miércoles, 19 de octubre de 2016

Célibes dioses pordioseros




Por Jorge Martínez Mejía




Siempre hay un infierno en cada paraíso.

Hay un infierno que nos llama, que acaricia desde su órbita, de lejos.

¿Nos quedaríamos indiferentes si en verdad la vida fuera en ello?

Digamos en la tumba. Digamos que nuestro amor a las palabras se dilapidara solo por afán del puto cuerpo.


La gran dicha del poeta muerto es estar vivo en los periódicos.

¿No quedamos en que la alabanza es una mierda?

¿No quedamos, separados de todo, fungiendo al final como verdaderos ángeles caídos, junto a Rimbaud o Baudelaire, o el mismito Lautréamont transmutado en Papasquiaro, en que es preferible quedar ciegos de palabras antes que vernos como célibes dioses pordioseros?

Y debés saber, vos, hijo de puta, vos, el pordiosero, que más valía no haber dicho nada, no haber creído en la poesía, que el cielo es azul porque lo hemos establecido.

Una hoja filosa también para vos, hijo de puta, ternura de la crápula.

Una hoja crujiente para tu catedral de mierda.


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Imagen de Jese Pickman, de la serie

Breaking Bad

martes, 18 de octubre de 2016

Tres maneras de decir ¡Maldición!





Imagen de Yorch Martínez








Por Jorge Martínez Mejía





En este país donde la literatura no existe, yo fui el escritor que cometió todos los errores. Me hubiera gustado imaginarlo mejor, construir personajes capaces de vivir de verdad, de mover el cimiento al mejor crítico, es decir, crear una vida en la literatura, pero eso no fue posible. Mi mayor error fue imaginarme como escritor, creer que era capaz de escribir algo artístico, valioso.

No me pasó lo de Montano, en la novela de Vila Matas, no fue miedo a imaginar ni a escribir.

Otro error fue creer, después de echarme el cuento de escritor, que la literatura es un invento inútil.

En fin, me hubiera gustado contar una historia imaginaria que lograra instalarse en la vida como algo vivo. Un relato real, como una nota periodística de un suceso verdadero que lograra filtrarse en la vida con autonomía. Que se escamoteara entre las librerías y espantara la modorra de esos viejos lectores especializados, institucionalizados en las letras y los libros. No una broma ni un chiste de relato, algo fuerte, verdadero. Sin embargo, me di cuenta de mi débil imaginación y opté por vivir primero, para después contar algo de lo que tuviera pleno dominio. Una historia real.

Cuando le mencioné a Hernán Antonio Bermudez de  mi proyecto, se detuvo un rato y me encomió no seguir cometiendo los mismos errores del pasado. Algo así como «Usted no está obligado a ser el cronista de ninguna historia». Yo traté de defender mi idea, pero él solo se encogió de hombros y se fue, con verdadera cara de desencanto.

Al final me di cuenta que no podía construir mi historia pensando en los lectores, así es que decidí irme a vivir a Tegucigalpa para cambiar el escenario de mis tristes días. 

Entonces, comienzo este trabajo aclarando que se trata de un relato de tres vidas que fluyeron y chocaron solo para hacerse daño.

El primero es un joven fotógrafo croata que llegó a las costas de Norteamérica en una rutina de trabajo. La segunda es una bella mujer hondureña, que también bajaba del mismo barco en su última noche en el Luisiana Blues. El tercero es un amigo de la segunda, un hondureño solitario con un trabonazo en el alma. El último soy yo. Las tres historias corresponden a personajes reales que se encontraron en distintas situaciones, tal vez inconexas, pero que finalmente concluyen trágicamente. Y aunque quise aferrarme a la idea de construir una historia real, la verdad es que, al final, la ficción salió ganando. No pude sostenerme en un lenguaje sobrio porque mi origen es la poesía, género al que renuncié por incompetencia. Y debo reconocerlo olímpicamente, la poesía me cansó, la literatura misma me cansó y por eso la renuncia al intento de ficcionar. Vivir la historia para que la historia penetre en la literatura y la acomode, aunque ella se retuerza y termine triunfando, al menos que le cueste. 

También, en esta misma historia pude dar cuenta de mí mismo, reinventándome, ya que en otra novela había muerto en un incendio, pues en esta resucité. Soy un personaje que deambula en cada uno de mis libros.

Finalmente, quisiera confesar que siempre he sobrestimado mis propias capacidades, que si bien es cierto he recibido aplausos en algunas ocasiones, mi nombre no figura para nada en el concierto de las tristes letras de este pobre país iletrado. Espero que este continuo comportamiento de megalomanía no afecte el interés del lector. Es cierto que siempre he creído que mi intelecto y mi fuerza física son levemente superiores al común, pero no tengo delirios de grandeza, solo se trata de que no puedo salirme de mis propias historias.







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Fragmento de la novela Tres maneras de decir ¡Maldición!







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martes, 4 de octubre de 2016

Amante diluviana







Rene Magritte, El Castillo


Por Jorge Martínez Mejía



Mi amorosa amante diluviana trae su resplandor por la mañana. Esta no es la capital de ningún país, es la capital de las ventanas. Con astucia me deslizo entre amasijos de signos blandos, cómicos y horribles. Ayer abrieron de tajo la calle del Guanacaste y se pudo ver la tripa pública y las piedras negras en el corte.


La atractiva hediondez era perfecta. En la notable incisión rectangular, pactados por cultos expatriados y apátridas nativos, podían verse trampas, caparazones, fábricas de alambre, caramelos de leche falsa, rieles de oro de futuros tranvías, limusinas y vertiginosos mazazos en la nuca.


Un viejo trabajador, sin guantes y sin nada, atado a una enorme y gruesa cuerda, atizaba la oscura ratonera:


–¡Dale duro, dale, dale, dale, dale! ¡Que salga la puta, que salga de una vez por todas!

–¡Más duro, más a fondo! ¡Más, más más…!

–¡Ahí, ahí está…más a la derecha, un poco más a la derecha y basta!


En el vergonzoso sol de estas mañanas, mi amorosa amante diluviana, mi puta patria, apenas puede soñarse como una sórdida roca sepultada.


–¡Te dije que ya estuvo!



En fin, sé que a nadie gustará mi pobre, vieja y puta patria, y no me interesa. Todos querrán a una joven mujer bella. Yo solo miro la enorme roca negra, sangrante, colgada de los garfios.
















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