miércoles, 28 de octubre de 2015

MISTER K.


Darío Cálix, míster K.


Por Jorge Martínez Mejía

 

Todos los días, después de despertarse y cepillar sus dientes, míster K. va hacia su auto, se hunde en él, lo enciende, y enciende su puto día. Todos los días pasa por la misma calle hacia su trabajo recordando que es el mismo día. Lleva consigo su rabiosa cerveza de la noche anterior y al beber un sorbo registra el sabor del óxido de una lata fabricada en un horno de esta ciudad del infierno. Puede ser una ciudad nacida en la guerra —piensa— en la guerra de las tres de la reciente madrugada. El pequeño carrito sigue su curso normal —¿verdad míster K? No se aparece ninguna patrulla. El afortunado olor a gasolina húmeda es lindo al respirar y el asfalto sigue limpio y recién llovido. Al estacionarse, míster K. siente entre las piernas su triste juguete abusado al máximo, en el sudor. Sabe que huele a esa mujer de pelo negro y largo y el sonido del ascensor lo devuelve a la realidad de su barba turbia. Todo parece real, hasta ahora.

Míster K. se mira al espejo, todo es normal. Está escrito en un solo movimiento de tango. La máquina traga personas lo sabe. Míster K. mete su tarjeta de control de trabajo en la ranura y el mecanismo de control refleja su cara seca en la pantalla azul. Su paso, al entrar a la oficina, lleva ese antiguo ritmo en la sangre. Es el último míster  K. entrando a la puta ciudad. Antes de sentarse en su silla de fibra, míster K. corre con sus dedos blancos la cortinilla…y allí está la ciudad, vigilante, mirando al último hijo de puta míster K.

 

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Darío Cálix, míster K. no solo es un autor y un personaje. Es un autor usando el material de su vida en su obra. Quizás no pretenda ser el más irreverente de un grupo que ha apostado todo para su propia obra, quizás sólo defiende la posibilidad de contar su vida, de testimoniar su vida. Nadie aquí comprenderá, ni él mismo tal vez, el origen de ese afán de mostrar cierta violencia que subyace en su obra…no por la escatología del lenguaje, ni la nutrida incomprensión de su vida, sino por la naturaleza misma de una historia signada por el dolor que el autor trata de reconstruir sin importarle hasta qué punto alguien hunde una daga de la que se siente víctima y victimario.

Darío Cálix, Mister K. no intenta ser líder de ninguna oleada literaria, su obra nace de manera natural. No defiende nada, no le apuesta a nada. Darío Cálix, Míster K., apesta a sin sabor ideológico, corre sin prisa, sin ofrecer paisajes ni postales. Más bien pareciera que su estética radica en cierta inmoralidad, en cierto cultivo de maldad, de imperfección, porque ¿a quién se le ocurriría dejar clavado a un niño en las estacas de hierro de una iglesia solo para mostrar sus huellas dactilares de homicida? Hay algo que irrumpe, que se proclama en atrocidad para el deleite del lector, porque algo se hunde en la ficción del relato, una vocación para sondear en la perversidad de sí mismo. Se trata de observar en el acto maligno una indolencia de la conciencia del lector.

Hay una esencial y verdadera perdición del alma, si por alma entendemos la voluntad de conexión humana. No es humor negro, ni hilaridad, ningún divertimento, no es ningún chiste. Se trata de un sondeo a fondo de la perversidad.

A pesar de todo, de la estructura en distintos fragmentos, de su jovialidad; Darío Cálix, Míster K. nos invita a escondernos en su individualidad, en su interior de hombre extraviado en el dolor. No hay base racional que defienda su postura moral de dormir abrazado a una pierna muerta, o que sea un cadáver bailando un último tango.

Yo lo he visto, Míster K., sudando obscenamente en esta puta ciudad del infierno, toda ella dándole la espalda, echándose a reír detrás de Usted. Yo lo he visto Míster K., desconfiando de sí mismo, de su memoria y de su trago, lo he visto echarse en su sombra, con dos o tres inservibles palabras para intentar recuperar su miserable vida.

 

 

 

 

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