®LAS CAUSAS PERDIDAS





















































































LAS CAUSAS PERDIDAS




















































LAS CAUSAS PERDIDAS

Jorge Martínez








































Así debe morir, no importa el bodrio que salga

                                                                               

PRÓLOGO A LAS CAUSAS PERDIDAS
                                                                               


 Por Luis Enrique Pérez




La manera que Jorge Martínez Mejía escogió para morir fue asesinando a la poesía, la forma más absurda de suicidio conocida. Venía de la cotidiana decepción de todos, la del desengaño de los falsos amores, condición previa en que se pierde la cordura, es decir,  la locura. Tenía la trompa clavada en la almohada azul. La destartalada habitación del tercer piso de un viejo edificio de San Pedro Sula contaba apenas con una cama y un reguero de trapos sucios. La noche anterior había tratado de devorarse instintivamente todas las cervezas que pudo comprar en el estanco de la Sexta Avenida. Se había aprovisionado de barbitúricos por si le daba la gana de salir a buscar a la maldita perra, a Trilce. Esa noche me lo encontré en la cantina de doña Meches con la mirada hundida en el charco de la mesa. “Son una mierda”, me dijo, “las mujeres son una mierda. Una causa perdida como la poesía. Usted y yo tenemos el maldito destino de morir como los imbéciles poetas que todavía creen en el amor”. “La poesía es una puta”, sentenció. Y volvió la mirada hacia el mostrador en el que dos mujeres regordetas se besaban sin misericordia.

Con Jorge aprendimos a sobrellevar la miseria del triste salario de la Oficina de Cultura. Nuestra miseria se enriquecía en el desastre de nuestra literatura. “No sólo la literatura es una mierda”, decía, “…ni se trata de la pinche miseria de no tener qué comer. Se trata de todo. Todo está podrido. La literatura apenas es una hoja muerta; una triste y decrépita metáfora”.

Entonces nos enfrascábamos en reflexiones sobre el cambio en la literatura. Jorge Martínez había publicado un único libro de poesía, Papiro, del que se alababa la pulcritud, el cuidado en el manejo del lenguaje, la novedad, la fina escogencia del material; en fin, su auténtico oficio de poeta. Ese era el punto central de nuestras conversaciones. ¿Cómo, un poema, siendo bueno, era una mierda? Nuestras lecturas de los poetas malditos alimentaban de alguna manera la controversia. Sin embargo, el asunto no se ubicaba en la filiación canónica, era una reflexión que apuntaba a otro lugar. Nos identificaba, en ese entonces, la decepción amorosa, el derrumbamiento de ciertos modelos de comodidad humana que, finalmente, confluían en nuestro quehacer literario, esto es, en el poema.

Nos fuimos esa tarde a echarnos unos tragos al bar de Lipa, pero antes tuvimos que cruzar por todos los antros de la ciudad hasta que dieran las tres de la mañana, hora en que Lipa abría su bar para los elegidos. Jorge no acostumbraba andar cargando sus poemas, casi nunca se le vio con una carpeta de poemas para mostrárselos a nadie. Pero esa tarde cargaba un cartapacio gris…

“Estos hijos de puta pretenden ser poetas”, me dijo como tres semanas antes… “No saben la poesía, no la sienten, son mecánicos de la palabra”. Entonces entendí que Jorge se refería a sí mismo, es decir, a cierta manera en la construcción…Dos días antes de nuestra salida por los bares yo me sentía, como es mi costumbre, pésimamente mal, no encontraba mi centro. Había escrito durante tres días consecutivos en mi proyecto “Habitaciones sordas”, como un desquiciado -Escribía en letra punto 5, color morado, en un papel amarillo- Nos encontramos en el bar de Pedroza. Jorge llegó ya tocado. Cuando lo vi, me levanté y le indiqué donde estaba sentado. Se sentó y llamó a Pedroza indicándole que nos trajera otras cervezas. Yo guardaba mis poemas en la mochila y tenía intención de leerlos. No sé cómo lo supo y me dijo “traiga esas mierdas que anda escribiendo…” “Estamos hechos verga…Lo único que nos puede salvar es ponernos a verga y escribir como hombres”.  Le lancé los textos y estuvo leyendo atento… “Hay algo de Kafka en esto” dijo, fue cuando lanzó por primera vez que estaba escribiendo Las causas perdidas.  “He buscado a Trilce” dijo. “Es una causa perdida”. 

Esa noche donde Meches creo que ya había escrito algunos poemas. Los tres primeros: Desnuda otra vez, Persiana gris y Te lo digo trigo. Tres textos que muestran momentos cruciales en su interior descritos de manera magistral, desde su visión mítica de la asunción y caída de Trilce, hasta la visualización de sí mismo en un cuchitril simbólico de la muerte. Jorge Martínez en su amorío original con la poesía produjo una imagen de la poesía como una mujer perfecta y amorosa. En su desamor, en su decepción esta imagen dio paso a una inversión, es decir, a la necesidad de aniquilar a la poesía como causa perdida. De ahí que posteriormente su desamor sea radical.

“Todo lo que poéticamente se diga tiene el sabor de la muerte”, me dijo esa noche. Yo me hubiera solazado en esa expresión como construcción poética, pero yo también sentía lo mismo. La poesía definitivamente era una puta condenada a muerte por los poetas más enamorados.

Luego vinieron los otros poemas: Un zapatazo en el pecho, Sólo es alta mi voz, no la poesía, Y todavía desnuda…Poemas en los que fácilmente se puede confundir esa relación despeñada con la poesía y con el amor de la mujer amada y perdida.

Pero todavía se trataba de una descripción subjetiva del dolor, del desamor con la amada, con la poesía. Yo mismo me sentí confundido esa noche que abrió su cartapacio gris para leerme algunos poemas…Me había encerrado en mi sorda habitación con Leopoldo María Panero, con Alejandra Pizarnik, con Beckett, con George Trakl, con Costafreda, con la infinita sordera de la música de la vida.  Jorge andaba en iguales pasos, nos encontrábamos en los mismos sitios. Jorge se sorprendía de que hubieran poetas verdaderamente locos y experimentaba su propia locura de una manera estoica…de día era un individuo trabajador, constante… leía tranquilamente las nuevas adquisiciones de Roberto Bolaño, del mismo Leopoldo Panero, de Papasquiaro, de Nicanor Parra, pero de noche se soltaba con enormes ingestas de ron y cerveza…la mujer, la maldita mujer perdida, me decía. Yo andaba en mis propios caminos, perdido en el desamor de Laura.

Por esos días había una pasmosa tranquilidad en el ambiente, pero cada día de nuestros encuentros con Mario Gallardo, dentro o fuera de las oficinas de Cultura algo se empezaba a dibujar como un rechazo a la vida literaria, un interés en la burla, un afán por encontrar la alegría. Todo se mostraba anticuado y era preciso romper las aristas de la vida. “Muerte a la belleza”, dijo cuando iba entrando a la oficina, “Muerte a la puta poética y su metarrelato de jirafas”…Mario aún no había llegado, eran las 8:30 a.m., Jorge se había venido a pie desde la FESITRANH, había caminado tres horas a lo largo de los ocho kilómetros de radio de la ciudad. “Vengo hecho una mierda”, me dijo… “Osito apenas tiene qué comer y yo ando peor desde hace tres días…”

“¿Muerte a la puta poética!”, gritó donde Lipa esa noche…Todo había vuelto a nacer desde entonces, nada se podía sostener en pie ya, todo se mostraba envejecido, anticuado…era preciso volver a armar las piezas de la vida.

“Papiro es la peor mierda que he escrito”, me dijo, “Pura metáfora, pura intención de magos mojigatos, pura culerada de poetas filenos…”
 En verdad empezaba a escribir, no había avanzado mucho, sin embargo, las reflexiones cada vez nos llevaban a construir un discurso que hacía mucho tiempo había escrito Roland Barthes en El Grado Cero de la Escritura. Cuando terminamos de releer el texto que Mario Gallardo nos había dado en la clase de Semiótica Literaria caímos en la cuenta de que nada tenía sentido si no volvíamos a empezar desde cero…Días después Jorge llegó con el Primer Manifiesto de los Poetas del Grado Cero, una carcajada heroica, la primera y verdadera carcajada literaria en la literatura hondureña de los últimos años. Esta mierda es para que la mejoremos, dijo…y nos dispusimos todos a escribir nuestros párrafos…

Jorge nos dio un aliento con sus Causas  Perdidas, nos alimentó con nuestra propia historia y concluyó el ciclo que sabíamos perdido. Las Causas Perdidas no se trata de una proeza literaria, se trata de nuestra propia confesión, constituye nuestra alegría vital, nuestro asco hacia una retórica literaria obsoleta; el reconocimiento y asistencia a nuestro propio sepulcro.

Hubo unos que se estremecieron sin comprender la dimensión de su franqueza, de su “jalón de orejas”. Recuerdo que una vez, su hermano Luis llegó a la oficina expresamente para decirle “Jorge, evite eso, lo que está haciendo es destruir su propia imagen como escritor”. “A mí me vale verga mi imagen de escritor, Luis, me vale verga la poesía”. 

Había en el medio un absurdo terror a la risa, a la franca burla de la perorata poética. Jorge no tenía límite ya, su franqueza lo había expuesto en cada poema que conocíamos. Era su vida expuesta de la manera más clara, era un impulso a considerar que nuestra vida es literaria, que nuestro mundo está ceñido por las letras. Los que estábamos cerca entendimos que nuestro mundo es el que construye nuestro discurso. Ese es su aporte a las letras hondureñas.

Ya antes, Mario Gallardo había escrito Las virtudes de Onán, texto odiado por la mojigatería y aplaudido por los díscolos constructores de la nueva literatura hondureña. Todos nuestros poemas envejecieron de pronto. Todos queríamos remozar nuestro arsenal y no había tiempo qué perder. Las antiguallas se mostraban a cada paso. De pronto la literatura mostró su lado senil, su postrera forma de moribunda sin entierro. No se trataba de la literatura en verdad, se trataba de la vida. Esa mañana fuimos a inaugurar una Casa de la Cultura en Pinalejo. Las autoridades militares, civiles, las groserías del “arte popular”, las decadentes muelas podridas de una sociedad muerta se mostraban por doquier. John Connoly cantó “Niños de pompas de ceniza”.

Esa tarde, los Poetas del Grado Cero le metieron fuego a la poesía bajo la forma de una boina gris que el mismo Jorge había condenado a las llamas.

Así se construyó un nuevo movimiento en las Letras Hondureñas, el Movimiento Literario Poetas del Grado Cero. Como la explosión de un alter ego literario que reivindica un nuevo momento para las letras, el que propone “Muerte a la belleza y su metarrelato de jirafas”.

Las Causas Perdidas es nuestra intención rebelde en las letras hondureñas. No es el mejor texto poético jamás conocido. Es una apuesta a enfrentar la verdad en la vida de las letras. Nada sirve si no viene de la destrucción de nuestros padres.

Esa noche me marché más a verga que nunca, pero con la absoluta convicción de que sólo la muerte puede darnos la vida en la poesía. La apuesta de Jorge y su despecho por todas las causas perdidas, como lo decía el buen Borges, parte por darle el tiro de gracia a la puta que más amamos. A la poesía. La puta muerta, la puta madre moribunda que pide a gritos volver a empezar, no importa el bodrio que salga.


Así debe morir.



 Luis Enrique Pérez








  
Quiero vivir como si mi tiempo fuese ilimitado. Quiero recogerme, retirarme de las ocupaciones efímeras. Pero escucho voces, voces benévolas, pasos que se aproximan y mis puertas se abren.
Rainer María Rilke








 Y no es paja


Gracias, Yorch, por estas Causas Perdidas que me han dejado la extraña sensación  del desencanto por la poesía para entrar de nuevo en ella como si lo hiciera por primera vez. Creo que en esto radica -y radicará- la importancia de estas Causas Perdidas tuyas: Harán que nos sintamos cómplices al leerlas, propiciarán en cada nuevo lector unas ganas terribles de amar la Poesía, porque entonces ya no importará nada, ni la literatura, ni las ideas, ni la vida; importará -al menos mientras se lean, y cada vez que se relean- sólo el gozo de leerlas. Leo estos poemas tuyos y sos tan real vos en la imagen que me hago, sos tan real vos sumergido en la hondura de una luz circular, mientras todo alrededor ha oscurecido y mientras todos alrededor han oscurecido; sólo tu voz, una voz de viejo poeta y de hombre viejo, un poeta y un hombre que se las han jugado todas para llegar a esto.

Giovanni Rodríguez 






Desnuda otra vez


Tal vez ahora en la ola naranja, sin la huella nórdica, sin el nombre, sin la sombra,  desnuda otra vez; miles de pájaros y jardines diminutos atraviesan un bosque. No será claro el deshielo, la terraza y el atuendo blanco sobre tus pasos. Alzabas una joya desde el suelo. Las hojas vecinas, la arena, el gigante amarillo cerrando un ojo a la noche, tu labio. Un dolor desde el tiránico esternón del sueño, las peregrinaciones hacia el mar. Y hoy dulcemente me desdicho a tu hora.







Persiana gris


La espléndida rata besa mi persiana gris, mi tumba. Para mi orgullo murmuro una caricia, una lluvia que se alza mil veces maldita. Nadie vino a este sitio a saborear la cólera. Reclamo para la vida una hoja filosa, una línea trazada en sigilo por los siglos, una hoja filosa. Un canto a la esclusa me haría bien a esta hora hecha para la deformidad, para el lujo, para el vaho sinuoso de los poetas y los muertos. Una hoja filosa también, para el amor.




 Te lo digo trigo


No escucharé mi voz y tardaré cientos de aves y bohemios tras la desnuda bóveda. Te lo digo trigo, en la senda del día mi paso sobre la hierba sin otro afán que el viento soñador, fresco. La nada, con su vespón feliz; por fin sacra, sin idea, viéndome venir desde mis pies a mis brazos. Y todo por aquella ternura que una vez bebimos, muertos e infinitos. Lejos entonces.




Un zapatazo en el pecho


En la boca un susurro tibio antes del beso, un cielo ocre con orla y árboles para volver a besarte. Y te escuchaba cerca, también lejos, pero cerca. Me iba en mi zapato con agujero ideal, negro. Y sobre el muro, para sentirte, desgranaba un verso de Beckett, un zapatazo en el pecho, un timochenko. En medio de las sombras rimaba tu nombre, riéndome, muerta para mí.





Sólo es alta mi voz, no la poesía


Una noche sin odio. Una noche, la luciérnaga y su furia en un rosal debajo de las hojas. Tu nombre tal vez bajo un prado dibujando una ardilla verde, una niña de rizos. Este hombre, me habrías dicho, tiene un dominio en mis ojos negros, germanos y tristes; este hombre, me habrías dicho, noble sobre una terraza gris, me llevó de la mano.
Sin voz te canto contra mí…y sólo es alta mi voz, no la poesía.







Y todavía desnuda


Aquella noche, vista en mi habitación, cientos de mujeres se desnudaban desdichadas. Pequeñas tiranas o forasteras mayores, princesas, sultanas de barrio o de bosques amarillos, mucamas descalzas y jóvenes madres peregrinas. La ninfa de labios naranja de un edén  suavemente podado, una pecata minuta que soñara veinte años antes, aún más bella desde el musgo o en un prado. La giganta de enormes torreones bajo las sábanas. Aquella noche, mis Causas Perdidas en la linde de la sombra desnudaban sus joyas lejos del mar. Pero tú eras una dama en la terraza gris, soberbia y gris terraza, contigua a una  avenida sin nombre. Tú eras, sin descanso, mi más oscura causa. Y todavía desnuda.







Otra lápida de olvido.


Hoy, turbio y último en despertar en mi honda tumba reforzada con doble lápida sin epitafio, me he acodado frente a ustedes con el enorme miedo subterráneo.  A una distancia idiota me han visto registrar la caja de cartón que arrastraba uno de mis hijos. Sin interés la he visto, está vacía. En derredor, en el monstruoso fango del viejo cuchitril, mi hijo me ha juzgado, échate en ella- me ha dicho- quizás el abismo verde te viene bien, o el fango negro. No te ilumines, la noche viene desde el rincón oscuro de la bóveda. Cuida de que en tu cloaca, en tu salón sin fin, se acomode el silencio y tus pequeñas bolas de periódico. En ti pondremos otra lápida de olvido.







Un poeta, un escritor siempre se alimenta de su vida


Un poeta, un escritor siempre se alimenta de su vida, me dije hace veinte años, cuando llegué a presentarme como inventor de un libro que sólo yo puedo vender. Me miré tan lúcido, sobrio y sabio, venido de una oficina limpia, de un campo florido, gentilhombre. Le ofrecí el libro Papiro a Jorge Martínez y él me ha visto con una alegría inocente, como si le hubieran entregado una clave divina. Me he autografiado el libro y me he dicho en la dedicatoria “A Jorge Martínez Mejía, quien soy yo hace veinte años, este legajo de poemas, para que no se olvide de su causa”.
También se alimenta de escepticismo, me respondí inesperadamente. Pero debes consagrarte a la zozobra, a la posibilidad de que ni yo mismo te lea. Y salí despacio, como otra parte mía que se va sin saber en la práctica cómo.





El mecenas de los poetas ebrios


Me dispensé la literatura como un ladrón de la comedia humana. Hurté la ciencia y el mal en un magnífico volumen, durante una noche que tropecé con la cabeza de un viejo parecido a Baudelaire. Escribí mi primer Góngora a la orilla de un pueblo de mineros donde los niños nos hicimos hombres a los catorce años. Fui el mejor bebedor, el mecenas de los poetas ebrios, de los fumadores de marihuana. Una mujer me besó en la calle de los burdeles para asombro de la muchedumbre. Estuve encerrado en una prisión antigua y los reos me elevaron en hombros gritando mi libertad. He vivido sin retirarme y sin renunciar a mi nombre ni  a mi causa. Un día volveré desde el fondo de mi tumba para tomar mi puesto.







Los fogoneros


Ninguna rosa se abre ni repica campana alguna en este lugar. Me reúno con los fogoneros que hablan de gobernar esta ciudad atestada de ratas. Cuando un mendigo se me acerca, como un amigo le doy algo de dinero, mientras el erario de todos se hunde en el fango del coñac, entre bebedores de frac y monstruos suavemente retocados para no espantarse a sí mismos.
Es agradable cuando me hundo en la almohada, con alguna esperanza de recibir un manotazo de aire fresco que amortigüe el inexorable mañana.







¡Carajo!



Un caballo veloz ha partido desde el lugar de mi nacimiento con la certeza de encontrarme antes de mi muerte. A veces se detiene a pastar en algún prado verdísimo, cerca de un río que se viene a mi memoria cuando sofoco alguna maldición con una cerveza. Pobre caballo mío visto por alguna mujer a través de la ventana que da a los campos de cultivo. Los borrachos de al lado creyeron haber visto un caballo joven acercarse a su mesa y se han tirado aparatosamente. Y yo sólo he dicho ¡Carajo!







Por eso este veneno


Poco tiempo tengo ya para decidirme –dije- para buscar el sitio donde ha de quedar mi cuerpo inerte. Ya he muerto, saboreando el hambre en las panaderías, hilvanando fécula por fécula el grano de mi muerte. Yo no he imaginado los trigales al morder el pan, y alguien hizo el milagro de convertir mi pan en piedra. ¿Cómo podré entonces decirles a todos que mi muerte es el último rito de mi muerte y la última queja de mi vida? ¿Cómo hacerles ver a mis asesinos que mis manos tibias o heladas alimentarán a los pájaros en cada amanecer? Y bien, si he de morir fulminado en cualquier esquina, más de alguna mosca habrá de posarse en mis labios, tomar mi canto y llevarlo a los basurales en donde, sin duda alguna, mis hermanos no dedicarán minutos de silencio en mi memoria. Sus párpados se cerrarán dejando fuera las lágrimas dolidas. Y todos juntos y en silencio, le pondrán punto final a este poema
¡Oh, qué bello! Gritó una voz fofa en el fondo. ¡Hurra!, dijo otro, ¡Qué bien por el poeta! Hoy sí tenemos poeta, es la esperanza. Es nuestro Neruda -dijo alguien por vez primera.
Tengo más de veinte años de recordar esta glamorosa estupidez, esta locura. Yo antes tan digno e inocente con mis saltos de corazón, con mi propia boina gris, más que poesía, menos estupidez es lo que quería.
Y nunca, en mi santísima ebriedad, incluso, en medio de la más inaudita tormenta en que he dado contra los bordes oscilantes de las calles, en compañía de mis célebres filósofos, he roto la promesa.
Por eso este veneno y la sangre con que escribo.






Todo pierde la sombra


Al mediodía todo pierde la sombra. Cuando la ciudad se derrite se sufre demasiado. Los transeúntes raras veces mojan sus labios con agua, sólo sufren. Y sin embargo por la tarde, cuando el sol se sienta tras la montaña, una especie de calma gris anuncia que poco  o nada se hizo para vivir de veras.












En el aire sólo queda tu nombre


Con la velocidad de un trueno el cielo se nubla y se lleva mi aliento antes de que muera el día.

Es tan rápido cuando sucede, sólo un aturdimiento de mi memoria me avisa que debo correr o quedarme en un sitio donde el agua no golpee, mirando fijamente el cielo o las manchas oscuras sobre el asfalto cuando las primeras gotas de agua apacibles chocan hirientes. Cuando espero, me acuerdo de tus ojos nórdicos y me preguntó por qué y apenas me doy cuenta. Hago una pausa, miro al cielo gris, oscurecido de pronto, y otra vez tus ojos como las gotas de agua. Aquí es cuando apareces en mis ojos, mirando y esperando. Las gotas de agua se hacen pocas, desaparecen y vuelve el cielo a ser azul y en el aire sólo queda tu nombre.




Una vez


Como si un invierno pudiera llegar un día, los árboles estériles se desesperan por echarse antes de que el sol se desvanezca.

Pero una vez perseguí un paisaje solitario. Y no era el invierno, y sin embargo llovía.

No era perceptible el cambio a la vista, no era invierno. Una luz tenue hubiese bastado para terminar con el paisaje.

No importa la tristeza gris de la tarde, lo que importa es que un paisaje puede morir con una gota de sol.

Por favor, no te pongas hábil como una ventana de cielo estúpidamente azul.



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Nada dice nada


Nada arde,  nada es ruidoso, nada es tranquilo, nada es lo que pienso y lo que no pienso y nada dice nada.

Alguna vez el agujero de mi corazón dirá de una vez por todas que sólo es vacío. Y muy a mi pesar me compadeceré por el intento de pensar que era algo.














Por la mañana vendrá una joven mujer a consolar a Petrarca


Como un idiota me he dejado crecer la barba, a pesar de mi gran carácter y de la alta estima en que me tengo. No obstante hay algo pérfido en mi afán de ser atendido, reconocido por algo mío, aunque de alguna manera me humillen estas partes blancas que se dejan ver exactamente en el centro del mentón, es algo gris. Y no obstante espero reponer con magistral altanería, sin blandir una queja, que mi aspecto, en este momento, es el del perfecto escritor, aunque arrastre mi sombra en la velada.
Por la mañana vendrá una joven mujer a consolar a Petrarca.








De los poetas que mueren de hambre


De los poetas que mueren de hambre, de los amorosos, de la musa flaca vista en Baudelaire, de la perorata poética, de la piel de higo de la petit poetisa, del negro vozarrón agudo con que chilla Vallejo, de los versos más tristes de Neruda, de la Cucaracha Samsa, de las dos piedras que llevaba en las manos Alfonsina Storni, de los hospitales construidos por Álvaro Mutis, del infinito muro en que se sostuvo Borges, una noche que habló consigo mismo; del árbol de raíces de agua de Octavio Paz, de las costillas peladas de Rocinante, de los brazos rotos y los rostros fragmentados de Guayasamín, de la tierra baldía  de Eliot, de la Estigia de Dante, de las hojas de hierba de Whitman; de Lola, la mujer de Miller, y de Lolita; de todo, amigos, de todo se burla Dios.
Y se caga de la risa.








En la linde el musgo negro


En la linde el musgo negro se diluvia en pequeñas olas y crestas erguidas de sombra. Dime el nombre que me habías preparado para cuando la escoria llegara, para el palacio tirado en mi tazón de poemas. Ya no hay forma feroz en mi canto, ni ídolos insolentes me asisten ahora que no amo. Mi más hermoso poema es un sitio que dejé hace mucho tiempo, un jardincillo de helechos. El olor de las hojas pardas se avecina, y no hay en mi boca una palabra o un beso.










Nada nos da más libertad que la poesía

A Gustavo Campos


Después de las tabernas y los tristes lupanares, el joven poeta se revuelca en la calle en un afanoso intento por sacudirse un demonio que Baco ha soltado desde su memoria. Similar a mí, hace veinte años, vil y obtuso, desnudo, gritando: “¡Quiero ser libre! ¡Quiero ser libre! Por las calles malolientes y los burdeles de San Pedro Sula.

Y he sido más libre hoy que me he visto reflejado, sin revolcarme y con Baco. Y no obstante, nada nos salva a ambos de la vileza infame, y nada nos da más libertad que la poesía.








En verdad me ha inmortalizado


Día de ardor literario. Sentado en mi sillón de felpa, sólo quiero escribir poesía. De manera repentina ha llegado un grupo de escritores importantes: Mario Gallardo, Helen Umaña, José Antonio Funes, Marco Antonio Madrid, Armando García, Gustavo Campos y Delmer Moreno. Armando García ha iniciado su clásica sesión fotográfica y he tenido la impresión de que yo no figuro en sus planes de registro. Sin embargo, cuando menos lo esperaba se ha acercado y me ha dicho: “No te movás” y me ha lanzado un primer disparo de luz. Hoy ha vuelto por la tarde y me ha mostrado su artístico grabado, mi imagen serena y majestuosa. En colores sepias, ningún necio podrá decir que Armando no es un gran fotógrafo, porque en verdad me ha inmortalizado.





¡Muéranse de sed!


Di clases de lenguaje a jóvenes durante tres años, después de haber leído suficientes libros para el consumo de mis demonios. Con honra y profundidad detestaba a la Academia de la Lengua, de donde manaban las teorías doctorales, las ortopedias que no me hicieron perder el tino de ir en contra. También bebí los libros en que la lengua es una calavera, una moneda. Que no cauce sorpresa mi estupidez, pero mi oscuro afán fue únicamente que los jóvenes fueran tentados por los demonios de la literatura, que no son muchos, pero como lo supo Cortázar, son pequeñas serpientes más lozanas en los niños, una vez picados, hay que dejar que les maten. Al principio los jóvenes eran tímidos, temían escucharse. Entonces escuchamos a García Lorca, a Darío, a Neruda y a Huidobro. Aparentemente era un azar, pero leímos los poemas más sonoros, casi coloquiales, los más cercanos al habla. Luego inventamos cuentos colectivos. Del aula salieron siempre pájaros, lugares misteriosos hechos de árboles gigantes y ríos caudalosos. Era hermoso caminar por los jardines y encontrar pequeños grupos de jóvenes contándose sus cuentos y sonriendo. Hicimos libros con los cuentos y también con los poemas, unos treinta libros quizás perdidos ya. “¡Pero tiene que evaluarlos!” me gritó la voz sorda, en medio de la exposición de los libros, al final del período. “Sólo tienen cuentos y poemas en los cuadernos”, le dije, “No vamos a evaluar”. También la voz sorda les dijo a los niños que “¡De cualquier modo harán un examen!”. Los jóvenes con miedo se me acercaron preguntándome qué les iba a pedir en el examen. “Nada”, les dije.

El día del examen llevé a García Lorca, a Darío, a Huidobro, a Neruda, a Sabines, a Octavio Paz, a Juan Ramón Jiménez, a Augusto Monterroso, a Horacio Quiroga, a Borges; en fin, llevé todo lo que pude de mi magra biblioteca. Les estuve contando un poco de su obra en una charla corta, colocados los libros sobre una mesa. Los jóvenes me miraban con intriga. “¿Vamos a leer?”, me preguntaron. “No”, les dije. “Muéranse de sed”.
































La pobreza y yo nos vimos directamente a los ojos


He ido a San Antonio de Cortés sin un céntimo, más pobre que nunca, y milagrosamente he llegado. El hedor y el ruido de la ciudad se pierden al subir la montaña. Es más verde el pequeño bosque o la mañana, pero los hombres envejecieron demasiado pronto. Aquí la pobreza y yo nos vimos directamente a los ojos, y con extremo cinismo le vendí un libro Papiro para poder regresarme.









Nidia de la Noche, mi bohemia virgen


A los poetas que murieron en el intento de besar a su musa, a los bribones con prisa, a sus mamotretos cargados de ripios hechos para la fatuidad, a la inocencia literaria exportada para el escarnio público, a la poetisa fea con ojos de hombre, a los explotadores de los poetas hambrientos y su dominio escénico, a la noche de la estulticia del arte, a los libros retirados de las librerías, al Jonás de Cardona Bulnes, a los pintores faquires y maquiladores que rebajaron el precio de su obra, a su sonrisa triste,  a los que tardíamente se dieron cuenta que no eran poetas, a los que renunciaron de la poesía y abrazaron con ánimo de mercader la narrativa, a la carraspera antes del verso, al tazón de poemas muertos, a los poemas inéditos, a la pose literaria, al repugnante lujo y a la peligrosa voz colada en la sala por la cuenta de cheques, a la bufonada editorial, a los sacerdotes adoradores de Moloc, al poeta chuco y sus poemas a precio de rebaja, al poeta que se olvidó de sí mismo en un palacio construido en la cima de un cerro, al poeta embajador en un país rabioso, al violento poeta, al bohemio fuera de contexto, al poeta marero, evangelista, malandrín comedor de cerebros, a los poetas de pueblo, al declamador de verdades amargas, a la vieja demente y necia que se obstina en ser poetisa, a las hienas literarias satisfechas en su nada, a Hölderlin leído por Campos, al poeta del tobogán de cartón que prefirió la ebriedad a la literatura, al poeta de los niños de cristal, al poeta pulpo que hizo un poema con sólo una palabra, a las niñas poetizas y su siniestra ternura, a Nidia de la Noche, mi bohemia virgen; a todos dedico este minuto trazado como una representación inútil de mi causa.
















El galope sordo


Un hedor violeta se cuela por las rendijas de mi ataúd alquilado. Hacia arriba, delante de mis ojos, un penacho de humo negro florece y me despierta. También mi perro recuerda el galope de los camiones cargados de hierro y bestias inocentes. En el suburbio, los apestosos pájaros se unen a la orquesta, y el galope sigue, sordo, y me despierta.













La poesía ha muerto

De esa famosa joven melancólica no recuerdo ni el nombre que tenía.
Sólo sé que pasó por este mundo como una paloma fugitiva: La olvide sin quererlo, lentamente, como todas las cosas de la vida.
Nicanor Parra


Con esfuerzo escribo este fárrago. A mí me tocó decir que la poesía ha muerto, sin ambages y sin metáfora. La pequeña difunta debió morir con sol, y sin embargo llueve, quizás sin relación porque ha nadie le ha importado nunca la poesía. Es mejor que haya muerto. Ya era fea, roñosa y prostituida. Era difícil colocarla en las librerías, apestaba, era invendible, nadie podía invertirle un céntimo. Los bribones la usaban para sus viajes a Barcelona, México, Bogotá y Buenos Aires, todos con ínfulas de literato, mientras la pobre puta, la perra callejera se moría de inanición.
La poesía ha muerto, señoras y señores (Suena el teléfono. Aló Jorge, sólo queremos saber si va a venir porque hace una hora que lo estamos esperando) La poesía murió de flaca, de falta de poetas y de musas, murió de carencia y de puta.

Pero los bellos animales siguen existiendo, y el tren, y el camino y los filósofos (Jorge, va a venir o no, porque ya sólo están tres muchachos y lo estamos esperando en el taller de poesía).
En la hora que menos imaginamos sólo un pájaro canta bajo la lluvia, y de lo único que dispongo es esta verdad aterradora:
La poesía ha muerto.















Un sepulcro sin luto


Es quieta la mañana en que la poesía, débil y miserable, ha muerto. Oportunamente un gallo fatigado lanza su grito triste, indigente, absurdo, apenas audible en medio del trajín. 
En el pueblo, hoy hubo celebración con cielo encapotado. Un niño recitó un poema inaudible y sin anuncio vomitó mientras el arlequín danzaba con su pañuelo de colores. La poesía ha muerto y es mejor.
Devastado por el olor del museo en la ciudad de Octavio Paz, me miro los pies pequeños y mis libros escritos con cierto manejo de la metáfora y sentido de la sombra. Todo ha estado bien, la poesía me ha sonreído desde niña. Mi viaje en avión, mi mujer, mi compañero poeta que no sabe nada de poesía y sin embargo hoy leerá sus dislates transmitido por  satélite.

Desde lejos me seguía, con su oficio de musa y sus ojos de invierno. En mi infancia  me dio la orfandad, y el sentido de paria en la metrópoli, y de mi brazo roto se sostuvo. No ha sido un crimen, era necesario que muriera, sin lágrimas, bonita, lista para un sepulcro sin luto.


























Al veneno, a la poesía


Bienaventurado el que nos ofrece un trago de veneno o un profundo pozo para caernos cada día. Bienaventurada  la violencia sutil, el mazazo de algodón y el puño de seda. Bienaventurado el que nos derriba y nos hace culpables de nuestra caída, víctimas y victimarios... Bienaventurado el gesto suave y los himnos del domingo, la paz del jardín, el muro que mantiene lejos los ojos de la lepra. Bienaventurada la deliciosa condena de los malditos, de los que encuentran la horrorosa mosca del canto. Bienaventurado el reproche, el estúpido campanario de la gloria, el orgullo perfecto del pulcro, la verdad susurrada, la música angelical, el perfume pueril, la castidad, la piedra en el diente, el tercer gallo obligado a cantar para la sordera humana. Bienaventurada la hora del diablo y la hora de la virgen, la mesa rebosante y la sed, el candelabro de plata y la hierba muerta, la rosa sobre el sarcófago, la luna y su claro en la noche de la estulticia. Bienaventurada la malicia, la tos de Satán, la teología del hambre, la prostitución virginal, la piel de higo de las mujeres infieles, su sonrisa, la inútil plegaria de su sexo. Bienaventurada la historia en llamas, el lago iridisado de la época, el hastío de los poetas, el mal aliento, la cerveza, la risa, la lluvia, la magia de los viernes, la gota de onanismo. Bienaventurado el fuego con que se nace y el beso con que se muere.



















Nuestro relato maldito


Todavía es el momento de los vulgares burgueses y su pequeño universo de hipocresía. Es el momento de las religiones y la estupidez, de la desnudez femenina, de las mujeres esclavas, de los sillones imperiales tras las murallas, del ballet descolorido, de las melodías insufribles. La vulgaridad y sus joyas gotean desde la platea, sobre los tablados y el césped, y su bruma somete a los inocentes, a los poetas ingenuos, a los que mendigan un espacio para el arte. Los pálidos burgueses, los pueblerinos insulsos pretenden vigilar maliciosamente nuestro relato maldito.









Enterrar a la Poesía


En ti pondremos otra lápida de olvido

A Jorge Martínez Mejía
In memoriam


Hagamos algo, dijo el poeta, y todos reímos. Lo dijo en serio, como si fuera la primera vez que lo dijera y como si creyera en su causa. Si no quieren apoyarme, hoy mismo me compro una botella de ron y entierro a esa puta, dijo. Y hablaba en serio. Esa noche llegó a su casa temprano, abrió la botella y se puso a beber. Ebrio, escribió el epígrafe de este cuento y al terminar, se dirigió a su habitación. Antes de subir a la silla, colocó una percha de revistas Metáfora para alcanzar el extremo de la soga. Recordó que su hermano vendría a la mañana siguiente y dejó subrayado el párrafo que escribiera dos meses antes: En la hora que menos imaginamos sólo un pájaro canta bajo la lluvia, y de lo único que dispongo es esta verdad aterradora: La poesía ha muerto. Y tiró las revistas. Fragmentos de Lyotard, Deleuze y Bukowski; una foto de  John Fante y la reseña de Vila-Matas. La memoria digital en la que conservaba Las Causas Perdidas se soltó de su mano, ya rota.  Lo encontró su hermano a la mañana siguiente. Un día después, todos asistimos al entierro. Su madre no quiso que llevara su único poemario publicado; maldijo a la poesía. Y todavía seguimos leyendo sus poemas.
















Este atisbo de luz


Hace algunos años, la acrópolis del hedor experimentaba un resplandor inusual, uno de sus hijos inesperadamente había sido nombrado Ministro de Cultura. Un soñador eufórico se disponía despertar la rémora de la barbarie. Todo era un trotar, un intento de cambiar el tono gris del cielo. ¡Qué apoteosis! Me dije con ironía. ¡Por fin una conjugación, una fábula, un Nabucodonosor clásico nos dará la fiesta de la justicia étnica! Bueno, escuchen ustedes, dije con la misma ironía, las poblaciones no serán estranguladas ni sometidas, y el elefante blanco marchará más rápido entre la multitud. Asistiremos a la construcción de una mariposa gigante, tendremos vastas exposiciones de arte, terrazas y plazas con maravillosas esculturas y el tiempo nos permitirá llegar hasta donde nuestra comunidad se encuentra consigo misma…bla, bla, blá. Y no obstante, no había crueldad en mi voz. Debajo de mi palabra, Honduras es una hermosa mujer, honda hacia lo alto.
El tiempo ha pasado y no hemos construido una cúpula Sixtina, un puente digno, una biblioteca soberbia. Esta ciudad sólo crece en su circo comercial, en su galería monstruosa, en su pasarela violenta.
Y la acrópolis ha tenido a su mejor hijo, sin percatarse, como a un forastero. No hay elegancia en este arrabal. Los gentiles campesinos llegan con sus costales de frutas y crean un poco de luz.
Hoy me ha despertado un ruido de motor industrial, y no podía dejar a oscuras este arcano atisbo. 


















El gato negro del dejavú se deja ver


Estúpida, tonta vida luchando en la  noche como sobre un lago de cuarzo, sin ninguna luz.  No se odia el cristal, no se odia el recuerdo del día, no se odia el destino, ni la muerte.
El gato negro del dejavú se deja ver. Demasiado tiempo la noche se eleva sobre la estúpida  vida.
















En Masca no le tienen miedo al Diablo

A Mario Gallardo, por mostrarnos este mundo.



Por aquí pasa un espíritu, le dijeron a Vicenta Martínez, esperando ver el miedo. El espíritu errante, el vagabundo de la playa, acostumbrado a  posar su pie sobre la arena húmeda, diluía su pena, su condición oscura, relegado a la sombra. Después de los gritos de la tarde, cuando el mar reposa y se revela el silencio, el pobre Diablo paseaba su naturaleza angélica, abstraído, envuelto en la brisa. ¡Aquí estoy yo ahora! Gritó Vicenta Martínez, elevando la voz por encima de las casas hechas de palma.
Ahora Mama Chenta reina en Masca, y no le tienen miedo al Diablo.






Los añicos de la historia


Resumir el desorden actual, abrazar un poco de papeles blancos lanzados desde un aeroplano; no es fácil, en medio de ideas que vienen y van sin orden ni sistema.  En el pliegue de las palabras, ninguna mano se levanta para llamarle rosa a la rosa. Hay que estar dentro para sentir la palabra. Tocar sus bordes, caminar al filo de sus límites. Hay que romper la torpe reflexión, partir el silencio de la absurda filosofía de la repetición. No es muerte al lenguaje, sino a la memoria hipnótica de las ideas y su caótico ir y venir. Vernos en Laplace, en sus líneas geométricas; en Kant, saliendo de esas líneas en busca de una esfera sin centro; en Nietzsche, matándose para nacer muerto, como Dios. Y el hombre se precipita al vacío y es el papelillo blanco de las palabras muertas. Nadie nos abraza al caer. Nadie recoge el silencio, los añicos de la historia.




En el charango todo es nuevo


Inventemos un país sin moda, sin soberanía, sin engaño, sin robo milenario, sin masacres, sin ancianos burlados en las oficinas, sin enfermos, sin tullidos, sin hambrientos, sin mercados y sin aldeas remotas. Un país sin burgueses descarados, sin traidores, sin palabrerío y sin grito en las montañas; que no tenga una inmunda bandera, ni cafés, ni tertulias inútiles, ni paisaje feroz, ni insomnio, ni joyas, ni ambición, ni avaricia. Inventemos una tierra que no sea prostituta, un país sin hospitales; un potrero sin espuelas, un país sin hosquedad, sin carga, sin hacinamiento, sin falso erotismo. Una casa sin lujo y sin exilio. Inventemos un sitio  donde los asnos canten esa canción del rock que nunca se ha cantado, pero que es puntual, y en el charango todo es nuevo.








Un denso hilo rojizo inunda sus labios


Fui a visitar a Igmer Salgado. Desde el oscuro rincón, bajo la mesa, observaba a su esposa, yacía tirada en el suelo. Encerrado en su pánico, el enorme gusano blanco apenas se movía, pero le miraba con los ojos brillosos, y el vientecillo que exhalaba movía el polvillo del piso de tierra. Tragaba la pelusilla de polvo, sin poder evitarlo, en la dosis señalada.  Un hilo seco se incrusta en sus fosas que resuellan como viejos fuelles averiados.
Aún conserva el revólver, y un denso hilo rojizo inunda sus labios.










Papiro es un milagro


Imaginá que no tenés un céntimo, nada, ni para darle una semita al pobre perro que cada día está más flaco. Imaginá un librero de dos metros de alto por uno y medio de ancho, con cuatro anaqueles llenos de un pobre libro titulado PapiroImaginá que en la cocina se terminó el último sorbo de la sopa. En el refrigerador sólo agua helada, un vaso. Imaginá que te llama esa mujer y te pregunta si vas a ir a verla y vos contestás: Sí, en dos horas. Es domingo por la tarde. Tomás dos libros de poesía, dos papiros, y salís sin pensar cómo demonios los vas a vender para ir a verla, no te urge, pero te ha hecho una señal infalible. Te aprovisionás del manojo de poemas que estás escribiendo sobre Las Causas Perdidas, para ir leyendo en el camino, revisar algo, estar a tono con la ocasión, sentir un airecito poético. Salís con esa bolsa de yute que te regaló tu hermano. Vas con todo y sin nada. Y no obstante, imaginá que llegás con tu pequeña nada y te mira, sonríe y su alegría es una fiesta. Pero te advierte: “No quiero nada serio, me oíste”. Ella te ha visto subir las escaleras y te ha dado la sonrisa qué lindo. “¿Querés ir al cuarto piso?” “¿Por qué no?” dice. Y vos tranquilo, esperás la señal. La señal llega como una serpiente, sigilosa, sexy. Imaginá que perdés el tiempo, toda la tarde invertida en nada, pero te invita un café. Eso es todo. Imaginá que estás de vuelta en tu casa, otra vez sin nada. Imaginá que Papiro es un milagro. Hoy no hay un céntimo en tus bolsillos, ni poesía.
















Como un ilustre muerto

A Jorge Martínez Mejía


Digamos que soy un escritor muerto, que ya tengo mis dos lápidas listas, mi epitafio y la llave de salida. Voy a escribir sobre Jorge Martínez Mejía, sin pensarlo demasiado, sin hacer literatura. No echo de menos nada y trato de cerrar las puertas que dan a la base de mis emociones. Abajo, en la esencia, un sueño extraño. Mi niña duerme y una serpiente merodea. Con el espejo blanco la he alejado de ella, la he golpeado insistentemente sin deseo de matarla. De algún modo, el diapasón roto la ha enfurecido y mi escepticismo contribuye a su feroz embestida. Con todo lo que tengo, hecho un loco, he cortado su cola, y el sapo ha visto en mis ojos que estoy muerto. Duro, como a César Vallejo, le he dado con un palo, estrellándola contra la puerta de metal. En una zozobra nueva la he visto inflamarse mientras la sigo con dos palos rotos. Sin transición, he quedado a oscuras, silenciado. Mis sandalias azules están frías y no se sabe por qué callejón sin salida voy como un ilustre muerto.


























Una fruta


Hubo un tiempo en que mi pelo era abundante y jugaba con todo. Cerca del agua, tu amiga nos había seguido y nosotros deseábamos estar solos, ¿Lo recuerdas? Vos venías detrás de mí, apenada, con tus sandalias de madera y tu vestido de manta. Miremos desde aquí a los corredores, te dije, ya están listos. Acodados contra la calle los vimos hacer su número. Con furia inusual mi entrepierna lo horadaba todo en la ondulación tibia. Sin ruido, mis manos enlazaron la cintura de tu amiga y la embestí suavemente, con total descaro, y te vi triste y lejana, y otra vez triste. Como es usual, los recuerdos no pueden ordenarse. El viejo vigilante de la estancia se acercó para hacernos una pregunta inútil, y yo huí de furia. Esa tarde, desmelenado, oriné en el sendero, cerca de las acrobacias, y te vi, virgen todavía, utópica, buscarme por la alameda. Nadie nos vio esa tarde, hondos en el bosque. Levanté tu velo en la llanura, lejos de todo. Como un paria vagué por el mármol y los campanarios. Oficié en lo alto de la cúpula y en el monte me refugié como un mendigo, y pude sentir tu imagen como una fruta, húmeda, en mis manos.
























Amanda, la comehombres


Entre los pliegues del pantalón doblado encontré un papel que decía: La probadita de Amanda, preguntá por mí. Ruborizate, serás feliz.  Esa tarde, tras el espejo de la tienda, había visto a  Amanda la comehombres, única en su género, ilustrada por poetas intrépidos, no tan alta, pero sensual. Yo había llegado a la ciudad a buscar a Jorge Sagastume, el poeta de los trenes olvidados. Habíamos previsto vernos con los teatristas del Yahamalá. Con uno de ellos, me sumergí en una discusión porque me llamó patafísico, un iconoclasta no clasificado por Cortázar. Me sentía como un pez, o mejor, como un pescado. Seguimos tomando licor con miel. En la ciudad ya habían olvidado mi mala fama de destructor de fiestas y no me interesaban tanto las discusiones mudas ni la violencia polar en la poesía. Jorge Sagastume había convenido comprarme uno de mis cuadros, Ruptura con ventana azul, y con el dinero me fui a una de las tiendas a buscar tonterías. Alguien murmuró es el poeta, y a partir de allí, las damiselas se mostraron más atentas. Quería tomarme una cerveza. La fama de Amanda no me era conocida. Cuando la vi pasar por la acera, como un idiota, la seguí. Era música. Un lindo culito musical, una excepción extraña, su trasero era un compositor magistral, subía y bajaba produciendo notas en una escala hecha para náufragos flotantes. Sólo viéndola comprendí después por qué los poetas la ilustramos. ¡Qué culo tan completo! Me dije, ya en las orillas de mí.




















Caballo corriendo en el mar


Libre al fin de los estrellamientos y la boca de la carroña, cabalgo en mi caballo de madera viva, sin montura y con brida de hojas, sobre la carne blanca del mar. En La Mosquitia, casi en el aire, al pie de las catedrales de nube del rompecabezas de Hueymollán y el valle del hombre sepultado en el agua, mi caballo se avienta desaforado. Único y sordo crepita mi trote. Abajo ha quedado todo. Sólo el mar desciende.













Araski plápisa kábura*


Sihnwi pali knata kat wina aisa wan bila bak, uliauna araski tat ni daukum raya ba, satil apu rub ba wal  wahiaba. Cabu pini piwi bak. Mosquitia payaska pri hak clants piska mina multa bak Hueymollán pulanka waitnika nani wapanka tara bak.  Li mun tara bikan baku araski una slakbisuiri bin dan ki plápisa dis maya ra cabu baman takaskan.











Aras plápisa kábura*


Last’  kat prisna guinstaki kapri ba wina and whina suhkra nani bila ba wina sin, dus araskasa rayaca sin brisa bara yang suapnikira ulisna, satil sin apu and duswaya kiuhka satka nani wal, kabu auwika pihni purara.
Moskitiara, pasa purara baku, claud prisyaska watla minara, wanlal blakanka brisa Hueymollán dukiara, and tasba untdkara sip kaikras tarkika waiknika baku; kabu tihunkara iwi tiwan, yang araski lal saura baku tukbi takiwan. Mitin aikiama prawan bara binhka nani sulwikan.
Mayara dan takaskan bara kabu ripka baman takaskan.





Gracias a Dios he llegado a estas honduras


Llueve en Rais Ta. En la ciénaga, mi caballo vigila la canción del agua. Con una linterna alumbro mi poema y mi sombra se agiganta en la madera. Debajo del mosquitero, después de dormir como un sacrílego pirata, he despertado en mi sueño con ánimo de saber quiénes se han disfrazado de bestias. He visto mis manos a la luz del día y descubrí con asombro que son de cera elástica. No me ha importado tal majadería. En mi camino vi a Jorge Martínez Mejía, el hacedor encarnizado, similar a un viejo Pan emulando a los pájaros. Recuerdo haber estado en la ciudad corrupta, en grave riesgo de muerte, perseguido por los criminales. Gracias a Dios he llegado a estas honduras.










Sin mi palabra muere la luz de este sueño


No fui el más fuerte ni el más grande de mis hermanos y en mí descansa la herencia. Yo soy el poeta en que muere la estirpe, conmigo muere la poesía. Mis hermanos fueron grandes y robustos y mis abuelos imbéciles se comieron a sí mismos. Mi madre y mi abuela me alimentaron con leche de cabra empecinadas en que subiera la cima.
Soy el Rimbaud que regresa sin su pierna, el hijo de Maqroll el Gaviero. Sin mi palabra muere la luz de este sueño.











Nada se ha de fingir


Vengo de una cantera gris, de un hoyo donde los hombres fueron reducidos a la nada. Nunca evité las consecuencias y subí los barrancos más altos antes de saltar sobre la poza  honda y fría. Allá, una mujer me dio un beso debajo de otros besos y yo sólo le di un adiós. Me dormí a la orilla del mar escuchando su ruido de galeones, su ruido de bestia cansada de arrastrar sus hojas muertas. Las imágenes falsas no caben en ningún poema, por eso nada se ha de fingir, ni un beso, ni la despedazada guitarra que estrella el mar contra la arena.














Mi graciosa estampa de poeta


Ya no pude escribir. La poesía sólo me dejó el fracaso de estos versos. Era lo mejor. Tal vez no merecí la desnudez de la palabra o el roce de mi mano en la laguna. Y no obstante, cierta nostalgia envolvió a mi boina gris al hundirse en el agua rojiza. Pero nada es memorable, ni la misquita que me miró con sus ojos cerrados, ni el pimpante cargado de niños pescadores. La poesía me dejó y sólo mi graciosa estampa de poeta es más triste.









Hueymollán


Desde una ventana o un corredor de madera, entre enormes árboles sembrados en la tierra blanda, miraría abrirse una enorme puerta vigilada por monos blancos sentados en su terciopelo, en su filigrana de oro.  En la terraza recién resplandecida, entre los pilares y su cúpula, una canción o una cascada de monedas y discos de cobre lanzados contra el aire, entre los cordones de nube y cortinas de seda, batallando contra el sol; entre quetzales, guacamayos y pequeños ojos azules dibujados sobre la pared de barro.
En la cabellera negra de una mujer de ojos achinados, una enorme gota de agua verde y diminutos pétalos transparentes, semejantes a los pequeños lagos y los peces de plata. Sobre la sierpe del río, al fondo, duerme Hueymollán.










Ataque o devoción


Acostumbrado a verme leer, cuando me obsequiaron “Ese verde esplendor” de Felipe Rivera Burgos,  mi perro calló su apetito al devorarlo. Literalmente le comió nueve o diez poemas, un pedazo de solapa, una esquina de la portada y todo el sello Levemente odiosos editores. Mi perro no acostumbra comer poesía, tal vez un mal recuerdo lo impulsó a la barbarie porque otros libros con igual sabor estaban en la misma mesita, disponibles, vulnerables a cualquier ataque o devoción.











Tomemos la ciudad por asalto


Los fogoneros saben que no hay gobierno en la ciudad y sólo esperan la señal para tomarla por asalto. Mientras la llovizna cae sobre los residuos del mercado y sobre los vitrales sombríos, los fogoneros, disfrazados de peatones, miran largamente y con recelo el palacete inmóvil en que defecan los pájaros. En el cafetín, en las bibliotecas, en las entradas a los teatros y museos, en la pequeña plaza de senderos y en la plaza de la feria, los fogoneros conversan sin ahogarse, pasan sus manos por la frente, secan sus labios con delgadas servilletas y escuchan con atención el ruido de la lluvia. Cuando las esclusas estallan y el hedor se hace insoportable, los fogoneros abandonan la ciudad y se encuentran en los embarcaderos o en los poblados cercanos. Todo el mundo sabe que no hay gobierno en la ciudad, lo saben por la inmensa caravana de indigentes que ambulan por las carreteras, en los bosques y debajo de los puentes. Uno de los fogoneros se me ha acercado al andar por la alameda y me ha dichoEl mal tiempo pasará, pronto se alumbrará el cielo. Por eso sé que los fogoneros sólo esperan una señal para tomar la ciudad por asalto.



























El hambre y la usura no entienden de literatura ni de postmodernidad


Sin mucha malicia, el viejo barrigón vestido con su camisa blanca me ha dicho que me compra Papiro por treinta pesos. Yo lo he consultado un momento con mi barriga solidaria. Aquí es donde se pone interesante la cosa. Según Lyotard, el meollo del asunto en las sociedades postmodernas se resuelve con el libre acceso a los libros, a la información. El equilibrio es posible si el viejo barrigón de la librería supiera lo que me costó hacer Papiro y el juego del lenguaje en mi barriga.








Esto no es literatura, mucho menos poesía


De manera inevitable, en la ribera de mis  Causas Perdidas, un poeta se ha lanzado y ha dado de bruces contra la corriente. Como sobre una rampa, sin química ni sport, el poeta me ha visto en amena charla. Yo le he divisado armónico, en éxtasis, iluminado con su canon a cuestas, terriblemente iluminado. Ha mencionado que en mi poesía algo se sale de contexto. Ya nadie me atrapa, le he respondido, estoy libre de poesía. Ahora doy clases de confort en el arte y me interesa sólo el vértigo y la destrucción. En medio de la atmósfera diluviana, el poeta me mira empequeñecer desde lo alto, y se lanza contra toda mi sangre y contra el fuego de mis Causas Perdidas. En la tromba, mis versos heroicos se aíslan en su charco, hoscos, huraños, sin perdón, y el poeta, inaudito en la novedad muda, acelera el navajazo en una de mis joyas. Ya en la soledad y después de mis magras viandas, lo he sabido. Esto no es literatura, mucho menos poesía.

































La nada


Hoy es de esos días semejantes a las terrazas muertas. Nada perdura bajo la brisa y sólo la imagen de mi perro lamiendo la pelusilla de su pata hace contraste con el mugido de los camiones y el chillido de los pájaros.













La Comedia Contemporánea

A David Banegas

Ser un tonto es normal
Charles Bukowski


Proseguí, decime si no es un hoyo en el que vivimos. Esta ciudad de mierda sólo piensa en el negocio. Aquí no vas a encontrar un sitio para los artistas, ni una conversación que valga la pena. De punta a punta te llevan por corredores cargados de estupideces en venta. Los tristes pintores trabajan en las candilejas de los bancos, agazapados en los hoteles, colgados de los techos de las fábricas. En nuestro escenario la tierra yerma es plantada de cemento y la muchedumbre ambula, pedregosa y recluta, sin filosofía. En el burdel de al lado, los taimados beodos revientan su hígado con una lógica bella, hermosos y cómodos. Cubren sus escupitajos con sus zapatos embarcados. Sobre la botella, la espuma se derrama y purifica la mesa. ¿Decime si no es superstición esta mierda? ¿Qué es esto? Y no me vengás con pendejadas criticando a los poetas sólo por criticar. Porque vos ni siquiera un verso has hecho. No sos nada. Vos vivís atrapado en este hoyo de mierda. Vos sos un hijo del negocio. A vos te meten la cerveza  y ni cuenta te das porque sos la misma cosa.  A vos te gusta hablar del arte.  Te regodeás mencionando a Tchaikovsky a Rembrandt y a Baudelaire. Decís que leíste a Saramago a Neruda y a García Márquez; y ni cuenta te das que eso es historia. Hablame del arte contemporáneo. Decime si alguna vez se te ha ocurrido una instalación o si te ha cruzado por la mente que esta ciudad de mierda, este hoyo en que vivimos es la Comedia Contemporánea. Mirate en medio del gentío, borracho, sin saber a dónde vas, a dónde te llevan esos pasos si no a vaciarte los bolsillos. Ningún misterio hay en esto. Los espectadores esperan que escribás cursilerías. Viven atrapados. Igual que vos.




Báilame desnuda para ver si te creo


Vientos de cambio vienen del sur, me decía idiotizado, mil veces, con el pie izquierdo cayendo en la loza y el derecho empujando por la calle intoxicada de autos. El corazón no sabe demasiadas cosas, sólo late y se pasea como un perro doméstico. Escribí una vez con la punta de mi hueso y las olas se lo llevaron todo. Para nada sirve la poesía. La bella señora, la adorada música se apaga y la herida soberbia cae con su carne negra, con su costumbre de silbar en medio del bosque su aire perdido. Vientos del norte vienen del sur. Otro imperio se levanta y nuestra madre muerta, asesinada a nuestras espaldas, delante de nosotros, estúpidos enamorados del polvo y de los ojos ciegos de los imbéciles que bailan con sus colores vivos, los pobres ciegos.
 -Delante de mí, poesía, retrocede, pasea tu trasero en la otra acera, enloquécete un poco y báilame desnuda para ver si te creo.






Con ella sus putitos


He decidido tomar mi puesto antes de morirme. Yo soy Jorge Martínez Mejía, el hacedor encarnizado, no el poeta, sino su sombra. Yo soy el disfraz, la figura que ha ido imponiéndome el maldito. En mi nada, en mi existencia, pasaron inadvertidas miles de formas sin poesía, más dignas que “las obras maestras de la literatura”. Podría enumerar mi imaginario particular y dejarle hecho un garabato. Estuve exiliado sin poder decir nada que no fuera “poético”, “literario”, y en mi propio estupor fui relegado. Pero la poesía ha muerto y ahora no sólo quiero fastidiarlo.
Presta atención, esta fachada ya se terminó, y tu tinta, y tu acera, y no sólo la poesía morirá. Con ella sus putitos.







Mi boina gris tiene los días contados


Hoy, en una  insulsa sesión de teatro, la obra maestra fue un papel que voló en el escenario haciendo una pirueta. Nadie hubiera reparado en ella de no ser por el recuerdo de mi boina cayendo en el agua rojiza, en la Laguna de Brus. Aquella vez no sentí tristeza, sino cierto placer al ver que se moría. Recuerdo las pestañas del agua asfixiándola como a un pequeño velero en la ventisca. Mi boina gris tiene los días contados. La veo como al pequeño papel cayendo a escena en su pirueta moribunda. Podría señalarle un día, una fecha y una hora para su sepelio. En su caída encontraréis el caos en que se hunden mis Causas Perdidas, más dramáticas y menos poéticas. Después la incendiaré para que conste mi renuncia.












Por mi perro sin hueso



Para no volver a ella me inventaré de la misma manera que un constructor de dinteles de adobe levanta las cornisas en el antiguo Pinalejo. Los Pinajizos Oyentes de Jorge Martínez Mejía serán mi última obra, sin ningún mérito. Ya sin voz y sin sombra, huiré camino abajo, junto a La poza de los tres presidentes. Mi retiro no será ilustre como hubieran querido mis amigos y en mi juerga final seré el atroz burlador, el destructor de la fiesta. Con mi última porción de beodo brindaré por mis antecesores, por su ilusión poética, por mis Causas Perdidas, por mi perro sin hueso.









Más malo me haré porque es mejor ser malo

A Lilia Castellanos



Bella en el aire sublime sin cursilería. Ni le gusta la poesía, ni la luna, ni las estrellas, ni las cartas de amor. Cuando no tenemos nada que hacer, huimos a cualquier lugar donde los animales corren, lejos y cómicos, refunfuñando a la imbecilidad. Detrás de todo, lejos del arte nos encuentra la vida andando en su cochecito de recuerdos y sus conversaciones vanas. Siempre hay una mujer dispuesta para los que renunciamos a la áspera cinta y la escarapela turbia. Una mujer, una actriz he escogido para mi Víspera. Y jamás la veré, como la única en que su mano me dijo que no estaba solo en mi soberbia intención de asesinato. Y me ahuyento porque demasiadas ganas me dan de amar y me hará falta el tiempo para el odio. Más malo me haré porque es mejor ser malo.

























Llegó mi hermano

Jorge: -Siéntese.
Luís: -¿Qué hace?
Jorge: -Nada.
Luís: -¿Qué tal el viaje por la Mosquitia? ¿Cómo es allá, cómo están?
Jorge: -Los misquitos dicen que nosotros pensamos que ellos andan con taparrabos. Pero no. Es un lugar bello, quizás el más bello de Honduras. Las mujeres son lindas, de piel oscura y ojos achinados. Son modestos y familiares.
Luís: -¿Y cómo se mira la selva desde arriba?
Jorge: -Casi no se ve. El viaje es por la orilla del mar. Desde lo alto se miran las catedrales de nube, las cascadas de nube y cuando el avión se va acercando a tierra, la planicie se funde con el mar y se mira un hombre sepultado en el agua, como el beisbolista que se miraba en Las Vegas cuando entrábamos de noche.
Luís: -¿Y Las Causas Perdidas?
Jorge: -Mis Causas Perdidas son un ejercicio para dejar la poesía, de hecho, ya dejé la poesía, ya no tengo nada que ver con ella, no me interesa.
Luís: -Usted debió dejarla hace tiempo y dedicarse a algo importante, a la narrativa, escribir una novela que valga la pena, porque domina la técnica, el discurso narrativo.
Jorge: -No lo creo. No se trata de dejar un género por otro. Creo que es deshacerse de un discurso más general, de un mito, de un metarrelato como el de la historia. No sé. Es que cuando se conceptualiza la poesía se confunde con la vida, y el concepto de la vida, la vida misma es otro mito.
Luís: -Es una paradoja. ¿Se acuerda del corredor brasileño que ganó seis veces el Torneo Mundial de Automovilismo? Después siguió corriendo, se estrelló, perdió las dos piernas, le pusieron piernas ortopédicas y siguió corriendo.
Jorge: -Pero su discurso no es la muerte, es la aventura, la velocidad, la sensación de alcanzar el tiempo, el momento presente. Yo me refiero a que romper el discurso de la poesía, es dejar la poesía, olvidar el discurso totalmente. En el caso de él, aún cuando se hubiera muerto en el accidente, no hubiera sido más que el corolario de su carrera, literalmente.
Luís: - Morir no es dejarlo todo. Las cosas no se arreglan con la muerte. Pero hágame caso, dedíquese a la narrativa o termine La Pared Opuesta, ese es un buen trabajo.
Jorge: -Luego voy a retomar esos trabajos.
Luís: - ¿Qué tiene de Vila-Matas?
Jorge: Casi todo en digital, lo mismo que Bolaño. Présteme su memoria digital, le voy a copiar la carpeta.
Luís: He leído algunos trabajos de Vila-Matas. Es fresco y describe con la desazón del español aburrido, como si no tuviera nada qué decir. Pero yo leo para no seguir a nadie. Cada quien tiene su manera de ver el mundo.
Jorge: -Para ser uno mismo hay que conocer a los demás. Nadie puede conocerse sólo. Sólo nos encontramos a nosotros cuando encontramos a los demás.
Luís: - ¿Sabe qué me gustaría tener en digital?
Jorge: -¿Qué?
Luis: - La obra de Nabokov, Detalles de un Crepúsculo, Ada o el Ardor…
Jorge: Sólo tengo Lolita, pero voy a buscarlos y luego se los paso.
Luis: - Entonces consígame los textos de Manuel Puig.
Jorge: - Le voy a pasar toda la carpeta de mis libros digitales el fin de semana.
Luis: - ¿Y cuándo termina Las Causas Perdidas?
Jorge: - No sé si voy a terminarlo.
Luis: - Voy a volver el fin de semana, el domingo.
Jorge: - No voy a estar. Voy a Trinidad a un taller de lectores.
Luis: - Entonces vuelvo el viernes por la noche.



















Continúo en escena


Continúo en escena, cada vez más trivial y próximo a una verdad material en la que mi propia vida cambia. Quizás yo mismo sublimo mi pequeña historia de antihéroe y paradójicamente me acerco al desaparecimiento del poeta que soy. Aquí no hay una escenografía, un proscenio, una candileja o una tramoya de donde pendan los proyectores para alumbrar a nadie. Aquí estoy yo solo y mi verdad. La ciudad es un sueño por el que he caminado sin rumbo, un ideal que no se realiza sino en el forcejeo de quienes la habitamos. Jamás saldremos de aquí, de esta envoltura de aire enrarecido y cada quien encarnará su papel aunque no quiera. Yo soy el mito, mi utopía, y no soy arquetipo de nada, y no obstante siento mi rostro convertido en la infame figura de Jorge Martínez Mejía que intenta liberarse de mí. Lo he escogido a él porque encarna perfectamente el rostro novelesco de un poeta que renuncia a su esencia, a su sueño. Jamás será un poeta liberado, demasiado bien le queda el papel y su apasionamiento lo ubica en el límite, en el extremo favorable para su interpretación. Su vehemencia, su sacrificio cotidiano, su posibilidad para profundizar en los secretos del arte, su habilidad con el lenguaje; todo lo eleva como mi candidato preferido. Cuando me he puesto a pensar en otro que tenga su perfil, su impasibilidad, su aire guerrillero, su tesón, me he turbado con deleite. Sólo él puede renunciar a lo que ama, a su dulcísima mater. En los entreactos conversa con sus amigos y su hermano y poco a poco va tejiendo la historia de su renuncia, va construyendo su propia leyenda, sus nuevas ilusiones de salirse de la época. Y la episteme se alza en su corte sincrónico y lo cruza y lo parte en dos y la verdad le pasa por encima. Somos demasiado débiles para conocer lo que hay más allá de los grandes relatos. Somos frágiles. Como la arcilla nos humedece la historia y la leyenda y cada cual juega su papel, su acto, y exhibe los hilos del único guión posible. Mi rostro de poeta se va desdibujando en la medida en que me adentro en la intimidad de Jorge Martínez Mejía, y su fuerza racional y su juego de matarse supone que hay un hombre detrás de ese nombre. Es necesario un acto para empezar una nueva escena, un acto de conciencia, una renuncia profunda, un olvido exacto, las palabras dichas con la precisión cirujana que rompan el último hilo de la historia. En el escenario, Jorge Martínez Mejía interpreta el mimo que golpea el vaso de cristal en que sufre su encierro.




















La payasada final


No sólo un rostro aparecerá imprevisto delante de tus ojos como al inicio. Tu memoria, tu impulso te llevará a otros sitios y a otras apariencias. Con otro nombre tal vez, con otra identidad, pero todo será devorado, todo será alimento malicioso y sin sentido. Una sola sombra que miraras después de  borrarlo todo, una luz revelada, cualquier matiz sería un rito de iniciación. Sólo el silencio permanece inalterable. Sólo el silencio puede callar la belleza, la payasada final.










Destruir los signos de la poesía


Destruir los signos de la poesía, el orden de sus significaciones múltiples. No es un azar mi intención de quemar mi boina gris, dejarla morir y usar su foto muerta en la portada de mis Causas Perdidas. Todos los signos y sus combinaciones corresponden a un arreglo impuesto por la tradición y el canon y los procesos didácticos orientan a la repetición del arte. La boina no sólo es un objeto con el que cubro el signo de mi calvicie prematura, es un signo tradicional, un sinónimo de intelectualidad, de literatura, de poesía. Si quiero renunciar a la poesía, debo renunciar a mi boina gris, pero no sólo quiero renunciar, sino asesinar el signo por su exceso de cursilería y tradición.









Instrucciones para quemar una boina


Romperla con unas tijeras grandes y hacerla tiras, tiras delgadas. Sobre una página blanca, colocar las tiras en un orden simétrico, dejando la cinta del pequeño pito en el centro. Preparar la hoguera sobre el suelo natural sin utilizar ningún tipo de combustible más que el aire. El fuego debe ser rojo y chispeante, amenazante y fuerte, con pocas hileras de humo; preferiblemente se debe agitar con un pedazo de cartón hasta escuchar que crepita y levanta volutas explosivas. Se deberá comenzar el ritual de incinerado escogiendo las tiras de derecha a izquierda mientras se lee o se recita la oración del fuego. Si hay varias personas en el ritual de incinerado, deberán colocarse en círculo y mantener su mirada en el primer plano, es decir, en las tiras de boina gris que se conducen al fuego. Concluida la primera parte, el incinerado de las tiras de boina colocadas en el extremo derecho, considerando la cinta del pito como centro, comenzar el incinerado de izquierda a derecha dejando por último la cinta central. Es muy importante romper con el signo sistemáticamente. ¿Por qué? Porque se debe fundar otro signo de orden inverso. Estamos ubicados frente al fuego de los signos, estamos purificando el horrible trauma de la repetición y debemos conocerlo con absoluta precisión. Existen otras recomendaciones más específicas para deshacerse de los signos poéticos. Por el momento, este es el procedimiento general con que le pondré fin a uno de sus signos. Mi boina gris morirá en la hoguera porque se me antoja testimoniar mi desencanto. Pero conservaré las cenizas.














Movimiento Literario
Poetas del Grado Cero


A los mojigatos devenidos en poetas
Sonofelet


Primer Manifiesto


¡Muerte al mito de la poesía y su metarrelato de jirafas!


Hemos decidido fundar un Movimiento Literario al que, a sugerencia de nadie y tirándome la responsabilidad de hacerme pedazos con la literatura, aunque acompañado a veces de varios secuaces literarios, cómplices en la destrucción de la poesía, he denominado Movimiento Literario “Poetas del Grado Cero”, o “Movimiento Literario sin Paracaídas”. Algunos sugirieron nombres sinónimos y económicos como “Harakiri”, “Los hijos de Mishima”, etc. Está fundado con la sana intención de arrancarle los piojos a la poesía, los signos y los garabatos. Hubiera sido mejor que se desnudara sola y me habría ahorrado el trabajo.

Uno: Tráiganme una cerveza que no se puede fundar nada si no hay bebida.

Dos: “Pa’ dioy en adelante semos malos, sólo cartas marcadas han de ver. Y tú vas a saber que siempre gano”.

TresTodavía estoy callado.

Cuatro: ¡Muerte a la belleza, vamos por las feas!

Cinco: Nunca dicen ¡Oh! y usan calzoneras viejas, enormes sostenes y sus glaciares se esparcen por la tierra inhóspita.

Una contradicción: Se valen todas las páginas fornicarias siempre que hayan sido revisadas por un experto en gramática de la Real Anemia de la Lengua.

SeisJodámonos en el oficio sin darle cuentas a nadie.

Siete: No se vale tenerle miedo al erotismo ni ser ignorantes de las peleas de los Súper Sayayines y otros astronautas; tampoco vale asustarse y cagarse por la muerte de Caperucita roja FORNICADA por King Kong y Godzilla en fantástico ménage à trois.

Ocho: Doblen, tripliquen el verso insano. Huyan y entierren a la prosa y su anverso.

Nueve: El público es voyerista, le gustan todos los desnudamientos, el estriptís, las películas de terror y el amarillismo.

Diez: Estoy a punto de decir algo valioso y todavía estoy callado.

Once: Ya no existe la poesía. Hay que ir directo al grano. Si no se tiene nada qué decir, hay que quedarse callado o escuchar a otro que cuente algo, aunque sea una perra.
Doce: Hijo mío, no me odiéis por falta de moral, peores guerras hacen los presidentes y les pagan por ello o roban si no les pagan.
Trece: No se aceptan burgueses, ni banqueros, ni prestamistas, a menos que pongan para la juerga de inauguración del movimiento.

Catorce: Ante todo, somos éticos, si no nos gusta algo, a nadie se lo ofrecemos.

Quince: Denunciamos la tiranía del premio porque casi nunca ganamos y el jurado es compadre del ganador. Hay que cambiar las reglas de los premios literarios.

Diez y seis: Hay demasiada ignorancia en las presentaciones de libros.

Diez y siete: Hay demasiados ladrones en la ciudad, roban ideas, versos, imágenes, libros enteros, piratean cd’s. No hay democracia.

Diez y ocho: No nos gusta la poesía fingida, el relato de sitios donde nunca ha estado el poeta, la falta de vitalidad. Odiamos la repetición a pesar de repetirnos cada día.

Diez y nueve: Hay que conspirar contra el arte sin desconocerlo, subvertir la poesía, hacerla añicos, meterle fuego, hacer pedazos lo que no sirve ni para reírse.

Veinte: ¡Muerte a la poesía y su metarrelato de jirafas! Bienvenida la puta nueva. La belleza está en las calles, tirada en el fango.

Veintiuno: Las páginas virtuales son infinitas, por papel no hay que preocuparse.

Veintidós: Un Rimbaud inocente y malcriado sentó a la belleza en sus piernas y como buen niño le gritó,  yo patié a la belleza y me dijo que era sexy.

Veintitrés: Laura, la de Petrarca, y Ofelia, la de Shakespeare, fueron atraídas a mí que soy la destrucción. ¡Voy por la de Dante!

Veinticuatro: Primero aclaremos que somos libertad andante, a la mierda el trabajo y las jerarquías. 

Veinticinco: Tanta mierda citable, tanto aburrimiento posible y le falta Tilde a la t.

Veintiséis: Censuramos todas las censuras.

Veintisiete: El Grado Cero consiste en que no queda piedra sobre piedra en literatura, nada comienza y nada termina nunca.

Veintiocho: Allá abajo juegan chibolita, un pastor evangélico se queda viendo jugar con la Biblia bajo el brazo, saca su par de dados y la policía trae los frescos.

Veintinueve: Todo mito es dominación. Abominamos del mito. Lo último que haremos será quedarnos mudos aunque nos muramos de ganas por escribir, pero nunca se repetirán las mismas canciones en la rockola.

Treinta: Los Poetas del Grado Cero descendieron hasta la raíz de la poesía, la chuparon como si fuera vino de coyol, y la poesía no embriagaba, estaba simple, disipada. Había que arrancarle un par de greñas para que se despertara. Le gritamos y le dimos tres pescozadas, la pateamos hasta descuadernarla para ver si revivía. Pero nada. Creo que la matamos. Sólo abrió la boca para decir  “el mejor antólogo es el tiempo”. Era ridícula. El tiempo es otro mito. Su coco seco se rompió.

Treinta y uno: ¿Quién putas dijo que el poeta es un pequeño Dios?

Treinta y dos: Los surrealistas con su automatismo, los vanguardistas torciéndole el pescuezo a los patos, los superrealistas con su metralla, los simultaneistas en una sala de cine fumando marihuana y tosiendo a André Bretón, los infrarrealistas en una tertulia con la Pantera Rosa…Nicanor Parra sacándose un clavo del zapato, Huidobro y Neruda con su champaña, Borges con un perrito irlandés, Eliot entrando a una capilla…

Treinta y tres: Había una vez poesía…

Treinta y cuatro: O todos somos poetas o ninguno y el que no tiene e-mail, no es poeta.

Treinta y cinco: Al principio la poesía estaba viva, respiraba por sus mangueras transparentes y el cilindro de oxígeno conspiró, también era poeta del Grado Cero. Al verla tan moribunda, decidió tirarse del quinto piso y le jaló el pescuezo. En el pueblo hicieron sopa de gallina y la poesía ejercitaba su imaginación con ganas de resucitar. Le dieron sopa de gallina para la gripe. La llevaron al mercado y le gustó el pisto. Se hizo mercadera, pero tenía las marcas de la manguera y el arañazo del cilindro de oxígeno la delataba. Un poeta del Grado Cero la vio de reojo sin levantar sospechas. Este poeta del Grado Cero era el último del movimiento y a penas se acordaba qué andaba haciendo en el mercado. Compró chiles jalapeños para un encurtido, unos chicharrones gringos y un rimero de tortillas. Llegó a la casa, hizo sopa de frijoles con chicharrones, se tomó la sopa y la poesía se le había escapado. De todos modos se echó a dormir. Un pedo estupendo le recordó los chicharrones que había comido.

Treinta y seis: Los ignorantes, los orangutanes, los diletantes, los mojigatos y los banqueros son nocivos para los poetas del Grado Cero, ellos promueven la poesía a mansalva, usan seudónimo y tienen libros de adorno. Una vez un banquero leyó a Neruda y quedó inspirado. Agarró su libreta de notas y empezó la tarea de su primer poemario. Tres días después llamó a su amigo el publicista y le pidió que le diseñara la portada del libro. El publicista diletante quería un Premio Nobel y le mostró unos ripios elegantes, con adjetivos de tiempo, y adverbios inteligentes. Esa vez usó sus lentes plegables, de oro, se había limpiado a propósito las uñas y con disimulo se las mostró. El banquero y el publicista tenían amigos escritores de la vieja guardia, ex-guerrilleros democráticos. Estos escribieron un prólogo, fino, con un toque irreverente y falsa honestidad. Juntos invitaron a sus amigos y presentaron el libro en la socialité.  – ¿Un brindis, Monsieur Milován? – Oui Mademoiselle, la poésie me plaît  ¿e vou? Era lindo el mojigato.

Treinta y sieteEn los tiempos de la poesía, dos zapatos líricos discutían sobre estética, maravillados. El Poeta y Pepito viajaban mirando el paisaje, pero la velocidad del tren les intercambió la cosmogonía, el Poeta se hizo chistoso y Pepito se hizo Poeta, de ahí en adelante Pepito era un héroe y renovó la poesía. Al año siguiente, por la mañana, surgió la casta contradictoria de los poetas. Hubo guerra de estructuras, lucha en el interior de la materia, hasta que una vieja loca les dio con una fridera en la cabeza y les devolvió la razón. También en ese pueblo mataron a friderazos la poesía.

Treinta y ocho: En asamblea general y conferencia a puerta cerrada de la Logia de los Poetas del Grado Cero, estipúlase el  14 de marzo como día oficial del quemado de boinas grises y otros accesorios poéticos. Comuníquese y cúmplase.


Treinta y nueve. Se declara a la poesía oficialmente muerta a partir de las 12:00 p.m. del día 17 de noviembre de 2007.


Cuarenta: La Logia de los Poetas del Grado Cero, resurgirá el diez y siete de noviembre del año tres mil catorce.


Dado en la ciudad del Caballero Industria en el año de la muerte de la poesía.






















Nada me es indiferente pudiendo haber muerto o no existido


Permitid bajo el alba una luciérnaga, una mosca equívoca, y acércate a la luz de mi casa donde el bacanal es sencillo. Ninguna cabeza rueda en el piso. Las jóvenes mujeres neandertales me buscan y su sonrisa de pueblo es una brisa cálida sobre el pequeño promontorio. Venidas de su colosal tristeza  y de terrazas, álamos y parques del domingo se ven elegantes. Nada me es indiferente pudiendo haber muerto o no existido.












La corruptela sonriente se divierte


El idilio prosigue con esta bella mujer negra que tapa sus senos con tapas de coco. Con el colador vegetal hace la harina de su falda blanca, y se mueve, danzando entre los paseantes del teatro de negros.
Entre el boscaje de imbéciles y las garitas de cerveza, las mujeres negras se mueven agitadas como embarcaciones, como pequeñas bollas pesqueras. En la escena, fuera del mito del tiempo, la gasa blanca que cae sobre la cadera de la mujer negra, sigue una huella de tambores, caracoles, faroles y hojas de palma ancha. La corruptela sonriente se divierte coronada en la sombra, en la arista, desde donde los miro.







Es tan sencillo morir como héroe


Una vez, a los siete años, enamorado de una de las niñas afinadas con el cielo y de quien todavía guardo la fisonomía y la sonrisa festiva, sufrí la más honrosa vergüenza. Mi hermano Ricardo me había hecho el primer pantalón que salió de su mano: Faja pasada, tipo beatle, bolsas de jareta, inclinadas, con una media campana en las mangas. En el poliéster esa moda era “salvaje”. Una camisa “Bang Long”.
Emocionado e irreflexivo, como siempre, me dirigí al barbero. “Que te lo corte cebollita”, me había dicho mi madre, mientras balanceaba unas monedas de poca monta que me puso en las manos. El barbero no padeció como yo al terminar el trabajo. Mi sentido civil y mi inocente infancia jamás toleraron la humillación de verme pelón, sabiéndome enamorado. ¡Póngame otra vez el pelo! –Le dije- ¿Y cómo? Me respondió. –Cebollita me dijiste, cebollita te dejé. Esa tarde eterna me escondí detrás del mundo, a hurtadillas intenté llegar a mi casa sin que la carita de mi primera diosa me mirara. Al día siguiente, en la escuela, perseguido por el temor matemático de las risas escolares, trataba de cubrir mi honra con una gorrita que apenas me tapaba el cucurucho. –Jorge Martínez, pase al frente –dijo mi maestra- con una inflexión de fusilamiento. -¡Quítese esa gorra! –Me dijo, mientras paseaba su mano por mi cabeza rapada –Está bien, se mira como un hombrecito. Así deberían andar todos, dijo. Mi pequeña diosa me miraba, inocente de mi sacrificio. Yo era un niño fuerte, mi debilidad era el amor. Es tan sencillo morir como héroe.
















La poesía no existe


Ahora seréis más pobres, hermanos poetas, y no me arrepiento de haberles quitado su mendrugo de poesía. Jamás les vi en el templo de la Comedia, jamás les he visto, jamás estuve ahí, nunca estuvimos. Nunca tuvimos taberna ni bohemia, nunca un jardín, un paseo, un estrechón de manos, un infierno y una copa con hielo. Un cigarro que acabo de encender me llena de júbilo y todo está más claro. La poesía no existe…

















La Musa Muerta


A esta hora los fogoneros deben estar con su cerveza pisoteando una colilla, husmeando en sus bolsillos para pagar la cuenta. Para ninguno existo, ni la lluvia que acaba de azotar las calles. Todo se ha ido de pronto entre las palabras que dije. Pero los fogoneros sueñan con su viaje victorioso, como los pobres poetas soñaron su verso, el perfecto atardecer en que enlazaron sus manos con la musa muerta.















Homenaje a Papiro


Ahora, mientras Mario Gallardo elegía las imágenes para ilustrar su texto Escribir poesía en el país de los imbéciles, sugerí una fotografía en picada de un inodoro en el que se ahogara un libro de poesía.
-¿Qué libro? –Dijo Gustavo.
-Papiro, dijo un audaz muchacho con absoluta inocencia.

















Ser poeta era no tener nada qué decir


Ser poeta era no tener nada qué decir, pero decirlo, decir el aire blanco sopla la ventana, cuando en verdad está soleado. Cardona Bulnes hizo un viaje por la nieve en su carruaje de cochero invisible, pero no salió de Comayagua. Dante inventó el infierno, Huidobro hizo trisas una montaña de brisa. Jaime Sabines, un día inusual, despertó violento, atropelló ángeles y arcángeles y se dio un recreo eterno.












Miles de moscas y hormigas la cubren de vergüenza


Me cansó la poesía y no es una queja. Estoy harto de las mismas cosas, y no es que no me sorprenda, al contrario, me sorprendo cada día. Mi perro sí se queja, llora con un silbido triste como si supiera que algo me sucede. Es esta sensación de hastío, esta oscuridad que no soporto, esta sensación de hastío. Me han cansado los poetas y su aire nauseabundo, su apestosa manera de rumiar otra vez las mismas cosas. ¿Qué hay de nuevo en la poesía? ¿Dónde está la vida? La poesía es una muerta. Miles de moscas y hormigas la cubren de vergüenza.









Te heredaré mis Causas Perdidas

A Denia Mahelin Rivera


Te heredaré mis Causas Perdidas como la primera palabra que escribí sin saber lo que decía. Te heredaré una herida, una estela rojiza, una metáfora elegíaca, una canción vulgar, una leyenda, una fabulilla. Te heredaré mis alas atoradas en el techo, la certeza de que no existe poesía, de que todo es inútil, un mito nacido de otro mito. Ya he roto aquel atardecer y no hallo nada que valga la pena, el poema que escribimos también se ha roto, se deshizo, y ya estoy harto de todo lo que digo. Te heredaré el hastío que con mucha aplicación he interrumpido.







A medio andar voy tumultuoso 

A Giovanni Rodríguez


Una matriz emocional con la imagen de un puente, el intento de ir o regresar a la orilla, una sensación  de orfandad, un desvanecimiento agotado que no concluye en el último respiro prolongado por la espera, porque todo es deriva, promesa rota y desmantelada por la sombra. ¿Qué nombre tiene lo que no ha sido nombrado? Busco ese nombre en la clausura de una puerta, en el afecto, y abro mi casa con desgano, con un poco de rabia y me asaltan ciertos códigos establecidos, imágenes y metáforas relacionadas con una evanescencia. A la deriva, mi voz se esfuerza por mostrarme un asidero en la vida, en la sombra, en la luz, en la muerte, en el silencio; puesto que abro la casa y me encuentro con el típico juego de una vereda particular en mi propia percepción. No puedo establecer prioridades, es decir, una prioridad estricta. La palabra insiste en mostrarme un limbo, una presencia como la sensación de ese trance en que se confunden las márgenes. Soy yo el que ha zozobrado, es mi palabra la que muere, insana, hecha un desastre... Mi facultad egoísta, mi genio para caer como Luzbel en las edades, mi genio para morir con la época…y ya no podré volver, lo juro, ya no podré volver porque me he desprendido de la inocencia, del mito que me sostenía, terrible, con mi enfado, con mi nada, con el sueño en el que rompo, en perfecta gracia, para no caer en otro sueño. Me he abolido. Este es mi día y mi esfuerzo es mayor para mantener el sentido, ya percibo el frenético ruido del mar y voy solo a media muchedumbre, a medio andar voy tumultuoso, desierto, caído en desperdicio…














Me hace falta el silencio


En mi lenguaje mecánico y caído, en mi suicidio literario, en la puesta en escena de mi palabra miserable; no siento necesidad de recurrir a la belleza ni al horror. Todo me es ajeno, caótico, y sólo la palabra llana me acompaña. Fuera de la palabra mi universo se cierra y se dispersa. ¿Qué se hizo todo lo que adiviné como una flor monstruosa? Única y detestable la soledad me cerca y ya no sé cómo nombrarla y, como una paradoja, me hace falta el silencio.













A los náufragos que vuelven


Ya no soy metafísico y mi música a toda costa es polar, caos, violencia, intrépido precedente de la noche; mi único ámbar, mi mes de diez días. He ilustrado un pez en el espejo y, como un santo adolescente, soy más serio y ya no tengo el vicio de rendirme a la memoria, a cualquier culto, a los pobres, al espíritu anciano. Mi educación incompleta y mi afición a los demonios conserva su fiebre. La hierba apesta y sólo escribo a los náufragos que vuelven y a mi hermana en su palafito.














Orfeo duerme


¡Orfeo…!
Veo caer la lluvia sobre el dios invisible y la noticia se esparce sobre los edificios. Me he alineado con Apolo y le he visto disparar el arcabuz. Las mujeres salieron al balcón y el pobre Orfeo, en su teatro griego, era un extranjero en busca de su chica. Lo he averiguado hoy mismo. Orfeo duerme un instante y es feliz mientras reescribo su leyenda.












Un Borges vulgar


En uno de los tantos libros prologados por Jorge Luis Borges leí esta atrocidad. Un pimpante azul llegó a los pies del famoso escritor que compartía su café con un muchacho venido del campo. Conversaron sobre Cartago, sobre el deber y ser veraz y, asombrosamente, el joven captó su atención en una plazoleta donde los rufianes, intrigados, escuchaban como si leyeran un cuento del mismo Borges. Una mujer de veinte y tantos años, un personaje olvidadizo, había llegado horas antes a denunciar la muerte de varios niños al zozobrar el pimpante. Borges no lo sabía, seguía en la plática sin percatarse de la conmoción disimulada de los rufianes. Al ver pasar a la mujer con su vestido rojo, el joven indujo a Borges relatándole la historia. Iba custodiada por tres guardias civiles. Era seguro e injusto su encarcelamiento. Indudablemente aquella mujer era un personaje de Flaubert en tierra extraña. En medio del trajín disimulado, Borges apoyó su pie en un pescante y le dijo vehemente “Hay que ayudarla, no puede ir a la cárcel”.
-Sólo si el diputado gana, le dijo el joven, enganchado en su confianza. -¡Tiene que ganar! dijo un Borges exaltado… ¡De que el Diputado va…Va! La voz de Borges se escuchó hasta el último rincón de la plaza, la mujer se volvió para verle, perpleja, desde la boca de un callejón. En el momento oportuno, el joven había puesto a Borges un amplificador de sonido. Cerca del puerto, en Buenos Aires, jamás habían visto un Borges tan vulgar y verosímil.






















¡Qué nos entierren dignos!


La ciencia y la ignorancia feroz nos dicen adiós, y somos nosotros, los monstruos, los que partimos degollados, sin izar una bandera. ¡Qué nos entierren dignos!















Si no habláis, no tenéis memoria


-Madame si vou plaît, si vou plaît, madame…-El Caballero insistía en el enjambre ruidoso, en el disparate de salón que servía a la escena deshabitada. La dama con su antiguo alhelí descendía por la escalinata, elegante, con ademanes propios del ballet clásico, pero un tono más suaves. En un inesperado movimiento, como en una fábula, subió al andamio equilibrando sus diminutos pies, deslizándose en la pendiente con maestría. En ningún lugar se acunó tanta atención como cuando ella, la delicada dama ancestral, se inclinó de espaldas al vacío, al final del andamio. Su contorsión fue un crepúsculo glorioso, una línea amorosa de continuidad. Al caer su pie en la loza del piso, tres escalones abajo, el enjambre ahogó un ¡Oh! abatido. La dama circuló como una flama, fabulosa, hecha eternidad.
-Comed, Madame –dijo el caballero- si no habláis, no tenéis memoria.
Un silencio ensordecedor se acumuló en el rincón, alrededor de la dama, sin una copa en las manos.


























En medio de la nada


Estoy sepultado. Con la cabeza he golpeado las paredes por si alguien escucha. Mi perro se fue a vivir con la vecina y ya ni ladra. Pobre perro flaco. Por la ventana lo miro, echado, en silencio, blando y solo, dormido.
Hace dos días lo vi contento por última vez con la última ración de arroz que me quedaba. No le gustó, tiró la paila con el hocico y arañó el portón para salirse. Al rato regresó renco y quejoso y ya no volvió a echarse en la caja que le había preparado.  Es el único perro que he tenido y al igual que yo, en medio de la nada, yace sepultado.












Que no me molesten mientras vago


Y bien, ya soy libre, no tengo nada que me ate y a nadie tengo atado. Puedo salirme de mí, caminar y hacer un vuelco. Libre para nada y para morirme de hambre. Tengo tres relojes muertos, magníficos, absolutamente muertos. Cuando llego a la casa siempre es tarde y me echo a dormir sobre mis párrafos. No hay tiempo ya en mis párpados y se abren primaveras, partituras griegas, mujeres de mármol; un sol en Gibraltar y mi silueta subterránea, como una loca, remando. Soy un idiota libre de mí, y sólo quiero que no me molesten mientras vago.








Mi pobre y fea musa


Mi más hermosa musa es la más fea de todas las musas literarias. Renegada, apestosa, apócrifa y sin baño. Sus manos pequeñas y arrugadas son un ramillete de hojas mustias o una pata de gato. No hay erección cuando la veo, no es como las otras. De no haber sido tan fea hubiera sido putita o habría muerto tísica en cualquier esquina del barrio.
Mi pobre y fea musa. Se pone triste cada vez que la regaño. –Bañate, le digo, hacete algo, arreglate el pelo, untate en las uñas un color verde o negro. ¡Perdete de este cuarto!
Yo ya no quiero verla, me da asco su grueso pelo graso, pero no es fácil alejarla; se lanzaría a un barranco. Y quizás eso es lo que quiero. Ver como se estrella, como se hace pedazos, pero tener que recogerla, dar cuentas de sus cosas, guardar su retrato, meterla en un cajón; eso sería absurdo. No puedo, no es mi trabajo.







Siempre despierto


Siempre sueño y en el sueño no estoy tan mal como despierto. Puedo volar, tirarme de una rama. Contestar con claridad cualquier pregunta extraña, caerme a un pozo, llorar, caminar, correr, volver a volar, alejarme, pararme con dignidad; en fin, estar en cualquier lugar y en cualquier cosa. Lo único que no puedo hacer en mi sueño es dejar de despertar. Como todo idiota soñador, siempre despierto. Y ya sé que este poema es un lugar común, y no me importa.














Un hoyo en el centro de la casa


Construiré, antes de morir, una casa pequeña, encalada, con un corredor y cornisas amplias. Pintaré un arlequín posmoderno en una de las paredes, y el comedor será un mesón rústico, con su tazón de flores silvestres. Tendré una sala diminuta, un hoyo en el centro de la casa, tres escalones de loseta, un pedestal, y en el pedestal un libro, y en el libro, mi nada.















The new Bolaño Dixit


Animados con las descripciones del día, con los atardeceres y los libros, con las citas y los paseos campesinos, con la escoba raspando el piso de tierra. Surgida la conversación sobre por qué el caballero talentoso, su peinado, su voz de chihuahueño y el prestigio que pende sobre su cabeza; en fin ¿por qué demonios lava los machetes nuevos en manojos de a nueve? ¿Por qué?  ¿Y si los mitos terminaran? Hay que cortarle las alas al gaznate, olvidarse de los sellos en las páginas y ponerle caracoles virtuales. Olvidarse de los griegos, de sus anos dilatados y sus vergas notables. The new Bolaño Dixit.






Odia este artefacto que antes fue un poema


Sumamente cansado me he dado cuenta que sueño despierto, pero algo ha corrompido mi sueño. Muero en un país sometido a los historiadores, a los profetas poseedores del  mito. Anhelo ser un niño,  ser mi hermano cálido con el que a menudo perezco. He de concluir viejo y montañés como Jean-Baptiste Grenouille antes de su apoteósico retiro. Entonces ofrezco mi danza con otras palabras, con un ojo fiel a esta tierra inocente. También yo me estrellaré sin mácula, y mi cadáver te busca aunque no estés lo suficientemente cerca para reírte de lo que hemos sido. Condúceme, odia este artefacto que antes fue un poema.











Ya no podía volver a la poesía


No había ningún secreto. Al menos eso creía desde que viajaba por las calles, débil de signos, viendo el gesto descompuesto de la gente, los ghettos malolientes. Ya no podía volver a la poesía y no veía a la lluvia como antes. Pero nada es necesario, ni los signos, ni la sombra agónica en que me había convertido. En el sendero desnudo se recomponía el día y ya nada era permanente. Sólo el lenguaje de los charcos, de los talleres y los garajes a los que jamás pensé que volvería.










El amor no me absolverá, ni la belleza


El amor no me absolverá, ni la belleza. Después de destruirlo todo con odioso ahínco, de cabalgar como un loco, de patear mis escritos palabra por palabra, de saltar hasta volverme ciego, dormilón, crepúsculo, o el bufón puesto al frente de la época. No hay apuro en el arte, no hay que morirse ni es necesario ser feliz. A nadie se le acaba el camino, ni la llanura, ni el dominio. Permanecerá la colina en que una vez oficiaste el homenaje, siendo niño, animal, demonio, arquitecto para el lujo. El amor, la condición perfecta en la que fui tentado a la puerilidad, al optimismo infinito, al delirante alimento y la muerte del orgullo, todo, todo se ha venido abajo. Ninguna posibilidad tiene el amor, el sentimiento inocente, el espanto, la soledad. Ninguna posibilidad la muchedumbre. Para mi canto me preparo, para el navajazo final. El amor no me absolverá, ni la belleza.









El designio de haber muerto


Destruirlo todo, que no se recuerde nada, ni la metáfora, ni la infancia. Ser un inventor cuyo punto de partida es la zozobra, un campo de batalla en blanco. Nada hay más digno que comenzar el día con el atroz designio de haber muerto.












Cómo crecen los literatos


Ya de noche, escondidas con humildad mis pertenencias ante la visita distinguida de las mujeres literato, a quienes he atendido con suma cortesía, con delicadeza, tal como procede, después que se han ido, me ha dicho Helen Umaña que le ha gustado mi actitud cordial. Helen lo observa todo con un silencio impecable. Lejos, en la misma noche, John Connolly canta una canción que suena popular.
-¿Quién canta? Me ha preguntado.
–John Connolly.
-Canta bien.
-Sí. Ahora está agradeciéndole a su amigo, a Javier Hernández. Siempre lo menciona.
-Me gusta este retiro.
Mientras busco un lugar donde sentarme, Helen mira hacia la hondonada, esta vez iluminada con una luz leve que la luna le ha dejado a la noche. Ya sentado en una desvencijada silla de tres patas, por la hondonada hemos visto pasar a Délmer López como un extraño buda postmoderno, con enorme mitra de color naranja. La luna se ha sorprendido y le ha enfocado. Al vernos en lo alto, Délmer ha hecho un saludo con la mano. Sin duda va a representar su papel al escenario.
Por el camino de enfrente, los amigos escritores con sentido de culpa han llegado y se han metido por entre los hilos de alambre de púas, a disfrutar la reunión que espontáneamente habíamos creado con Helen.
-¿Y la poesía? –Me ha preguntado uno de ellos.
-Ha muerto.
-¿No puede ser? ¡Yo quiero crecer como literato!
-Era un mito. Es difícil aceptarlo, pero es cierto. A mí, definitivamente, ya no me afecta, lo he descubierto y es más sano. La poesía no es. Era un mito.
Cuando he dicho esto, he observado que Helen me mira, no incrédula, sonriente, como perdonándome el comentario sincero.
Mi hija, que también ha llegado agitada, se ha sentado a mi lado. Después de abrazarla, le he pedido que se ponga mi bufanda verde, que se puede resfriar. Tiempo después, nos hemos ido al espectáculo, a ver  cómo crecen los literatos.



























Lo más distante es lo más cercano


Cuando termine de escribir este extraño y fallido pedazo de memoria, todas mis manías habrán terminado. Esta es la página cien y nada fluye. No tengo nada qué decir, y menos mal que dije “pedazo de memoria” porque hubiera dicho otra porquería.
-Vení, le digo a mi compañera, decime algo para terminar esta última página…
-No sé por qué línea vas, me dice, cerrando la puerta trasera de la casa.
-¿Cómo está vecina? –Pregunta una señora.
-¡Hola! ¿Qué tal?
Todo ha terminado. Hoy saldré a fumarme ese puro Santa Rosa que he pospuesto hace algunos días.
Pero es necesaria una última palabra. Los poetas son predecibles y presuntuosos. Pretenden justificar, mediante el enrarecimiento de la realidad y de las cosas, la intención de crear el mundo. En el fondo, la poesía no trata el asunto de la belleza sino el de la invención. El poeta es el mago imposibilitado para sacar conejos del sombrero. Su vacilación consiste en no poder  mostrar las cosas como son. Su falsa naturaleza, su intención de crear una realidad alterna, distinta, ideal, no es otra cosa que el desvelamiento de una realidad en la que sólo queda en limpio la ingenuidad, la inocencia respecto de la imposibilidad política de transformar. El poeta no crea, sólo inventa un mundo adecuado a su imposibilidad, a su exclusión del mundo real.
La poesía y el poeta son una causa perdida y nada los justifica. Alejados, marginados de la posibilidad real de cambiar el mundo, no les queda otra que refugiarse en un lenguaje falso, en un metalenguaje, en la ambigüedad de vivir procurando las transformaciones cuando estas sólo suceden en la fantasía del lenguaje. Lo más distante es lo más cercano.







Y no siempre nos vemos


Estimados amigos poetas...no los suaves, modernos y estilizados palurdos, sino los absurdos hijos del diluvio y la sombra; los que se lanzan como goterones sobre los cascajos antes de la tormenta. Les invito a una cerveza poética, fresca. No babeamos por la puta muerta, tomamos ron fuerte, ron hondureño, y a veces nos acompañamos con una buena sopa. Nadie puede hacernos burla porque no somos soldados de ningún ejército, y nos hastía el verso, nuestro verso se hizo prosa, malsana y cotidiana, de tabaco y tumbas hechas de periódico. Nos acodamos a veces alrededor de una boina muerta y más encementados que nunca, releemos sin interés todas las crónicas. Pero el buen ron nos reúne y nuevamente volvemos al pozo de fuego, a la cloaca donde nos dan dinero por fingir una normalidad más muerta que la poesía. Como si toda esta mierda fuera cierta. Por encima de nuestras cabezas pasa a veces la fábula del semáforo en rojo, o la luna, o el recuerdo de un cometa. Pero cuando la hora es amarga nos queda una mujer y también el mar a veces. Y no siempre nos vemos.

































Because I love you



I never say today and before,
tomorrow morning, never the people,
nor at night;
in the yellow,
in the blue sky,
in the city cats.

Because I love you.







* Caballo corriendo en el mar. Traducción a la lengua misquita por China Taylor Wood.
* Caballo corriendo en el mar. Traducción a la lengua misquita por Meliza Bodden.