martes, 6 de septiembre de 2016

SUBIR NO CUESTA NADA



Mister K.






Por Jorge Martínez Mejía



—¡Me obligaron a subir, me obligaron a subir el muro!— gritaba, desde la profundidad de la almohada, refundido en su sueño, el famoso personaje literario Mister K. El dilema surgió cuando un lector despabilado se dio cuenta de su falsedad, no era real, era excesivamente amable y en ocasiones tomaba decisiones contrarias al libreto que el autor le había asignado. No obstante, en el mundo de la literatura, Mister K. era convincente, vivía su vida disgustado con el mundo, su cólera, su furia y su desatino eran imposibles de prever; en fin, se trataba de un personaje convincente, mal educado, bocón, irreverente, a veces sucio, incluso alguien llegó a tildarlo de soberbio, de repugnantemente altivo. En ese tiempo Mister K. desarrolló pensamientos de crítico literario y comenzó cuestionando su propia obra, es decir, comenzó con los libros en los que aparecía como personaje. Era irreverente su barba de barrabás y su mentón de Mick Jagger, sus ademanes Fredy Mércury, suavisados al inicio y enfurecidos en el acto final. Era indiscutible su liderazgo intelectual, antinarrativista, antitrama, anticonstructivista; su visión era la impertinencia lúdica, la línea escueta, la insinuación, la transgenerización literaria; en fin, la actitud dominante del autor. Su liderazgo visual, su temperamento abatido al exceso, su mano colocada en la frente, en absoluto secreto (era ese, casualmente, el ademán preferido por el pintor ruso Yury Yurkievich, el único que quizás desembuchó la verdadera identidad de Mistar K. como le llamaba, al pintarlo en un pequeño mural coloreado en papel de envolver pan, finamente trazado y sostenido en suaves tonos rosas y azules, el que mantenía guindado en su vieja habitación, un tugurio del antiguo Barrio Cabañas, en la desbaratada ciudad de San Pedro Sula).

Fue ese mural el que el avezado lector observó cuidadosamente en el tercer libro del escritor hondureño Darío Cálix. Mister K. fue visto huyendo precipitadamente, saltando un muro en la 15 Avenida del Barrio Cabañas, y su aspecto amedrentado delataba la falsedad de su hombría, sólo conocida en irreprochables relatos urbanos.

—¡Me obligan, me obligan a subir el muro!— escribió Yury Yurkievich en la base de su pequeño mural. 


“Subir no cuesta nada”…lo tituló.


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