HOMBRE CON SOMBRILLA NEGRA





Te quedás quedito, Cortázar



La manera más absurda de morir era esa. Tratando de devorarse por un instinto o el episodio de una locura venida de improviso. Dos días antes John Connolly me había dicho que ya no aguantaba la miseria en que se encontraba, que la literatura es una mierda, que “ese pijazo de locos entre los que habito día y noche sólo sirven para comerme la razón, para devorarme lo poco de cordura que me queda”. Recuerdo que habíamos coincidido en las afueras de las oficinas de cultura. Un poco agitado sacó su portafolio de cartón donde guardaba sus escritos, lo puso en la banca de loza que estaba en el pasillo y con un poco de nervios soltó el fajillo del portafolio. “Esto es una locura, dijo, esta mierda lo único que dice es que ya estoy loco, estoy topado…pero estoy consciente de ello”. “Espérese, hágase un poco para allá porque esta mierda no se sabe por dónde puede estallar”, dijo, abriendo el portafolio con gran cuidado. Me miró con una sonrisa espantada y alegre, sacó su paquetito de cigarrillos baratos y se puso uno en la boca. Lo encendió y hablaba mordiendo el cigarro mientras iba aflojando el legajo…: “Estos hijos de puta están vivos”, dijo, “Si se salen vamos a tener un cagadal”. “Te quedás quedito, Cortázar”, dijo, sacando tres hojas amarillas en las que se podía ver un escrito garrapateado, con espacios demasiado entrecortados. Con la puntilla de los dedos tomó las hojas y me las puso más cerca para que pudiera ver de qué se trataba. “Mírelo, está vivo el hijueputa de Cortázar, ve, no le miento”. “Y aquí viene el otro cabrón que no me a dejar mentir, mírelo”, dijo, deshaciéndose del primer escrito colocándolo en la loza. Y con suma precaución movió las otras hojas como quien saca un alacrán entre los escombros… “Mírelo, mííííírelooo…azulito el hijueputa de Ezra Pound, loco de remate el hijueputa, mírelo... ¡Peligroso, peligroso, Pound, peligroso porque está loco y sin mota! Así los tengo, amarraditos porque si se salen hay clavo…Y aquí está el otro, mire, a este sí hay que tenerle más cuidado porque aparte de poeta es guerrillero… ¡Mírelo! Si es que se muere por saltar de las hojas…No hijueputa Roque Dalton, te quedás ahí y no me vengás con pendejadas de que la revolución reclama, que ya estás cansado de estar en papeles, te quedás quedito, loco de mierda. ¿Quién te dijo que podías salirte del cuaderno de este loco Poeta del Grado Cero? Te llevó putas cabrón, te llevó putas. Y era cierto, los poetas estaban vivos. Por extraño que parezca, en los dedos con los que sostenía las hojas escritas, entre el índice y el pulgar de la mano izquierda, podía vérsele una mancha roja de sangre viva. No era tinta con la que hubiera escrito, no, era sangre. Yo me hubiera sentido confundido si no hubiera estado antes en la casa de John, donde vivía encerrado en su biblioteca pequeña, rodeado de fotos de Borges, Neruda, Cortázar, Octavio Paz, Beckett, Poe, Dalton, Huidobro, Bioy Casares, Pizarnik, Nicanor Parra; en fin, estaba cercado de escritores con los que pasaba en permanente diálogo. Él mismo les había dado vida, les había inyectado su propia vida. Ya no quería salir de aquel pequeño antro. Tenía miedo de que se pusieran a discutir en su ausencia, de que se pelearan y se fueran, cada quien para otra parte. Cuando iba a salir a comprar café o azúcar, a la pulpería de la vuelta, le ponía seguro al cerrojo después de advertirles: “Se quedan tranquilos, locos hijos de puta. No quiero volver y encontrar un gran vergueo o escuchar quejas de los vecinos de que se están agarrando a verga”. Y ahí los dejaba encerrados. 


Hombre con sombrilla negra


Nací en un pueblo de burdeles. Podría ver a la gente caminando en la noche con su paquete de arrogancia bajo el brazo, hecho sangre, brutal encierro en las bartolinas y el humo y el hedor de aquel río donde todos los perros caían empujados por un bruto sucio hablando un inglés recién inventado. Cualquiera me hubiera visto a gatas, panzón y lampiño de las rodillas flacas. Había un tiroteo cada noche, un degollado, un silencio roto por un gallo al galope como un caballo fantasma. Pero igual de día, un espanto, y las risas en el mercado confundían el cortejo fúnebre. Todo era una sorda risa apagándose o caminar por aquel abismo sostenido de una tabla. A gatas mirando el precipicio, mareado y con náuseas. Colochos de oro cayendo en las manos de un viejo minero venido a menos o a ladrón afortunado. Encender con un billete valioso un cigarrillo era cosa de niños. Botellas estrellándose contra las paredes pintarrajeadas como la boca de las putas. Un niño en los hombros de un muchacho citadino camino al burdel más famoso. El enorme callejón solitario y oscuro antes de llegar al pasillo de puerta ancha y los cuartos en ristre a uno y otro lado, lejos del salón de baile. Las putas no besan en la boca, las putas preguntan “Vas a ir al cuarto? Cinco pesos". Y el niño mirando desde la puerta ancha. Aquí se está, ya voy a salir.

Todo luces los borrachos cantando sus estúpidas risas y escupitajos bajo la mesa. La mujer gorda y negra tiene nombre de bestia o filósofo. No baila y fuma, cobra y mira a las otras putas con desdén. La noche es demasiado oscura por aquella calle donde los enormes furgones de minerales se estacionan para deleite de una mujerzuela que coge siete veces al día sólo por la noche. Tencha le dicen y es flaca y sonríe bonito, de lado, como cerrando un ojo y moviendo la cabeza invitando por encima del hombro. Más acá, en este lado hace frío, la puta se acerca y me mira de arriba abajo y me toca la carita y me toma de la mano y los güevitos ummm… ¿Viene a pisar cosita… tiene los cinco pesos? Y se va botando el humo por la nariz y la boca… La casa de alto tiene un hombre altísimo encima del techo y los ojos casi no se le miran, pero son dos brasitas rojitas rojitas que se pierden cuando salgo corriendo para no mirar nada, nunca lo he visto pero lo he visto estirarse por arriba de la casa con su traje negro. Ahí está y otra vez caminando a gatas por el enorme precipicio, sobre la tabla verde llena de veneno. El veneno corre por debajo de las tablas del abismo, abajo el arroyo lleva su agua hasta el puente donde sale la vieja gritando. Nadie pasa por ahí a medianoche.

Adentro la música sale hueca y el disco rayado repite la misma palabra cuando la vieja gorda pasa meciendo su enorme trasero en mitad del salón hasta abrir la tapa de la rockola. El chasquido ondulante del disco se cuela por debajo de las cortinas y el hedor a cerveza. Allá va uno con una sombrilla negra por el camino donde vinimos y él todavía adentro con la puta chaparrita.

Ya veniste, le dijeron cuando llegó, mostrando los dientes. Puso las cosas y me subió en los hombros para ir a caminar. Lento en la calle los colores de las casas alargadas y las puertas abiertas de par en par con sus mujeres de vestidos cortos con música por todas partes. Vení rápido le dijeron y el niño riendo agarrado de un penacho. La mujerzuela salía de un callejón empedrado arreglándose la falda y viraba a la derecha hacia el lado de los camiones. Ebrios ambulando y la brisa empezando a sentirse un poco fría en la cara. Más solitaria era esa otra calle frente a la iglesia cerrada por donde empezaba el camino del hombre con su sombrilla negra. ¿Tiene miedo? me dijo él cuando salió, seguido por la chaparrita sonriente. No luande trayendo usté, le dijo ella, se dio la vuelta y se fue. Fui a pisar mami le dije y me dio la pescozada.



EL DICTADOR

I
 
Cuando derribaron la puerta, el dictador seguía ahí.
 
 
II
 
 
Esa tarde se le agolparon las ideas, todas juntas: las guerras, el poder, el sobrante de los pensamientos a la deriva, el viaje en el tren, el amplio salón militar, la locura. El farfullo de tres voces entre las que no encontraba la suya. “Todo está claro”, escuchó decir. Y se sentó sobre la bacinica que recordaba como "trono".
“Si un día soñamos los tres al mismo tiempo,  ¿quién despertará primero?”, escuchó que dijo alguien, y se levantó. Por las opacas ventanas comenzó a colarse un enjambre. “No estás loco”, exclamó otro, mientras intentaba arrancar un extraño insecto que deambulaba en su cabeza, pero sus manos atadas con las mangas de la camisa se lo impidieron. “La locura es lo más serio”, volvió a decir la voz, y se desplomó exhausto. Jamás había pensado tantas veces en tan poco tiempo.
 
  
III
 
Echado, recordó el aparatoso movimiento del Tribunal Supremo Electoral, los invitados, todos pagados, habían llegado con carácter de observadores. Las cámaras apuntaban hacia él, sentado al fondo, en un sillón similar al presidencial. Una anciana tambaleante se movía entre el gentío aglomerado contra las urnas colocadas en serie. Es una dulce viejecita, decía el presentador anónimo, detrás de la cámara.
 
Observó todo desde la sala dispuesta para el espectáculo y le inquirió de reojo a su asesor militar.
 — ¿No es demasiada la actuación?
—No, señor presidente, sólo es efecto visual, el resultado será el mismo.
—Lamento que la legitimidad de mi gobierno descanse en una viejita —dijo, mordiendo las palabras—. En fin, las elecciones no dejan de ser incómodas.
—Los votos son sólo sentido común, presidente, no le hacen daño a nadie.
—Preservar el poder—dijo, poniéndose de pie. El cristal de la ventana retornó su imagen con el pecho lleno de flecos y charreteras.
 
  
IV
 
  
Esa noche enfermó. Se miró al espejo, molesto por no haber hecho nada memorable. Todo le resultaba falso, hasta su sonrisa en el reflejo. Frente a sus ojos, pasó su infancia llena de complacencia sin piedad, vacua y pueril.
 
Aquel era su destino, el odio público.
 
Con todo, encontró orgullo en una patria falaz. Por un momento deseó tener dieciséis años y se vio saliendo del cine con su padre, después de ver a John Wayne y la rapidez de sus pistolas. 
 
En la enorme sala del palacio presidencial en el que se había establecido por la fuerza, comenzó a escucharse una musiquilla chillona, disonante con los majestuosos muebles traídos de Nueva Orleáns. Aún de pie recordó que su padre le tironeó las orejas al salir. 
 
 
V
 
 
Enfermó de miedo. Volvió a pensar que no había hecho nada memorable. “El olvido es la peor mortaja”, se dijo con amargura. Recordó con lucidez la plática que tuvo con el comandante del ejército. “Un país cabe en un puño”, le escuchó decir. El dictador levantó el puño y vio cómo temblaba. Quizás, con cada estremecimiento, se le escapaba un trozo más que aquella tierra ingrata.
 
En el corredor retumbaron los pasos del pelotón militar que se apostaba frente a su puerta. 

“Hay patrias mejores que ésta”, se dijo. Y temblando, miró el revolver sobre la mesita de noche.





PERRO CARNICERO


Escribir con una mano no es fácil 


You gotta be crazy, you gotta have a real need. 

Pink Floyd 



Dogs



Perro carnicero, hocico atrapado en la densa lengua de algas que sabías escoger cuando pasaba solito, sin ninguna mano. Lo hubiera perdido todo, el sueño, el castillo de alas delgadas que columpiaba cuando desde atrás me mandaban a tirarte un pedazo de tortillas de ayer. Sin mañana, sin nada, caminaba solito, despacio frente a toda esa claridad en que nadie era más grande que tu bocota fofa. Los pasos también daba temor andar de lado por no topar con una corriente de aire que raspa y me caí y ahí estabas asustado de dientes pelados con mi mano metida en la trompa, negro rugido y gritos hacia adentro del estómago sin decir nada. Ay era mucho ni lágrimas sólo el enorme agujero negro en que caía de bruces escuchando enormes latidos despacio ligero en aturdidas náuseas que nunca supieron recibirme y la abuela lejos con su cabecita blanca llorona más madre muerta de hijas e hijos rotos del hueso de la pierna y otra vez ay era poca cosa sufrir ¡Mamá! Quise decir y era absurdo sólo tú y yo solos y yo muriendo debajo de tu pata roñosa era un hijito flaco muriendo con orines en la cama y no sabía nada por qué corría cuando los miraba ya grandes aunque cachorros maldito perro me asustaste la vida y he muerto varias veces y oportunidades miles se fueron quien sabe paronde sólo porque ahí estabas echado en la acera negro rugiendo cerca del billar donde todos reían con sus bolas chocando en las bandas y me miraban triste y pequeñísimo grano de azúcar en la lengüita nunca lo hubiera dicho sino hasta ahora con un solo peldaño por andar por arrancarme la mano y te la comieras de un solo bocado para siempre aunque no hubiera visto nada, sólo sentir el dolor amarillo tendón hecho hilachas chorreando a la carrera para la casa con un pujido en medio de los ojos estropeado pequeñín que no sabe quien lo mira y se burla nadie se acercó yo solo tiraba y tiraba y vos apretando las jachas y mi mano ay Dios mi mano partida y su huesito blanco chasquito y mamita en la cama también hueso roto y mi hermanito también hueso roto y todos carne rosada todos lejos con su bracito partido y vos dientes hocicos patas y garras con pelos sobre la cara de ojos hastiados de mirar sin poder abrir la boca para soltar nada se suelta de la oscura trompa de un perro que muerde asustado ¡Hey, perro pendejo soltá al cipote! Dijeron y leñazos en la trompa y a correr con el cipote en brazos para que no se desangre. Todos salieron y dejaron de reirse cuando la cosa es seria no es broma y al perro amarrado para la Comandancia. No tiene rabia dijo el sargento, pero hay que matar a ese hijueputa. Un tiro para vos no era mal ya viejo y echado como estabas era un regalo para morir heróico con este recuerdo que nunca se borra y sigue y no se sabe hasta cuándo escribir con una mano no es fácil bajar la mirada o acelerar el paso ¡Cuidado Perro Bravo! Todo tiene su precio y ninguno una estatua por atacar en la calle. Ya entiendo tu miedo es natural en todos los puntos instintivo rugir tranquilo o esperando un pedazo de tortilla después de una patada o andá pa´fuera y la mirada torva humillada produce tristeza y tensión intranquila más hambre y sin fuerzas eso es todo. Ningún animal en mi casa menos perros de mierda que se cagan en todas partes y la mierda pegada en el zapato apesta en cualquier lado ¿Pero no muerde? No. Pase, no tenga miedo, si es mansito, perro que ladra no muerde cuidado con los que están echados y sólo ven para arriba sin ningún ruido bonitos son tiernos pero a la perra recién parida que nadie se le acerque porque es capaz de hartarse a cualquiera. Aquel otro era bueno cuando atajó al ladrón que se llevaba un reloj de mesa y nadie lo miraba sólo Regalito saltando en el momento que metía la mano en la vitrina y ¡zas! Atrapado el cabrón, no si son buenos a veces y muchos hasta parecen gente pero quien va a saber porque una cosa es cuidar y otra que te pongan cagado los perros y no sabés por qué pero ¿los has escuchado cuando gritan después que les han echado manteca hirviendo en el lomo y salen llorando lamentablemente por un camino tan lejano y largo hacia donde nadie los mira? Y gritan y lloran y da lástima ese lamento en la noche y los gatos te vuelven loco cuando aparecen y nadie te habla no valés nada. La luna las estrellas algo tiene a veces el olor a perra es rico perrita olorosa volar viene el otro perro y cuando te sale una manada de perros y andás fuera de tu sitio a meter la cola entre las patas humillado otra vez a pelar los dientes y el pelo erizado peligroso momento el de los gatos revueltos o por error llegar a sitios de perros más grandes no peliés perras no vale la pena sólo cuando es fácil o la sarna es lo peor qué azco ¿Y llegar a viejo? Sin dientes, sólo soplar en vez de ladrar oler el el culo de otro perro que caga esta mierda es fea pensar son así, no hay de otra no tienen alma sólo un gruñido y qué triste es escucharlos y se va el llanto y el ladrido lamentable como en esa canción de Pink Floyd que siempre te gusta Animals se llama el álbum, Dogs la canción y aparece un ladrido de efectos que buen disco se siente lástima por los animales y otra vez estás ahí tiernito como un peluche negro suavecito y los gatos juegan con una bolita son lindos también pero vos quedito mamando la teta de la perra tu madre y ella vigilante y tu otro hermanito con manchitas blancas en orejas y patas ¡Qué lindo! Llorar otra vez por hambre nadie sabe lo que se siente en medio de las patas de la madre que se abre para mamar qué rico calorcito seguro y los dientitos blancos y la pata pesada en tu lomo es seguro todo y que nadie se acerque que brava la madre cuidando sus perritos son bonitops yo quiero uno aquel es mío este otro negro es bravo desde chiquito el de manchas es bonito pero el negro es bravo y ahí vas creciendo a diario amarrado con correa de cuero en el pescuezo amarrado para que se haga bravo déle chile que es bueno se hacen ¡Jum! para qué le digo, y vos con el hocico ardiente del chile hijos de puta que son unos pendejos te enseñan a ladrar y a mostrar los dientes pelados y gruñir es bueno ¿Y un arañazo de gato en la nariz negra y helada de la noche? Arde más todo el mundo lo sabe vos no mordés porque se te antoja vos mordés por miedo y ya estabas viejo ahora lo sé te miro echado tranquilo con la cabeza ladeada y levantada mirando a la calle como siempre los niños pasaban o jugaban cerca de sus mables y nada pasaba yo no tenía miedo sólo precaución porque no hay que descuidarse pero esa vez regañado y a güevos tener que hacer el mandado y el frío de la tarde caminaba mirando parotro lado temblando las quijadas y por dar un paso arriba se traba el zapato y yo con las manos atrás solito cipote cayendo y vos sin poder hacer nada del miedo abriendo la boca último ataque antes del tiro del 22 que te dio el sargento atrás de la Comandancia. Llévenselo a tirarlo al Cianuro dijeron yo no lo oí, me lo contaron, pero de todos modos te cagaste en mi vida perro de mierda.