jueves, 29 de septiembre de 2016

Amémonos en el nirvana Clásico





Imagen de Tim Lookingbill, bread





Por Jorge Martínez Mejía




Amorosa 1.

Amémonos en el nirvana clásico. En el laberinto del andamio, en el buitre, en la filatelia de mi casita de ambos, en sus risos, en el giratorio baúl de la tierra que amamos.

Seamos esta noche otra vez ambos, y cojamos y cojamos para que la primavera venga, usted riegue a la triste plantita que casi se muere y yo iré al polígono de tiro por un revólver para asesinar el espanto.

Amorosa 1.

Esta vez descargué la música de viejos revolucionarios quemados. Construí con saña una antigua pieza que me hacía falta para entender por qué Tegucigalpa se muere de tráfico. Hoy apunté hacia afuera y el universo sigue como un tonto esperando.

Amorosa 1.

Amémonos, seamos kamikases, lazos perfectos para iluminar el devastado cielo estrellado.

Toda la noche hemos pasado de un pensamiento al otro, y ahora, empezaremos, de un abrazo a un beso, y luego a empezar de nuevo, hay que transmitir, desde la sangre de esas viejas radios con las que nos desvelamos.


Amorosa 1.

No me pregunte por qué estamos como locos, encima de los árboles, untados sobre un pan de artesanos...

Hoy otra vez nos amamos, y esta vieja agenda pide trincheras, y nosotros solo sabemos amarnos.



miércoles, 21 de septiembre de 2016

Puto país




Imagen de Félix Gonfaus: Borrachos desheredados








Por Jorge Martínez Mejía




Vos no venís de chinos ni de hippies ni de hindúes ni de precipitadas portaviandas madrileñas; ni de greñas viejas, ni de golpes en la nuca, ni de blandos occipucios y débiles espinas dorsales.

Puto país, no venís de ahí. No venís.

No te busqués en bellos naranjales rojos, ni en parras de abundantes tomates, ni en las encendidas mechas de los uvales.

Vos sos un puto país de manos anchas, de encallecidas mujeres y chamuscadas orillas de nadie.

Nadie te quiere, ni la desorbitada niña que juega, sin cabeza, con su muñeca de trapo.

Ni el mismo maíz, ni la chatarra que arrastrás como un harapo.

Sos un puto país para los cerdos, para el aguacero muerto. Ni los cuarenta y cinco mil kilómetros de viento que te arrancan cada vez que quieren de tu sillita y vas patrás, patrás, patrás, hasta caerte.

Todo te desangra las lágrimas.


Ni el control remoto de la estúpida poesía se detiene a mirar tu inútil boca fría, muerta, brutalmente asesinada y huérfana.












































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martes, 6 de septiembre de 2016

SUBIR NO CUESTA NADA



Mister K.






Por Jorge Martínez Mejía



—¡Me obligaron a subir, me obligaron a subir el muro!— gritaba, desde la profundidad de la almohada, refundido en su sueño, el famoso personaje literario Mister K. El dilema surgió cuando un lector despabilado se dio cuenta de su falsedad, no era real, era excesivamente amable y en ocasiones tomaba decisiones contrarias al libreto que el autor le había asignado. No obstante, en el mundo de la literatura, Mister K. era convincente, vivía su vida disgustado con el mundo, su cólera, su furia y su desatino eran imposibles de prever; en fin, se trataba de un personaje convincente, mal educado, bocón, irreverente, a veces sucio, incluso alguien llegó a tildarlo de soberbio, de repugnantemente altivo. En ese tiempo Mister K. desarrolló pensamientos de crítico literario y comenzó cuestionando su propia obra, es decir, comenzó con los libros en los que aparecía como personaje. Era irreverente su barba de barrabás y su mentón de Mick Jagger, sus ademanes Fredy Mércury, suavisados al inicio y enfurecidos en el acto final. Era indiscutible su liderazgo intelectual, antinarrativista, antitrama, anticonstructivista; su visión era la impertinencia lúdica, la línea escueta, la insinuación, la transgenerización literaria; en fin, la actitud dominante del autor. Su liderazgo visual, su temperamento abatido al exceso, su mano colocada en la frente, en absoluto secreto (era ese, casualmente, el ademán preferido por el pintor ruso Yury Yurkievich, el único que quizás desembuchó la verdadera identidad de Mistar K. como le llamaba, al pintarlo en un pequeño mural coloreado en papel de envolver pan, finamente trazado y sostenido en suaves tonos rosas y azules, el que mantenía guindado en su vieja habitación, un tugurio del antiguo Barrio Cabañas, en la desbaratada ciudad de San Pedro Sula).

Fue ese mural el que el avezado lector observó cuidadosamente en el tercer libro del escritor hondureño Darío Cálix. Mister K. fue visto huyendo precipitadamente, saltando un muro en la 15 Avenida del Barrio Cabañas, y su aspecto amedrentado delataba la falsedad de su hombría, sólo conocida en irreprochables relatos urbanos.

—¡Me obligan, me obligan a subir el muro!— escribió Yury Yurkievich en la base de su pequeño mural. 


“Subir no cuesta nada”…lo tituló.