jueves, 30 de mayo de 2013

SIMULAR NO ESTÁ EN MI DICCIONARIO










ILUSTRACIÓN DE ANDREAS ENGLUND




® Por Jorge Martínez Mejía





Son espejismo los poemas, no dicen nada, nadie puede descifrarlos; fueron hechos en silencio, y en silencio han sido olvidados. A estas mismas cosas que digo, aunque hablara de la vida o de la muerte, nadie les hace caso. Los poemas ya no caben en los diarios, no venden, sólo quitan espacio. Antes, al menos, servían para hablar del contorno de un cuerpo, del color de unos ojos,  o de la fragilidad de un beso; hoy ni para eso sirven. Da igual leerlos o quemarlos. ¡Quememos los poemas, prendámosle fuego a estos garabatos! ¡Olvidemos de una vez que sirvieron para algo, que hubieron lágrimas, pueblos inventados, calles, naufragios! Incendiemos este silencio. Que se derrita el rostro de este extraño letargo. Destruyamos este botadero de palabras, este viaje estéril de escucharnos sin escucharnos.

Gastemos de una vez el sueño de inventarnos, cualquier estupidez es bella: Amor, me han emputecido este milagro, las palabras se me han vuelto pasto, un zapatazo en el pecho, un golpe en mi esternón, un viejo asco; se me ha envejecido el odio y simular no está en mi diccionario.
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El artista sueco Andreas Englund los dibuja como seres humanos corrientes, imperfectos, con las debilidades y las adversidades propias del que dedica su existencia a combatir el mal allá donde esté.

Armado de sus pinceles y de un gran sentido del humor, presenta la serie llamada ‘El Héroe Envejece’ donde vemos a un decadente héroe enfrentándose a las tareas cotidianas al tiempo que lucha contra el crimen con las limitaciones típicas de la edad.
Tomado de www.bluemag.es

miércoles, 29 de mayo de 2013

HACÍA FALTA VALOR PARA ACABAR CON LA BELLEZA











® Jorge Martínez Mejía



 

Hacía falta valentía para matar la majadería del siglo XX, para destruir puentes y derrumbar catedrales, para cortar de tajo a los bribones y su podredumbre. Hacía falta valor para acabar con la belleza, para hacer añicos la idea banal de la gloria. Hacía falta valentía para leer a Catulo, a Baudelaire, a François Villon, a María Panero, a Allen Ginsberg, a Papasquiaro. Hacían falta mazas y cargas y cuchillos, para acabar con la historia, y mordazas, para tanto paquidermo suelto; pero sobre todo, hacía falta valor para acabar con miles, millones de poemas. Se necesitaba valor para mandar a la hoguera la colección entera de Neruda, de Octavio Paz, de Vallejo o Bennedeti. Hacía falta valentía para que naciera nueva, aunque fuera un fárrago, la inútil flor de la poesía.











lunes, 20 de mayo de 2013

CUANDO TE LLAMEN RATA





 
 
 
«Un tiempo llegará en que la pústula del mal reviente corrompida.»

Shakespeare, Enrique IV

 

 


 

Cuando te llamen Rata, te vas a dar cuenta que es a vos a quien escribí estos poemas. Porque vos sos la materia de la memoria, vos sos el «Hypocrite lecteur, - mon semblable, - mon frère!». Sos el heredero del tiempo perdido de Proust, el hijo maldito, sos La Rata.

Como una larva entrás en el ojo de Dios. Entrás en las palabras, las corroés de indignación. Las palabras también habitan el túnel, son larvas que viajan a la ciudad podrida. Ya antes fuiste hombre, ahora sos una rata gris, una rata muerta tirada detrás de un muro en las afueras. Estás muerto, pero subsistís en las larvas que viajan en las palabras, en el redil sinuoso de un discurso hecho a la usanza de la hipocresía. Lo más sano de este mundo son las ratas muertas. Vos estás vivo, sos una rata muerta que camina en medio de las larvas, de las palabras extintas.

Debés encontrar tu punto cero, tu lugar de origen, tu manera de sentirte despierto en el centro de la muerte. Sólo tenés que pensar una palabra distinta, una en la que tu viaje no esté marcado por el éxodo inútil de la serpiente.

Y no irás sin rumbo cuando avancés al sepulcro. Todo allá está perdido. Es un nuevo sitio el que buscás, aunque perecido.  Los estúpidos hijos de Schopenhauer se torcieron el cuello en la delicia. Vos sos otro. Sos La Rata. Y no te detengás en el fragmento, en el vocablo sin sangre. Otras ratas muertas han quedado en el camino y sus larvas se han embelesado en la sanguaza sin ritmo ni fortuna. Seguí, corré, el único norte es la montaña de cadáveres existenciales, debajo de los miles de huesos aún hay sitio para fundar una corte con los andrajos de esta tierra yerma.







 De poemas para las ratas, DR. Jorge Martínez Mejía

miércoles, 8 de mayo de 2013

El primer poema publicado por Jorge Martínez Mejía

 
 
 En la fotografía realizada por el escritor y fotógrafo Armando García, Jorge Martínez Mejía y Roberto Sosa
 




Palabras de poco tiempo




Poco tiempo tengo ya para decidirme, para buscar el sitio
donde ha de quedar mi cuerpo inerte.

Ya he muerto,
saboreando el hambre en las panaderías,
hilvanando fécula por fécula el grano de mi
                                                            muerte.

Yo no he imaginado los trigales al morder el pan,
     y alguien hizo el milagro de convertir mi pan en
                                                              piedra.

¿Cómo decir, entonces, que mi grito es el último rito de mi
                                                                  muerte
y la última queja de mi vida?
¿Cómo hacerles ver a mis asesinos, que mis manos, tibias o heladas,
 serán siempre
                      canastitas de semillas
que alimentarán a los pájaros en cada amanecer?

Y bien, si he de morir fulminado en cualquier esquina,
más de alguna mosca habrá de posarse en mis labios,
             tomar mi canto y llevarlo a los basurales,
en donde, sin duda alguna, mis hermanos no dedicarán minutos
de silencio en mi memoria.
Sus párpados se cerrarán dejando fuera las lágrimas dolidas.
Y todos juntos, y en silencio, le pondrán punto final a este poema








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El poema apareció en el Boletín Literario Analte, de la carrera de Letras en el CURN. De ahí lo tomó Helen Umaña y lo publicó en la Revista Literaria Cronopios, de Diario Tiempo, en 1988.






lunes, 6 de mayo de 2013

ALGUNAS ILUSTRACIONES CREADAS POR YORCH MARTÍNEZ PARA LA NOVELA LOS POETAS DEL GRADO CERO





La poesía es muda y ciega, y marcha a tu lado como el pestilente recuerdo de tu muerte. Buenas noches, poesía, descansa en paz.




Entonces los lugares comenzaron a ser nuevos. Un abismo menos mortal y más armónico con la idea de los espacios abiertos a todas las posibilidades de la creación.



La muerte pasaba entre nosotros tan cotidiana, y los buenos poetas seguían cayendo, uno a uno, en el olvido, como si sus batallas no hubieran sido memorables.



Al matarla, estaba muerta. En los agujeros de su calavera sólo había moscas, gusanos rechonchos, pero aún servía para la carroña, para la rapiña y la gasmoñería. Al verla yerta, había que atraparla, encerrarla un par de siglos para que naciera nueva.



Lo que más nos emparenta con la poesía, es la muerte, es decir, el nacimiento.




Participar de su muerte era ser un moribundo burlándose de sí mismo, construyendo el mayor acto poético. Morir al momento de escribir "la poesía ha muerto", era construir una posibilidad a la belleza.