jueves, 21 de febrero de 2013

El tropel de sangre


Imagen de Jorge Martínez Mejía




El tropel de sangre


Por Jorge Martínez Mejía





Recostado en un muro, en las afueras marginales de la ciudad, veo una rata muerta, ya apestosa. Es enorme, con sus orejas verdes, calcinadas.

Otra vez el día se ha desbordado como un trapo sucio. Bella, en la náusea en que todo concluye, la rata es la única verdad, cuajada en el crecimiento que asimilará la estúpida vida.

Un pastor de iglesia la derrengó a pedradas y a leñazos. Vomitando sangre aún, la arrastró con una pala y la lanzó contra el muro. Allí, entre periódicos viejos le prendió fuego, se sacudió las manos y se fue sin persignarse.

Ahora apesta el animal cocido y las moscas deambulan en el festín.

Sobre una roca pequeña, contra el muro hollinado, un niño vende pequeños balones de chocolate.

Más arriba, en el horizonte que imagino oscuro, vislumbro un tropel de sangre, imperturbable, corriendo hacia la luz brillante de miles de huesos pulidos por el viento.








(Del libro inédito Poemas para las ratas)

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