, miembros de maras los unos, abuelas, hermanas y madres las otras, la propia muerte se presenta en los recuerdos de las mujeres que tratan inútilmente de levantar y defender la vida de esos hombres que dependen de ellas. Los padres ausentes o retratados como machos violentos son parte del engranaje de estas historias. Las madres que luchan por la vida, solas y los hombres que huyen de ellas, como si nada.

Estos relatos son un grito marginal y potente. Relatos salidos de las calles, en ámbitos netamente urbanos, que sin embargo arrastran las raíces de la ruralidad. Es decir, complejos retratos que muestran un mundo globalizado y por ende muy humano, lleno de violencia y muerte, como en el texto El Lenquita:

“Sus gritos se perdieron en medio de un reggaetón que salía por las persianas de la casa de al lado, y se elevaba alto, alto, muy alto, llevándose los gritos de El Lenquita, que lloraba mirándose la herida del estomago y su mano destrozada, Mamaíta, perdón, mamaíta. Yo perdí la llave y me voy…!Ayyyy, mamaíta! ¡hijos de puta, animales, me hicieron mierda, mamaíta!” 

Estos son pues, los relatos del migrante que traspasa las fronteras de su propio mundo hacia ese otro en el que se ve arrojado de repente. Cantinas, hoteluchos, prostitutas y borrachos conforman el escenario que se abre ante los ojos de estos hombres. Las maras como expresión de esa cultura, la expresión violenta del pobrerío, quizás la única forma de rebeldía con la que se enfrenta a una sociedad enferma y demandante. La hoja roja, el recuerdo de la madre, infaltable y vital ante la mortalidad violenta:

“Mi madre me dolía para siempre, desde antes de averiguar que era el dolor que sentía. Yo adoraba a mi madre enferma, aunque su pelo ya no era el mismo, ni sus dedos tenían la elegancia de antes. Para mí, mi madre era un amor doloroso que no cesaba de aguijonearme, cada día, reclamándome”.

Esos barrios sampedranos donde el contacto con las maras es cotidiano y real, presente. Esos barrios donde tuve el privilegio de vivir y sobrevivir, donde también Jorge vivió, ese barrio Cabañas, tan profundamente nuestro, tan lleno de horror y de ternura, donde la bala, la puñalada, el chimbazo eran tan ciertos como el desayuno o la cena. Las peleas entre maras que no nos eran entonces, desconocidas:

“Los barrio pobre se fueron haciendo a un lado mientras cruzaban los brazos y mostraban las enormes letras que los identificaban. Hacían una b y una p con los dedos y gritaban ¡Mueran mierdas secas!, Hoy es el día”. 

Otro elemento de esa cotidianeidad, son las experiencias de abuso y violencia sexual como parte del deber ser en las maras, como lo muestra el texto El Sapito. Las iniciaciones la golpiza, el consumo de drogas, las actividades delictivas, la relación con las madres forman parte de esta “familia” de esta colectividad que retrata Jorge en su libro.

La mirada de esas mujeres que los acompañan en los márgenes de la miseria no deja de ser fuerza en medio del duelo y la tristeza cercana. Impotentes ven como la tierra se une y el cielo cae sobre ellas, rumiando la futilidad de la vida:

“Nadie reparaba en el ahora, nadie lo miraba caer al precipicio horizontal de la calle, nadie miraba a su abuela introduciendo su mano en una olla abollada, raspando la miseria, ni colocar el florero viejo con sus flores artificiales, ni su cansancio, ni su angustia, ni su corazón sobresaltado pensando en el nieto ya hecho un hombre y destinado a la muerte. La abuela sentada en la cama vieja, en la misma cama que muriera su hija, mirando el retrato del nieto que estaba a punto de ser empujado por el viento”.

La novela se convierte en un texto donde el horror consigue escandalizarnos de tan normal que resulta. Es, más allá de un texto literario sobre las maras en Honduras, una radiografía literaria de nuestra sociedad, de lo que somos y como vivimos. A diario vemos noticias donde cuerpos de jóvenes hombres y mujeres son encontrados asesinados y esta realidad no consigue asombrarnos lo suficiente. Lo tomamos como parte del cuerpo de este gran pueblo donde vivimos, de todos los pueblos de Centroamérica.

A pesar de todo, ellos, ellas, los integrantes de las maras y quienes viven y respiran alrededor de esta comuna, logran sobrevivir desde esta ternura que vemos reflejada en el libro, que en suma habla de esa otra vida que a veces pretendemos ignorar. Jorge ha conseguido hacernos parte de esta colectividad desgarradora, de este grito humano que palpita, persistente entre nosotros. 


Tegucigalpa, Octubre de 2011



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Jéssica Sánchez (Lima, Perú, 1974) Nacionalidad hondureña/ peruana. Licenciada en Letras, con una maestría en Estudios de Género. Ha trabajado con organizaciones de mujeres y ha realizado investigaciones para organismos internacionales como la OIT y el BID.

Medalla de plata en los Juegos Florales de Santa Rosa de Copán, 2002. Es miembro de la Red de escritoras latinoamericanas. Ha trabajado en producción y distribución de la revista Letras de la UNAH- VS, (1995-2001). Coordinadora del Consejo Editorial “Capiro” (2000-2002). Diseño y montaje de la campaña radial sobre Derechos Humanos de las Mujeres en Honduras (1996-1999). Tiene algunos trabajos publicados en: Antología de poemas. Mujeres poetas en el país de las nubes. México D.F. (2001-2003). Coproductora de La llorona: Agenda de mujeres hondureñas (1995). Ha publicado trabajos en Ciencias Sociales. Compiló la Antología de cuentistas hondureñas (Letra Negra, 2005). Acaba de publicar su libro de relatos Infinito cercano (2011).










EL MUNDO ES UN PUÑADO DE POLVO, UNAS PALABRAS








Por Omar Pinto



En los últimos tiempos, compitiendo con los medios audiovisuales de comunicación masiva, la literatura ha intentado con variadas estrategias ampliar su radio de acción para alcanzar un destinatario cultural evasivo y escéptico.
Los cambios más notorios del discurso literario se verifican, por una parte, en el nivel compositivo, con la incorporación de una serie de procedimientos que vinculan la literatura a formas provenientes de campos culturales afines. Así, por ejemplo, la vigorización de los rasgos como el humor, la parodia o la ironía, el uso creciente de recursos cinematográficos o elementos tomados del canto popular o el folclore, los aportes de la antropología y, en general, de las ciencias sociales, la apelación a las técnicas del collage, el folletín y la novela detectivesca, son algunas de las vertientes que integran hoy en día el repertorio cada vez más diversificado de la literatura de América Latina.

Pero el discurso literario responde asimismo, concomitantemente, a requerimientos que se sitúan en el nivel de las necesidades expresivas de los diversos sectores que componen la sociedad civil. En este sentido la literatura ha recogido el impacto de una serie de hechos que afectan la dinámica social o resiste el autoritarismo produciendo, a nivel literario, formas representativas de la lucha popular que reavivan modalidades tales como la crónica, el diario, la biografía, etc.

Por otro lado, minorías sexuales, ideológicas o raciales penetran a su vez los modelos institucionalizados de representación literaria, incorporando perspectivas y modalidades expresivas que dan lugar a un discurso transgresivo e innovador que desafía las formas canónicas y muchos de los supuestos ideológicos de la novela burguesa, romántica o realista.

En otras palabras, los cambios del nivel literario responden aunque, no mecánicamente a la activación de sectores sociales tradicionalmente marginados de los centros de poder y apenas participativos, en muchos casos, en los procesos de decisión política y cultural. La presencia social y la concomitante definición de su perfil ideológico en relación a las demás fuerzas sociales impulsa el proceso de apropiación y difusión cultural que tradicionalmente sirvieron como reproductores de valores hegemónicos y fueron considerados privativos de ”la alta cultura”. Los modelos de la lírica, el drama y la narrativa burguesa se hacen así, en muchos casos, portavoces de un discurso reivindicativo, documentalista, “artesanal”, a través del cual se identifica un determinado agente social, se exhibe una problemática específica, se canalizan reclamos, frustraciones y expectativas, articulando de una manera nueva ficción e historia, imaginación y verdad.

De este modo, la literatura ha visto estallar sus fronteras genéricas y las restricciones canónicas han ido cediendo para dar cabida a una producción que ha desafiado una y otra vez, las clasificaciones existentes, Sin que esto implique un juicio definitivo sobre los grados y efectos reales de este proceso que algunos califican como de democratización cultural. Puede afirmarse que los cambios operados han logrado por lo menos proponer un cuerpo heterodoxo alternativo con respecto al constituido por los grandes nombres de nuestra historiografía literaria, dejando en evidencia los criterios excluyentes de selección y clasificación en que se han basado tradicionalmente esas historias, repertorios del gusto dominante de nuestras burguesías ilustradas.

La producción actual, después del golpe de junio de dos mil nueve, incorpora voces problemáticas y estructuras textuales que exigen aproximaciones críticas amplias e innovadoras. Nos enfrenta, en definitiva, a un problema de conocimiento que pone en suspenso categorías epistemiológicas, surgidas dentro del marco de la historiografía liberal y consagradas disciplinariamente junto a los materiales que constituían su objeto de estudio, por el positivismo.

“El mundo es un puñado de polvo” es una forma de producción literaria que se define por la fuente referencial del discurso poético. El texto crea una narrativa que interioriza al lector de los pormenores de una intrahistoria en la que se interrelacionan “vidas mínimas” en acciones que confluyen y se entrelazan hasta dar lugar a hechos significativos de trascendencia colectiva. En este libro, Jorge Martínez Mejía, con técnica novelística, proporciona al lector una visión íntima de lo visto, oído y estudiado, donde los aspectos más sutiles y valiosos de las relaciones, en este caso, interpersonales, familiares, se ponen al descubierto.

El libro de Martínez no apela a la representatividad de un sujeto que confirme, con las particularidades de una historia previsible, una experiencia colectiva ya normativizada. Busca más bien, llenar los vacíos de conocimiento histórico y antropológico de un sector de la sociedad hondureña que combina excepcionalmente diversas líneas de un protagonismo social que permite demostrar algunas claves desde una privilegiada perspectiva de actor legítimo
El modelo discursivo confesional aparece redimensionado, donde la narración en primera persona busca transmitir un efecto de inmediatismo que aumenta la verosimilitud. De hecho, Martínez indica que su objetivo es la transmisión no la “poiesis”. Es obvio, sin embargo, que la misma factura del texto dramatiza (camufla y manipula) la presencia autoral, creando una multifacética (literaria) simbiosis entre informante y entrevistados.

“El mundo es un puñado de polvo”, es una historia que involucra, hace visibles y les confiere un significado preciso a las pandillas, para desde ellos y a través de ellos, comenzar un principio de orientación en el horizonte. Un libro articulado en torno a tres ejes fundamentales:
Un narrador en primera persona, es decir, un narrador testigo.

Un narrador testigo protagonista también de la historia narrada.
Una historia narrada cuya función consiste en desplegar ante el lector determinadas formas de vida social y cultural definidas como prácticas de vida cotidiana y en una dimensión principal, por el modo específico de su inserción de poder dominante en la sociedad de que se trata.
La textualidad del libro de Martínez identifica, como se ve, el género discursivo del relato que el lector se prepara a leer: donde alguien con sus propias palabras (y sobre la base de sus propias experiencias o investigaciones), hace el relato y el retrato de una vida que no es la suya sino la de otro.

Sin duda alguna, el relato de Martínez es de origen oral y, además, es un relato “editado” por otro (como los son casi todos los que han ido construyendo el cuerpo de la narración testimonial de Latino América). Este libro invita al lector a leer como testimonio no solo la palabra dicha (su forma, su contenido) sino también la identidad de quien la dice y, justamente la palabra que se nos dirige desde las páginas del mismo ofrece un narrador personaje y una narración que por sí mismas, por su propia forma o modo de presentarse instalan el paisaje de una ruina generalizada, ruina del sujeto, ruina del sistema cruel de la sociedad en que vivimos. Pero esta ruina no se cierra sobre sí misma, sigue siendo: desde su paisaje textual roto y desolado, por entre restos y fragmentos o a través de los intersticios, se abren a su lectura ricas figuras de sentido que no son sino figuras de una verdad de gran calidad iluminadora desde el punto de vista del saber sobre el mundo cultural y cotidiano moderno que habitamos; ellas le permiten al lector acceder a una imagen desgarradora del estado actual de la literatura moderna entendida como escritura de la lucidez del deseo utópico.

Los sujetos que Martínez enuncia presentan un rasgo esencial de identidad que lo pone en una relación de singularidad absoluta, y de ruptura total con los sujetos de los otros libros que tímidamente hablan de ello: se trata de un marero el que enuncia, sin embargo, comparte con otros rasgos de identidad social y alguna condiciones de enunciación. Es, por lo tanto, un excluido, un exclusión que comienza por darse bajo la forma de una marginalidad y de pobreza extrema: vive en las afueras, en los “bordos”, cinturones de miseria, habitando espacios imposibles de llamar casas, con su abuela, casi al aire libre, con utensilios básicos.

Desde el punto de vista del habla, un delirio el de Jorge Martínez a nivel sintagmático: las palabras elegidas son correctas en sí mismas, como formas léxicas, pero las combina de acuerdo a un código a primera vista “salvaje”, una frontera en vacíos planos, entre ellos el plano del relato, la continuidad temporal da paso a la fragmentación y a la espacialidad de la vida cotidiana regida por la racionalidad burguesa, por la lógica de la mercancía.

Leer, pues, “El mundo es un puñado de polvo”, puesto en circulación como libro literario por un autor de literatura, y destinado a receptores de literatura, y hacer la lectura en un momento de la historia de la modernidad como el nuestro, es tener, como lectores, el privilegio de participar en el despliegue inducido de una figura más de la verdad: la de que la auténtica literatura, hoy acosada por la seducción ya casi pornográfica del best seller, de la estética de la mercancía, es la que asume en plenitud la lengua del vulgo, y que este vulgo tal vez sea no sólo el único lenguaje verdadero, sino, por eso mismo, el lugar desde donde podemos empezar a articular una nueva verdad, la de otros relaciones humanas y sociales, una que rompa la lógica de la mercancía, de la racionalización de la vida cotidiana, de la estética disolvente (en términos éticos) del puro espectáculo.

Como forma híbrida, encabalgada entre historia y literatura, entre realidad e imaginación, “ El mundo es un puñado de polvo”, como testimonio, guarda un margen importante para la intervención del escritor, ese tercero incluido entre lector y personaje que es al mismo tiempo narrador primario, actor parcial, testigo de parte. Este libro testimonial, es pues, resultado de sucesivas reelaboraciones superpuestas en las que las subjetividades de autor y personajes se confunden como en ningún otro subgénero de la narrativa.


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Omar Pinto, nació en Trujillo, Colón el 29 de junio de 1952. Hijo de Alma Ordóñez y Armando Pinto, ya fallecidos. Estudió Literatura en La UNAH-VS. Su dedicación es el dibujo crítico y político y atender la Librería Caminante en la ciudad de San Pedro Sula.