martes, 7 de enero de 2014

Una muestra de Las Causas Perdidas, de Jorge Martínez Mejía

...
 
 



 

Las causas perdidas es una de las producciones literarias que marcan una definitiva ruptura en la nueva poesía hondureña. Se trata de una colección de poemas en prosa con carácter auto testimonial del poeta Jorge Martínez Mejía.

En Las causas perdidas, ha realizado un giro radical en la construcción de su poesía en relación a su obra anterior Papiro, pero sigue siendo oscura cuando es más íntima, más dolorosa; y un poco transparente y coloquial cuando se acerca a lo cotidiano. Más cercano ahora a la biografía urbana, a la vitalidad poética de su entorno. Una nueva faceta de una de las voces poéticas más importantes de Honduras en  los últimos tiempos. 

  

LAS CAUSAS PERDIDAS

  

Quiero vivir como si mi tiempo fuese ilimitado. Quiero recogerme, retirarme de las ocupaciones efímeras. Pero escucho voces, voces benévolas, pasos que se aproximan y mis puertas se abren.

 
Rilke

 

 


Desnuda otra vez

 

Tal vez ahora en la ola naranja, sin la huella nórdica, sin el nombre, sin la sombra,  desnuda otra vez; miles de pájaros y jardines diminutos atraviesan un bosque. No será claro el deshielo, la terraza y el atuendo blanco sobre tus pasos. Alzabas una joya desde el suelo. Las hojas vecinas, la arena, el gigante amarillo cerrando un ojo a la noche, tu labio. Un dolor desde el tiránico esternón del sueño, las peregrinaciones hacia el mar. Mi Princesa, tú me andas perdido y dulcemente me desdicho a tu hora.

 

Persiana gris

 

La espléndida rata besa mi persiana gris, mi tumba. Para mi orgullo murmuro una caricia, una lluvia que se alza mil veces maldita. Nadie vino a este sitio a saborear la cólera. Reclamo para la vida una hoja filosa, una línea trazada en sigilo por los siglos, una hoja filosa. Un canto a la esclusa me haría bien a esta hora hecha para la deformidad, para el lujo, para el vaho sinuoso de los poetas y los muertos. Una hoja filosa también, Princesa mía, para el amor.


Te lo digo trigo

 
No escucharé mi voz y tardaré cientos de aves y bohemios tras la desnuda bóveda. Te lo digo trigo, en la senda del día mi paso sobre la hierba sin otro afán que el viento soñador, fresco. La nada, con su vespón feliz; por fin sacra, sin idea, viéndome venir desde mis pies a mis brazos. Y todo por aquella ternura que una vez bebimos, muertos e infinitos. Mi Princesa, lejos entonces.

 

 Un zapatazo en el pecho

  

En la boca un susurro tibio antes del beso, un cielo ocre con orla y árboles para volver a besarte. Y te escuchaba cerca, también lejos, pero cerca. Me iba en mi zapato con agujero ideal, negro. Y sobre el muro, para sentirte, desgranaba un verso de Becket, un zapatazo en el pecho, un timochenko. En medio de las sombras, Princesa, rimaba tu nombre, riéndome, muerta para mí.

 

Sólo es alta mi voz, no la poesía

 

Princesa mía, una noche sin odio. Una noche, la luciérnaga y su furia en un rosal debajo de las hojas. Tu nombre tal vez bajo un prado dibujando una ardilla verde, una niña de rizos. Este hombre, me habrías dicho, tiene un dominio en mis ojos negros, germanos y tristes; este hombre, me habrías dicho, noble sobre una terraza  gris, me llevó de la mano.

Sin voz te canto contra mí, mi propia fábula…y sólo es alta mi voz, no la poesía.

 

 Y todavía desnuda

 

Aquella noche, vista en mi habitación, cientos de mujeres se desnudaban desdichadas. Pequeñas tiranas o forasteras mayores, princesas, sultanas de barrio o de bosques amarillos, mucamas descalzas y jóvenes madres peregrinas. La ninfa de labios naranja de un edén  suavemente podado, una pecata minuta que soñara veinte años antes, aún más bella desde el musgo o en un prado. La giganta de enormes torreones bajo las sábanas. Aquella noche, mis causas perdidas en la linde de la sombra desnudaban sus joyas lejos del mar. Pero tú eras una dama en la terraza gris, soberbia y gris terraza, contigua a una   avenida sin nombre. Tú eras, Princesa, sin descanso, mi más oscura causa. Y todavía desnuda.

 
Otra lápida de olvido.

 

Hoy, turbio y último en despertar en mi honda tumba reforzada con doble lápida sin epitafio, me he acodado frente a ustedes con el enorme miedo subterráneo.  A una distancia idiota me han visto registrar la caja de cartón que arrastraba uno de mis hijos. Sin interés la he visto, está vacía. En derredor, en el monstruoso fango del viejo cuchitril, mi hijo me ha juzgado, échate en ella- me ha dicho- quizás el abismo verde te viene bien, o el fango negro. No te ilumines, la noche viene desde el rincón oscuro de la bóveda. Cuida de que en tu cloaca, en tu salón sin fin, se acomode el silencio y tus pequeñas bolas de periódico. En ti pondremos otra lápida de olvido.

 

Un poeta, un escritor siempre se alimenta de su vida

 

Un poeta, un escritor siempre se alimenta de su vida, me dije hace veinte años, cuando llegué a presentarme como inventor de un libro que sólo yo puedo vender. Me miré tan lúcido, sobrio y sabio, venido de una oficina limpia, de un campo florido, gentilhombre. Le ofrecí el libro Papiro a Jorge Martínez y el me ha visto con una alegría inocente, como si le hubieran entregado una clave divina. Me he autografiado el libro y me he dicho en la dedicatoria "A Jorge Martínez Mejía, quien soy yo hace veinte años, este legajo de poemas, para que no se olvide de su causa".

También se alimenta de escepticismo, me respondí inesperadamente. Pero debes consagrarte a la zozobra, a la posibilidad de que ni yo mismo te lea. Y salí despacio, como otra parte mía que se va sin saber en la práctica cómo.

 
El mecenas de los poetas ebrios


Me dispensé la literatura como un ladrón de la comedia humana. Hurté la ciencia y el mal en un magnífico volumen, durante una noche que tropecé con la cabeza de un viejo parecido a Baudelaire. Escribí mi primer Góngora a la orilla de un pueblo de mineros donde los niños nos hicimos hombres a los catorce años. Fui el mejor bebedor, el mecenas de los poetas ebrios. Una mujer me besó en la calle de los burdeles para asombro de la muchedumbre. Estuve encerrado en una prisión antigua y los reos me elevaron en hombros gritando mi libertad. He vivido sin retirarme y sin renunciar a mi nombre ni   a mi causa. Un día volveré desde el fondo de mi tumba para tomar mi puesto.

 

 Los fogoneros

 

Ninguna rosa se abre ni repica campana alguna en este lugar. Me reúno con los fogoneros que hablan de gobernar esta ciudad atestada de ratas. Cuando un mendigo se me acerca, como un amigo le doy algo de dinero, mientras el erario de todos se hunde en el fango del coñac, entre bebedores de frac y monstruos suavemente retocados para no espantarse a sí mismos.

Es agradable cuando me hundo en la almohada, con alguna esperanza de recibir un manotazo de aire fresco que amortigüe el inexorable mañana.

 
 ¡Carajo!

 
Un caballo veloz ha partido desde el lugar de mi nacimiento con la certeza de encontrarme antes de mi muerte. A veces se detiene a pastar en algún prado verdísimo, cerca de un río que se viene a mi memoria cuando sofoco alguna maldición con una cerveza. Pobre caballo mío visto por alguna mujer que seca sus manos en el delantal, a través de la ventana que da a los campos de cultivo. Los borrachos de al lado creyeron haber visto un caballo joven acercarse a su mesa y se han tirado aparatosamente. Y yo sólo he dicho ¡ Carajo!

 
Por eso este veneno

 
Poco tiempo tengo ya para decidirme –dije- para buscar el sitio donde ha de quedar mi cuerpo inerte. Ya he muerto, saboreando el hambre en las panaderías, hilvanando fécula por fécula el grano de mi muerte. Yo no he imaginado los trigales al morder el pan, y alguien hizo el milagro de convertir mi pan en piedra. ¿Cómo podré entonces decirles a todos que mi muerte es el último rito de mi muerte y la última queja de mi vida? ¿Cómo hacerles ver a mis asesinos que mis manos tibias o heladas alimentarán a los pájaros en cada amanecer? Y bien, si he de morir fulminado en cualquier esquina, más de alguna mosca habrá de posarse en mis labios, tomar mi canto y llevarlo a los basurales en donde, sin duda alguna, mis hermanos no dedicarán minutos de silencio en mi memoria. Sus párpados se cerrarán dejando fuera las lágrimas dolidas. Y todos juntos y en silencio, le pondrán punto final a este poema

 ¡Oh, qué bello! Gritó una voz fofa en el fondo. ¡Hurra!, dijo otro, ¡Qué bien por el poeta! Hoy sí tenemos poeta, es la esperanza. Es nuestro Neruda -dijo alguien por vez primera.

Tengo más de veinte años de recordar esta glamorosa estupidez, esta locura. Yo antes tan digno e inocente con mis saltos de corazón, con mi propia boina gris, más que poesía, menos estupidez es lo que quería. 

Y nunca, en mi santísima ebriedad, incluso, en medio de la más inaudita tormenta en que he dado contra los bordes oscilantes de las calles, en compañía de mis célebres filósofos, he roto la promesa.

Por eso este veneno y la sangre con que escribo.

 

De los poetas que mueren de hambre

 

De los poetas que mueren de hambre, de los amorosos, de la musa flaca vista en Baudelaire, de la perorata poética, de la piel de higo de la petit poetisa, del negro vozarrón agudo con que chilla Vallejo, de los versos más tristes de Neruda, de la Cucaracha Samsa, de las dos piedras que llevaba en las manos Alfonsina Storni, de los hospitales construidos por Álvaro Mutis, del infinito muro en que se sostuvo Borges, una noche que habló consigo mismo; del árbol de raíces de agua de Octavio Paz, de las costillas peladas de Rocinante, de los brazos rotos y los rostros fragmentados de Guayasamín, de la tierra baldía  de Eliot, de la Estigia de Dante, de las hojas de hierba de Whitman; de Lola, la mujer de Miller, y de Lolita; de todo, amigos, de todo se burla Dios.

 Y se caga de la risa.

 

Esto no es literatura, mucho menos poesía

 
De manera inevitable, en la ribera de mis  Causas Perdidas, un poeta se ha lanzado y ha dado de bruces contra la corriente. Como sobre una rampa, sin química ni sport, el poeta me ha visto en amena charla. Yo le he divisado armónico, en éxtasis, iluminado con su canon a cuestas, terriblemente iluminado. Ha mencionado que en mi poesía algo se sale de contexto. Ya nadie me atrapa, le he respondido, estoy libre de poesía. Ahora doy clases de confort en el arte y me interesa sólo el vértigo y la destrucción. En medio de la atmósfera diluviana, el poeta me mira empequeñecer desde lo alto, y se lanza contra toda mi sangre y contra el fuego de mis Causas Perdidas. En la tromba, mis versos heroicos se aíslan en su charco, hoscos, huraños, sin perdón, y el poeta, inaudito en la novedad muda, acelera el navajazo en una de mis joyas. Ya en la soledad y después de mis magras viandas, lo he sabido. Esto no es literatura, mucho menos poesía.

 

 
 
 
 
 
 
..........................
 
Las causas perdidas fue publicada por la Editorial Grado Cero el año 2010, en la ciudad de San Pedro Sula, Honduras. Su edición consta de 50 ejemplares.

 

 

 

No hay comentarios:

Publicar un comentario